PARTE 2: Julia empezó a contar las horas

Lo que paralizó a Julia no fue el aspecto de Luna.

Fue el vaso sobre su mesita.

Cada mañana, una enfermera mezclaba las medicinas de la niña con una bebida de color ámbar.

Y cada mañana, aproximadamente veinte minutos después, Luna empeoraba.

Sus párpados caían.

Las manos le temblaban.

Su voz desaparecía.

Julia comenzó a prestar atención.

El cuarto día, Luna apartó el vaso.

—No.

Fue la primera palabra que Julia la escuchó pronunciar.

—¿No quieres beberlo?

Luna negó rápidamente.

Luego señaló una maceta junto a la ventana.

Julia frunció el ceño.

La tierra alrededor de aquella planta estaba extrañamente oscura.

—¿Lo has echado ahí?

La niña asintió.

Julia observó la planta.

Las hojas estaban marchitas precisamente del lado donde Luna vaciaba la bebida.

No sacó conclusiones.

Pero tampoco lo ignoró.

Aquella tarde encontró a Richard en su despacho.

—Señor Wakefield, quiero pedirle algo.

—¿Qué?

—Una segunda revisión médica completamente independiente.

Richard levantó la mirada.

—Luna tiene siete especialistas.

—Entonces un octavo no debería molestarnos.

Algo en su tono hizo que Richard aceptara.

El nuevo equipo llegó esa noche.

Revisaron análisis anteriores, medicamentos y suplementos.

Después solicitaron muestras nuevas.

A las dos de la madrugada, el médico pidió hablar con Richard en privado.

Julia permaneció fuera.

Pero escuchó cuando una silla cayó al suelo.

Richard salió minutos después completamente pálido.

—Los resultados no coinciden.

—¿Con qué?

—Con su diagnóstico.

Julia sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Qué significa eso?

—Que algunos síntomas podrían estar relacionados con una exposición repetida a una sustancia que no debería estar en su organismo.

Richard miró hacia la habitación de Luna.

—Y nadie sabe cómo llegó allí.

La casa quedó cerrada inmediatamente.

Ningún medicamento volvió a administrarse hasta que el equipo médico revisara cada frasco.

Entonces encontraron algo.

Uno de los suplementos diarios de Luna no aparecía en ninguna prescripción oficial.

Richard sostuvo el pequeño frasco entre los dedos.

—¿Quién autorizó esto?

Nadie respondió.

La etiqueta decía que había sido preparado por una farmacia privada.

Julia reconoció el logotipo.

Sintió que las piernas le fallaban.

—Yo conozco ese lugar.

Richard se volvió.

—¿Cómo?

Julia tragó saliva.

—Prepararon medicamentos para mi bebé antes de que muriera.

El silencio fue absoluto.

Horas después, Richard consiguió los registros.

La misma farmacia.

El mismo médico autorizante.

El mismo número de lote.

Julia comenzó a llorar.

—Mi hijo murió hace ocho meses.

Richard dejó de respirar.

—¿Quién era el médico?

Julia señaló el nombre.

Richard lo conocía.

Dr. Nathan Wakefield.

Su hermano mayor.

El hombre que había supervisado personalmente el tratamiento de Luna desde el principio.

Pero había algo todavía peor.

Richard abrió el historial digital de su hija.

Alguien había accedido a él aquella misma noche.

Nathan.

Y había intentado eliminar un archivo antiguo.

Lo recuperaron antes de que desapareciera.

Era un análisis realizado seis meses atrás.

Luna ya mostraba entonces señales de la misma exposición.

Richard apretó los puños.

—Él sabía.

Julia miró la pantalla.

—Espere.

Debajo del informe había otro archivo adjunto.

Un certificado de nacimiento.

El nombre del bebé hizo que Julia dejara de respirar.

Era el de su hijo.

Pero en la casilla del padre no estaba el nombre de su difunto esposo.

Decía:

Richard Wakefield.

Julia levantó lentamente los ojos hacia él.

Richard estaba tan horrorizado como ella.

Y desde el pasillo, una pequeña voz rompió el silencio.

—Papá…

Luna estaba despierta.

—El tío Nathan dijo que nunca debías descubrir quién era el bebé de Julia.

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