PARTE 2: EL RELOJ DE JAMES

Nora sacó un reloj de bolsillo.

Tenía la cadena rota y una pequeña abolladura junto a la corona.

Adrian dejó de respirar por un instante.

—¿Dónde encontraste eso?

Mi hija levantó la barbilla.

—Es de mi papá.

Dejé el jarrón sobre la mesa antes de que se me cayera.

Adrian alzó la mirada hacia mí.

En la sala, nadie se movió.

—Nora —dije—, ve con la señora Holloway. Tengo que hablar con el señor Cole.

Ella cerró el bolso.

—¿Estoy en problemas?

Crucé la habitación y me arrodillé junto a ella.

—No, cariño. No hiciste nada malo.

Esperé hasta verla salir de la mano de la señora Holloway.

Entonces Adrian habló.

—Todos fuera.

Los guardias obedecieron.

El silencio que quedó era distinto: ya no había espectadores entre nosotros.

—James me regaló ese reloj cuando supimos que estaba embarazada —dije.

Adrian apoyó una mano en el respaldo de una silla.

—¿Lo sabía?

Asentí.

—Iba a contártelo después de su viaje a Boston.

Miró hacia la puerta por donde había salido Nora.

—Cuatro años.

—Tiene tres. Cumple cuatro en noviembre.

Se pasó una mano por el rostro.

Yo nunca lo había visto parecer perdido.

—¿Por qué no viniste a buscarme?

Pensé en las noticias, en los hombres desaparecidos y en los rumores que habían seguido al funeral.

—Porque tenía miedo de que tu dolor terminara alcanzándola.

Su expresión se endureció.

—Es mi sobrina.

—Y es mi hija.

Adrian me miró.

No bajé los ojos.

—James quería alejarse de tus negocios. Hablábamos de una casa pequeña, de trabajo corriente, de llevar a nuestra hija al parque sin que hubiera hombres vigilando la entrada.

Pronunciar aquellos planes me hizo temblar.

—Cuando murió, tuve que proteger lo único que nos quedaba.

Adrian se sentó lentamente.

—Entonces, ¿por qué aceptaste trabajar aquí?

—Porque no sabía si los rumores sobre su muerte eran ciertos. Me quedé sin empleo y la agencia me ofreció este puesto. Pensé que podría escuchar algo. Averiguar si alguien seguía buscando lo que James había dejado.

Su mirada volvió al reloj.

—¿Qué dejó?

Dentro de mi habitación había un sobre que llevaba años sin atreverme a entregar.

No contenía nombres de asesinos ni instrucciones de venganza.

Contenía una carta para Adrian.

James la había escrito dos días antes de morir.

La traje y la puse sobre la mesa.

Adrian reconoció la letra.

Abrió el sobre con cuidado.

Mientras leía, vi cómo su mandíbula dejaba de estar firme.

James le hablaba de mí, del embarazo y de su decisión de marcharse. Le pedía que no intentara detenerlo.

Al final había una frase que yo sabía de memoria:

«Quiero que mi hija conozca a su tío. Pero necesito que pueda quererlo sin tenerle miedo».

Adrian dejó la carta sobre sus rodillas.

Durante mucho tiempo no dijo nada.

Después preguntó:

—¿Hay más?

Negué con la cabeza.

—Eso es todo.

Parecía esperar una conspiración lo bastante grande para justificar cuatro años de rabia.

En cambio, tenía delante la letra de su hermano pidiéndole una vida más sencilla.

Al día siguiente solicité dejar mi puesto.

Adrian se levantó de su escritorio.

—No tienes que irte.

—Necesito saber que podemos hacerlo.

Me observó unos segundos y luego apartó la mano del teléfono.

—Tu salario pendiente estará listo hoy. Nadie va a impedirlo.

Aquella respuesta no borró mi miedo.

Pero fue la primera decisión suya que me permitió respirar.

Nos mudamos a un apartamento fuera de la propiedad.

Acepté asesoramiento independiente y, cuando estuve preparada, entregué los documentos de James a los investigadores que revisaban su muerte. No dejé que Adrian convirtiera mis recuerdos en otra búsqueda privada.

La investigación no resolvió todo de inmediato.

Yo tampoco podía.

Nora preguntó por el hombre que había hecho reír.

—¿Está triste por papá?

Me senté junto a ella.

—Sí. Era su hermano.

—¿Entonces es mi tío?

—Sí.

Sonrió con una facilidad que me dolió.

—Tengo un tío.

Le expliqué que podía conocerlo poco a poco y que siempre estaría conmigo durante las visitas.

La primera fue en un parque.

Adrian llegó sin escolta junto a los columpios y con una bolsa de mandarinas. Nora le pidió que sostuviera su bolso mientras ella subía al tobogán.

Él obedeció.

Me miró desde abajo, con el pequeño maletín de plástico colgando de la mano.

—James se habría reído de esto.

—Muchísimo.

Adrian sonrió.

Por primera vez, aquel parecido no me heló la sangre.

Con los meses empezó a afrontar decisiones que había evitado durante años. Se apartó de personas peligrosas y buscó asesoramiento para responder por su propia participación en los negocios de la familia.

No le prometí perdón a cambio.

Tampoco le prometí que volveríamos a vivir bajo su techo.

Nora necesitaba un tío, pero no a cualquier precio.

Un domingo le mostré una fotografía de James frente a aquella cafetería de Boston.

Mi hija acarició el cristal.

—Tiene la sonrisa del tío Adrian.

—El tío Adrian tiene la suya —respondí.

Aquella tarde, cuando Adrian vino a visitarnos, Nora corrió hacia él con el reloj entre las manos.

—Mamá dice que era de papá. Tú puedes arreglarlo, pero después me lo devuelves.

Él se agachó.

—Después te lo devuelvo.

Nora extendió el meñique.

Adrian enlazó el suyo con una seriedad absoluta.

Yo los observé desde la puerta.

El apellido Cole seguía teniendo una historia que no podía borrar.

Pero mi hija acababa de ponerle una condición sencilla.

Y esta vez, un hombre de esa familia tendría que cumplir su promesa.

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