Marcus llamó a Sarah esa misma tarde.
No a mí.
—Esto es absurdo —dijo—. Clara está emocionalmente afectada por la hospitalización.
Sarah respondió con una calma impecable.
—Entonces firme el divorcio.
Marcus no firmó.
Tres días después solicitó una reunión.
La rechacé.
Porque para entonces yo ya había encontrado algo mucho más grave que sus treinta días de ausencia.
Durante mi hospitalización había sufrido dos complicaciones inexplicables.
La primera ocurrió cinco días después de la cirugía.
Mi presión cayó bruscamente.
La segunda, una semana después.
Una infección que parecía controlada volvió con violencia.
Los médicos lo atribuyeron a mi estado.
Yo también.
Hasta que revisé mi informe de alta.
En la página cuarenta y siete aparecía una autorización para modificar mi tratamiento antibiótico.
Médico consultor: Dr. Marcus Hayes.
Mi marido.
El hombre que afirmaba haber estado demasiado ocupado incluso para visitarme había accedido a mi expediente médico seis veces.
Sarah dejó el documento sobre su escritorio.
—Clara, esto cambia todo.
—Todavía no.
Había algo peor.
Marcus había recomendado suspender durante doce horas uno de mis antibióticos debido a una supuesta reacción adversa.
Yo nunca había tenido aquella reacción.
Pedí una auditoría interna.
Dos días después, la directora de cumplimiento me llamó personalmente.
—Necesitamos hablar en privado.
Nos reunimos fuera del hospital.
Colocó varios registros frente a mí.
Marcus había abierto mi historial desde una terminal situada en la unidad de trasplantes.
Pero las cámaras demostraban que él estaba en un quirófano cuando se produjo uno de los accesos.
Alguien había utilizado sus credenciales.
—¿Quién tenía acceso? —pregunté.
Ella deslizó otra hoja.
Solo tres personas.
Marcus.
La coordinadora del proyecto.
Y la doctora Rebecca Cole.
Conocía ese nombre.
Rebecca había sido la novia de Marcus antes de que él me conociera.
La misma mujer que aparecía junto a él en las fotografías de la gala.
Aquella noche Marcus apareció en mi apartamento.
—Clara, necesito explicarte algo.
—¿Sabías que Rebecca accedió a mi historial?
Su rostro perdió el color.
Eso respondió antes que él.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde la segunda semana.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Y no dijiste nada?
—Porque pensé que buscaba información para ayudarte.
Me reí.
—¿Ayudarme sin subir cinco pisos?
Marcus bajó la mirada.
Entonces dijo:
—Rebecca me aseguró que estabas estable.
—¿Y preferiste preguntarle a ella cómo estaba tu esposa?
No tuvo respuesta.
Le entregué una copia del informe.
Cuando vio la modificación del antibiótico, cambió completamente.
—Yo no autoricé esto.
—Lleva tu firma digital.
—Clara, escúchame. Esa semana desapareció mi tarjeta de acceso durante varias horas.
Entonces comprendí algo.
—¿Quién la encontró?
Marcus tardó demasiado en contestar.
—Rebecca.
A la mañana siguiente, seguridad hospitalaria recuperó las grabaciones.
Rebecca había entrado en la farmacia clínica minutos antes de mi primera complicación.
Pero no estaba sola.
Un hombre caminaba detrás de ella.
Cuando ampliaron la imagen, reconocí inmediatamente el rostro.
Mi padre.
El mismo hombre con quien no hablaba desde hacía nueve años.
Y llevaba en la mano una carpeta con mi nombre.
Debajo, escrito en letras rojas, aparecía:
DONANTE COMPATIBLE — PRIORIDAD URGENTE.
Entonces entendí que quizá Marcus no me había ignorado simplemente porque había dejado de amarme.
Alguien necesitaba que yo permaneciera hospitalizada.
Y mi ingreso por apendicitis había sido la oportunidad perfecta.
