A la mañana siguiente, Anna seguía convencida de que la despediría.
La encontré desayunando con los gemelos en mi suite.
Sofía escondió rápidamente un croissant detrás de la espalda al verme.
—Puedes comerlo —le dije.
La niña me estudió con enorme seriedad.
—¿Aunque sea caro?
Aquella pregunta me golpeó más de lo esperado.
—Especialmente si es caro.
Samuel soltó una risita.
Anna no.
—Señor Martín, agradezco lo de anoche, pero no quiero caridad.
—Perfecto.
Dejé una carpeta sobre la mesa.
—Entonces hablemos de trabajo.
El Wellington poseía varios apartamentos destinados a ejecutivos trasladados.
Uno llevaba meses vacío.
Le ofrecí utilizarlo durante noventa días mientras Recursos Humanos encontraba una solución permanente.
No gratis.
Con un alquiler simbólico descontado de su salario.
Anna leyó cada línea.
—¿Por qué hace esto?
—Porque alguien debería haberlo hecho por mi madre.
Antes de que pudiera responder, llamaron a la puerta.
Era Daniel Price, director de Recursos Humanos.
Su expresión me hizo levantarme.
—Tenemos un problema.
Me entregó el expediente laboral de Anna.
—Según nuestros registros, ella fue despedida hace tres semanas.
Anna palideció.
—¿Qué?
—Yo he trabajado todos los días.
Daniel asintió.
—Lo sabemos.
Alguien había procesado su despido en el sistema, pero había mantenido activo su horario.
Más extraño aún, sus dos últimos salarios habían sido desviados a otra cuenta bancaria.
—Por eso no pude pagar el alquiler —susurró Anna.
La miré.
—¿Cuándo empezaron tus problemas con la nómina?
—Después de preguntar por el seguro médico de Samuel.
Mis ojos bajaron hacia el niño.
—¿Está enfermo?
Anna negó.
—No. Pero nació con una afección cardíaca leve. Recursos Humanos dijo que necesitaba documentación adicional.
Daniel abrió otra página.
No existía ninguna solicitud de seguro.
Alguien la había eliminado.
Entonces Sofía tiró de mi manga.
—Señor Martín.
—¿Sí?
Señaló la muñeca de Samuel.
—Mamá dice que no debemos quitarle eso.
Era una pequeña pulsera hospitalaria de plástico dentro de una funda transparente.
Anna pareció avergonzada.
—La guardo porque fue la primera cosa que llevó cuando nació.
La examiné.
Hospital St. Matthew.
Fecha de nacimiento.
Samuel Silva.
Y debajo aparecía un código.
Sentí que algo no encajaba.
Conocía aquel formato.
El Wellington financiaba desde hacía años una unidad neonatal en St. Matthew.
Llamé personalmente al director del hospital.
Una hora después recibí una respuesta.
Los gemelos habían nacido allí.
Pero el expediente de Samuel tenía una restricción extraordinaria.
Acceso únicamente mediante autorización legal.
—¿Quién puso la restricción? —pregunté.
El director dudó.
—Wellington Family Foundation.
Me quedé inmóvil.
Mi fundación.
—Yo nunca autoricé eso.
Anna empezó a temblar.
—Señor Martín, hay algo que nunca le conté.
Tres años atrás, durante el parto, un hombre había visitado a Anna.
Le ofreció dinero para firmar documentos relacionados con Samuel.
Ella se negó.
—¿Quién era?
—No dijo su nombre.
Daniel colocó una fotografía sobre la mesa.
—¿Era él?
Anna perdió el color.
La fotografía mostraba a mi tío, Charles Wellington.
El hombre que había administrado el imperio familiar antes de que yo asumiera el control.
—Sí —susurró.
Sentí un frío recorrerme.
—¿Qué quería?
Anna abrazó a Samuel.
—Dijo que había ocurrido un error en el hospital y que mi hijo jamás debía someterse a una prueba genética.
Nadie habló.
Entonces recordé algo.
Tres años atrás, Charles había insistido en cerrar discretamente una investigación interna sobre la clínica neonatal.
Había dicho que se trataba de una demanda sin importancia.
Pedí recuperar aquellos archivos.
Llegaron esa misma tarde.
Había pagos confidenciales.
Registros modificados.
Dos muestras de sangre intercambiadas.
Y un apellido que aparecía repetidamente.
Wellington.
Anna estaba detrás de mí cuando abrí el último informe.
Era una prueba genética incompleta realizada al nacer Samuel.
La relación indicada no era conmigo.
Pero sí con alguien de mi familia.
Levanté lentamente la mirada.
—Anna… ¿quién era el padre de tus hijos?
Sus labios temblaron.
—Murió antes de que nacieran.
—¿Cómo se llamaba?
Ella respondió.
Y por primera vez en veinte años sentí que las piernas podían fallarme.
—Gabriel.
Mi hermano menor.
El hermano cuya muerte, según mi familia, había ocurrido cinco años antes de que esos niños nacieran.
