A la mañana siguiente, Anna intentó marcharse antes de que yo despertara.
La encontré junto al ascensor con los gemelos, una maleta y aquella mochila gastada.
—¿Adónde vas?
Bajó la mirada.
—No quiero aprovecharme de usted, señor Martín.
—Anoche no te ofrecí caridad.
Las puertas del ascensor se cerraron detrás de mí.
—Te ofrecí tiempo.
Sofía me miró.
—Mamá dice que las habitaciones cuestan mucho dinero.
—Tu madre tiene razón.
—Entonces podemos dormir en el coche.
Anna cerró los ojos, avergonzada.
Yo sentí que algo se me apretaba en el pecho.
—Ningún niño va a dormir en un coche mientras yo tenga un edificio lleno de habitaciones.
Antes de que Anna pudiera responder, apareció Daniel Price, director de Recursos Humanos.
Llevaba una carpeta.
—Señor Wellington, tenemos un problema.
Miró a Anna.
—Su desalojo no fue casual.
Anna palideció.
La empresa que había comprado su edificio tres semanas antes se llamaba Hawthorne Residential.
Yo conocía ese nombre.
Era propiedad de Charles Wellington.
Mi tío.
—¿Por qué compraría Charles el edificio de una empleada?
Daniel pasó otra página.
Anna era la única inquilina desalojada inmediatamente.
Los demás tenían noventa días.
—Alguien quería que ella se quedara sin casa —dije.
Anna abrazó a Samuel.
—No entiendo.
Entonces su teléfono sonó.
Era el hospital infantil.
Samuel tenía pendiente una revisión cardíaca.
Anna contestó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
—Dicen que cancelaron su cobertura médica.
Daniel frunció el ceño.
—Eso es imposible.
No lo era.
Alguien había modificado el expediente laboral de Anna la misma mañana del desalojo.
Estado:
DESPEDIDA.
Motivo:
ROBO EN PROPIEDAD EJECUTIVA.
La fecha era anterior a la noche en que yo la encontré en mi suite.
—La acusaron antes de que entraras aquí —dije.
Anna se quedó inmóvil.
Eso significaba que alguien sabía exactamente adónde terminaría llevando a sus hijos.
Pedí revisar las cámaras.
A las 10:14 de aquella noche, Anna entró por el ascensor de servicio.
A las 10:21, apareció otro hombre.
No pertenecía al personal.
Subió directamente a la planta presidencial.
Nunca llegó hasta mi suite porque seguridad recibió una llamada anónima y lo obligó a marcharse.
Ampliamos la imagen.
Anna soltó un pequeño grito.
—Lo conozco.
—¿Quién es?
—Estuvo en el hospital cuando nacieron mis hijos.
El hombre había intentado convencerla de firmar documentos relacionados con Samuel.
Tres años después seguía siguiéndola.
Localizamos su nombre.
Doctor Nathan Cole.
Genetista.
Había trabajado para la Fundación Wellington.
Sentí que la historia dejaba de ser un problema laboral.
—¿Por qué estaban interesados en Samuel?
Anna guardó silencio.
Después abrió su bolso y sacó una vieja pulsera hospitalaria.
—Porque nació con otro apellido.
La tomé.
SAMUEL SILVA.
Debajo había una etiqueta parcialmente arrancada.
Todavía podía leerse una segunda impresión.
WELLINGTON.
Levanté lentamente la mirada.
Anna comenzó a llorar.
—Su padre se llamaba Gabriel.
Mi hermano.
El hermano que, según mi familia, había muerto cinco años antes del nacimiento de aquellos gemelos.
—Eso es imposible.
—Para mí también lo fue.
Anna sacó una fotografía.
Gabriel aparecía abrazándola.
La fecha estaba impresa en una esquina.
Cuatro años después de su supuesto funeral.
Tuve que sentarme.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Te abandonó?
—Desapareció.
Daniel entró nuevamente.
Esta vez parecía aterrorizado.
—Señor Wellington, encontramos el expediente original del nacimiento.
Lo abrió sobre la mesa.
Sofía y Samuel eran gemelos.
Pero únicamente Samuel tenía pruebas genéticas archivadas.
Y alguien había pagado para sellarlas.
Autorización:
Charles Wellington.
—Mi tío sabía que Gabriel estaba vivo.
Daniel asintió.
—Hay más.
Sacó un documento corporativo.
Mi padre había creado décadas atrás un fideicomiso familiar.
Si Gabriel dejaba descendencia legítimamente reconocida, sus hijos recibirían una participación importante del Wellington Grand.
Samuel y Sofía podían ser herederos.
Entonces comprendí el desalojo.
La cobertura cancelada.
El expediente manipulado.
Alguien no intentaba castigar a Anna.
Intentaba hacerla desaparecer antes de que yo descubriera quiénes eran sus hijos.
Pero Anna señaló la prueba genética.
—Señor Martín, mire la fecha.
Lo hice.
La muestra de Samuel había sido analizada seis meses antes de que Gabriel desapareciera.
Debajo aparecía una nota manuscrita:
“Compatibilidad confirmada. Informar a Charles. Martín jamás debe conocer el resultado.”
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Compatibilidad con Gabriel?
Daniel negó lentamente.
—No.
Giró la página.
—Con usted.
Miré al niño de tres años sentado en mi sofá abrazando su viejo elefante.
Y por primera vez aquella mañana, Anna dejó de mirarme con gratitud.
Me miró con miedo.
