Pensé que aquella sería mi última respuesta.
Me equivoqué.
Veinte minutos después llamó el director del Hospital Central.
No habló de Adrián como esposo.
Habló de él como paciente.
—Doctora Xu, nadie puede obligarla a intervenir. Pero necesitamos su expediente quirúrgico original. La esquirla está causando una hemorragia.
Cerré los ojos.
Yo podía abandonar a mi marido.
No podía abandonar mi juramento como médica.
—Envíeme las imágenes.
Una hora después estaba revisando tomografías.
La esquirla se había desplazado.
Era peor de lo que imaginaba.
Entonces vi algo extraño.
—¿Quién autorizó el procedimiento de hace tres días?
Silencio.
—¿Qué procedimiento?
El director abrió otro archivo.
Alguien había sometido a Adrián a una terapia experimental destinada a disolver tejido cicatricial alrededor de la esquirla.
Aquello podía haber provocado exactamente el desplazamiento que ahora amenazaba su vida.
—Adrián nunca habría autorizado esto sin consultarme.
—La autorización está firmada.
Me enviaron el documento.
Firma del paciente: Adrián Gu.
Contacto responsable: Camila Meng.
Me quedé inmóvil.
La terapia había comenzado dos semanas antes de aquella cena.
Camila sabía que Adrián estaba en peligro cuando sonreía mientras él me humillaba.
Regresé al hospital.
No por amor.
Por respuestas.
Cuando entré, la familia Gu me rodeó.
La madre de Adrián empezó a llorar.
—Valeria, sálvalo.
Camila permanecía junto a la pared.
—¿Tú recomendaste ese tratamiento? —pregunté.
—Adrián quería una solución definitiva.
—¿Quién era el médico?
No respondió.
Eso bastó.
Me puse la bata.
Nueve horas después volví al quirófano donde todo había comenzado.
Esta vez conseguí retirar la esquirla.
Adrián sobrevivió.
Cuando despertó dos días después, me encontró revisando su monitor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Valeria…
—No confundas esto con perdón.
Intentó levantar una mano.
—Lo siento.
—Guarda fuerzas.
Me giré para marcharme.
—Espera.
Su voz era apenas un susurro.
—Yo nunca autoricé esa terapia.
Me detuve.
—Tu firma aparece en los documentos.
—No es mía.
Sentí frío.
Entonces entró Tomás con el director del hospital.
Habían revisado los registros.
La autorización se había presentado desde una clínica privada propiedad de la familia Meng.
La familia de Camila.
Y la persona que pagó el tratamiento no fue Adrián.
Fue Camila.
La policía hospitalaria pidió hablar con ella.
Pero ya había desaparecido.
Creí que esa era la peor revelación.
Hasta que Tomás me entregó una memoria USB encontrada en la caja fuerte de Adrián.
—El señor Gu pidió que se la diera si sobrevivía.
La conecté.
Había fotografías de la explosión ocurrida tres años atrás.
Informes técnicos.
Correos.
Y un video de seguridad que jamás había visto.
La explosión que llevó a Adrián a mi quirófano no había sido accidental.
Alguien había manipulado su vehículo.
En la grabación aparecía una mujer entregando dinero a uno de los mecánicos.
Camila.
Sentí que se me helaba la sangre.
Pero Adrián negó lentamente desde la cama.
—Sigue mirando.
El video continuó.
Camila no estaba sola.
Un hombre salió de otro automóvil.
Le entregó un sobre.
Cuando se volvió hacia la cámara, reconocí su rostro.
Era el doctor que me había recomendado para operar a Adrián aquella noche.
Mi antiguo mentor.
El hombre que después me convenció de abandonar mi carrera para “cuidar de mi marido”.
Debajo del video había un archivo titulado:
“VALERIA XU — OBJETIVO PRINCIPAL.”
Lo abrí.
La primera página contenía mi fotografía.
La segunda, mi historial profesional.
Y en la tercera aparecía una frase fechada seis meses antes de que yo conociera a Adrián:
“El accidente de Gu solo servirá para colocar a la doctora Xu exactamente donde la necesitamos.”
Entonces comprendí la verdad.
Adrián nunca había sido el verdadero objetivo de aquella explosión.
Yo sí.
