PARTE 2: La promesa de una niña

La puerta se abrió apenas.

Una niña de unos seis años asomó la cabeza.

La reconocí.

Sofía, la hija de Rosa, una de las empleadas domésticas.

Llevaba un vestido amarillo sencillo y sostenía algo detrás de la espalda.

—Señor Lorenzo…

—Deberías estar con tu madre.

Entró de todos modos.

Entonces vi lo que llevaba.

Una pequeña flor blanca recogida de las decoraciones de la boda.

Sofía la dejó cuidadosamente sobre mi escritorio.

—Mamá dijo que está triste.

—Tu madre habla demasiado.

La niña frunció el ceño.

—¿La señora Bianca no quiso casarse con usted porque está en esa silla?

Mi mandíbula se tensó.

—Algo parecido.

Sofía pensó durante unos segundos.

Después apoyó sus pequeñas manos sobre mis rodillas inmóviles.

—No esté triste, señor Lorenzo. Me casaré con usted cuando sea mayor.

Me quedé completamente inmóvil.

Había soportado las miradas de trescientas personas.

Las sonrisas ocultas.

La carta.

Pero aquellas palabras inocentes atravesaron todas mis defensas.

—Eso es muy amable —conseguí decir—, pero cuando seas mayor encontrarás a alguien mucho mejor que este viejo gruñón.

Ella sonrió.

—Entonces tiene que dejar de ser gruñón.

Por primera vez aquel día, me reí.

La puerta se abrió de golpe.

Rosa apareció aterrorizada.

—¡Sofía!

Tomó a su hija inmediatamente.

—Perdóneme, señor Vitali. Yo estaba trabajando y ella…

—No pasa nada.

Rosa bajó la mirada.

Entonces noté un moretón oscuro alrededor de su muñeca.

—¿Quién te hizo eso?

Ella escondió la mano.

—Fue un accidente.

Mentía.

Antes de que pudiera insistir, Enzo entró.

Su expresión había cambiado.

—Señor, encontramos el automóvil de la señorita Bianca.

La poca calidez que quedaba en la habitación desapareció.

—¿Dónde?

—Abandonado cerca del lago.

—¿Ella?

—No estaba allí.

Me quedé mirando a Enzo.

Bianca me había dejado una carta diciendo que no la buscara.

Ahora su coche aparecía abandonado.

—Hay algo más —continuó.

Me entregó una fotografía de seguridad.

Bianca salía de la mansión aquella mañana.

Pero no estaba sola.

Un hombre la sujetaba del brazo.

Amplié la imagen.

Don Ferretti.

El mismo hombre que había sonreído mientras anunciaba mi humillación.

—Encuéntralo.

Rosa dejó escapar un pequeño jadeo.

La miré.

Estaba blanca.

—¿Lo conoces?

—No.

Otra mentira.

Sofía tiró suavemente de la falda de su madre.

—Mamá, es el señor que vino anoche.

Rosa cerró los ojos.

—Sofía…

La niña me miró.

—El hombre de la foto.

Sentí que algo cambiaba dentro de mí.

—¿Qué quería?

Sofía respondió antes que su madre.

—Le dio dinero a mamá.

Rosa comenzó a llorar.

—Perdóneme.

—¿Por qué?

Ella metió una mano temblorosa en el bolsillo del delantal y sacó una llave pequeña.

—Ferretti me pagó para poner esto debajo de su cama después de la boda.

Tomé la llave.

Reconocí inmediatamente el número grabado.

Pertenecía a una caja privada que había desaparecido durante la emboscada que me dejó paralizado.

Miré a Rosa.

—¿Dónde consiguió esto?

—No lo sé.

—¿Qué hay dentro de esa caja?

Rosa negó con la cabeza.

—Ferretti solo dijo que, cuando usted la abriera, entendería por qué Bianca nunca podía convertirse en su esposa.

Entonces Enzo palideció.

—Señor…

—¿Qué?

Miraba la llave.

—Esa caja no desapareció durante su emboscada.

Levanté lentamente los ojos.

Enzo tragó saliva.

—Bianca fue quien se la llevó.

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