PARTE 2: Lo que olvidaron quitarme

Los pasos se detuvieron.

Cerré los ojos.

—¿Elena?

No reconocí la voz.

Los abrí.

Un hombre con uniforme de guardabosques estaba a pocos metros, mirándome horrorizado.

—Dios mío.

Corrió hacia mí.

—No toque la tierra —jadeé—. Estoy embarazada.

Se arrodilló inmediatamente.

—Ya he pedido ayuda.

Miré hacia aquello que había intentado alcanzar.

Mi reloj inteligente.

Había activado la función de emergencia rozando la pantalla con dos dedos.

Ellos se llevaron mi teléfono.

Olvidaron el reloj.

—¿Fue usted quien envió la alerta? —preguntó.

Asentí.

Entonces escuchamos motores.

Por un instante sentí alivio.

Hasta que reconocí el coche.

—No.

Mi marido regresaba.

El guardabosques se puso de pie justo cuando Daniel apareció entre los árboles con su padre.

Ambos se quedaron inmóviles.

—¿Quién demonios es usted? —exigió mi suegro.

El guardabosques llevó una mano a su radio.

—Aléjense de ella.

Daniel me miró.

Por primera vez vi miedo en su rostro.

—Elena, podemos explicarlo.

Casi me reí.

—Explícaselo a la policía.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

Mi suegro agarró a Daniel del brazo.

—Vámonos.

Pero Daniel no se movió.

—Papá…

—¡Ahora!

Demasiado tarde.

Dos patrullas bloquearon el camino.

Los paramédicos tardaron casi veinte minutos en liberarme sin ejercer más presión sobre mi abdomen.

Cuando finalmente me colocaron en la camilla, una agente se acercó.

—Necesitamos saber exactamente qué ocurrió.

—Todo está grabado.

Daniel levantó bruscamente la cabeza.

—¿Qué?

Señalé mi reloj.

No solo había enviado mi ubicación.

Había estado grabando audio desde que mi suegra empezó a acusarme.

Cada amenaza.

Cada palabra de Daniel.

Incluso el momento en que su padre ordenó enterrarme más profundamente.

Mi suegra palideció cuando llegó esposada minutos después.

Pero en el hospital ocurrió algo que ninguno esperaba.

El bebé estaba vivo.

Y la prueba de paternidad prenatal que había solicitado semanas atrás seguía guardada en mi expediente.

—Quiero que Daniel vea el resultado —dije.

La doctora dejó el documento frente a él.

Probabilidad de paternidad: 0%.

Daniel se quedó blanco.

Mi suegra sonrió triunfante.

—¡Lo sabía!

—Siga leyendo —dije.

La doctora pasó a la segunda página.

Yo tampoco entendí al principio.

Entonces vi el nombre del laboratorio de fertilidad.

Mi embarazo procedía del embrión que Daniel y yo habíamos congelado dos años antes.

Pero el ADN masculino no pertenecía a Daniel.

Alguien había sustituido la muestra antes de crear el embrión.

Y la firma que autorizaba aquel cambio pertenecía a una sola persona.

Mi suegra.

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