Los tres golpes volvieron a sonar.
Esta vez no había duda.
Había alguien detrás de la pared.
—Mia, ponte detrás de mí.
La niña obedeció abrazando a su hermanita.
Aparté varios libros del tercer estante y presioné el pequeño mecanismo que mi padre me había enseñado cuando yo tenía diecisiete años.
Clic.
La estantería se desplazó unos centímetros.
Un olor a humedad salió de la oscuridad.
Encendí la linterna del teléfono.
—¿Hay alguien ahí?
Escuché una respiración.
Luego una voz débil.
—Román…
Me quedé inmóvil.
Aquella persona conocía mi nombre.
Abrí completamente.
Una mujer estaba sentada contra la pared.
Tenía las muñecas atadas.
La ropa mojada.
El rostro cubierto de lágrimas.
Grace Harper.
—Grace.
Mia corrió hacia ella.
—¡Mamá!
La pequeña se arrodilló, todavía con el bebé sujeto a la espalda.
Grace comenzó a llorar.
Yo corté las ataduras.
—¿Quién te hizo esto?
Grace miró hacia el pasillo.
—El señor Vincent.
Mi sangre se enfrió.
Vincent Duca.
Mi tío.
El hombre que administraba las propiedades familiares desde la muerte de mi padre.
—¿Por qué?
—Me vio entrar aquí.
—¿Cómo encontraste esta habitación?
Grace negó lentamente.
—Yo no la encontré.
Metió la mano en el bolsillo.
Sacó una llave antigua.
Reconocí inmediatamente el escudo grabado.
Pertenecía a mi padre.
—¿De dónde sacaste eso?
Grace miró a Mia.
—Su padre me la entregó antes de morir.
Diecisiete años.
Grace llevaba trabajando para nosotros ocho.
Nada tenía sentido.
—Mi padre murió nueve años antes de que llegaras a esta casa.
—Yo ya lo conocía.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Grace respiró profundamente.
—Trabajaba en el hospital donde murió su madre.
Mi madre.
La palabra que mi familia evitaba desde hacía casi veinte años.
Según mi padre, había muerto después de un accidente automovilístico.
Grace señaló la habitación.
—Su padre me hizo prometer que jamás abriría esto hasta que Vincent intentara vender la casa.
Dos semanas antes, mi tío me había propuesto exactamente eso.
Entonces Grace señaló una caja metálica escondida bajo una tabla.
La abrí.
Había fotografías.
Informes médicos.
Cintas de vídeo.
Y cartas dirigidas a mí.
Tomé la primera.
La letra era de mi padre.
“Román, si estás leyendo esto, significa que mi hermano volvió por lo que escondimos.”
Sentí un escalofrío.
Debajo encontré documentos de una sociedad desaparecida.
Millones de dólares.
Propiedades.
Nombres de jueces, empresarios y funcionarios.
Mi padre había reunido pruebas contra su propio hermano.
Pero faltaba algo.
—Grace, ¿por qué Vincent te encerró aquí?
Ella palideció.
—Porque encontró a Mia escuchando.
Miré a la niña.
—¿Escuchando qué?
Mia apretó mi manga.
—El señor Vincent estaba hablando por teléfono.
—¿Qué dijo?
La niña frunció el ceño intentando recordar.
—Dijo que mamá había encontrado “la habitación equivocada”.
Grace cerró los ojos.
—Mia…
Pero ella continuó.
—Y dijo que usted nunca debía saber quién estaba llorando aquí cuando era bebé.
No respiré.
—¿Qué significa eso?
Grace empezó a temblar.
Tomó una fotografía de la caja.
Era mi padre.
Vincent.
Y una mujer joven sosteniendo a un recién nacido.
Yo.
Reconocí el rostro de la mujer.
Pero no era mi madre.
Era Grace.
La miré.
—Explícamelo.
Grace negó desesperadamente.
—No soy su madre.
—Entonces ¿por qué me sostienes?
—Porque aquella noche me pagaron para sacar a un bebé del hospital.
Sentí que el corazón golpeaba contra mis costillas.
—¿Qué bebé?
Grace miró hacia la puerta oculta.
—A usted.
El silencio se volvió insoportable.
—Mi madre murió en un accidente.
Grace comenzó a llorar.
—Eso fue lo que su padre decidió contarle.
Luego señaló una segunda fotografía.
La mujer que yo conocía como mi madre aparecía saliendo del hospital.
Viva.
La fotografía estaba fechada seis meses después de su supuesto funeral.
Pero detrás había una frase escrita por mi padre:
“Vincent cree que Elena está muerta. Debe seguir creyéndolo.”
Entonces escuchamos pasos en el estudio.
Lentos.
Pesados.
La puerta acababa de cerrarse.
Una voz masculina habló desde el otro lado de la estantería.
—Román.
Vincent.
Mia se aferró a mí.
Mi tío golpeó suavemente la madera.
—Antes de abrir esa caja por completo, deberías preguntarle a Grace por qué tu padre necesitó esconderte aquella noche.
Miré a Grace.
Su rostro se descompuso.
Vincent soltó una risa baja.
—Porque tú tampoco eres un Duca.
