Camila sacó la mano lentamente.
Entre sus dedos había un sobre doblado.
—Quería evitarle una preocupación —murmuró.
Gabriel se lo quitó antes de que pudiera esconderlo.
—Eso lo decidirá ella.
Me entregó el sobre. En el frente reconocí mi letra, aunque más firme que la que recordaba.
«Para Gabriel. Esta vez, léelo hasta el final».
Dentro había varias fotografías y una carta.
La primera imagen mostraba a Camila entrando en un hotel con un hombre desconocido. En otra, ambos se besaban junto a un ascensor.
—¿Quién es? —pregunté.
Gabriel miró la fotografía.
—El director financiero de tu empresa.
Camila dejó de fingir que le dolía el tobillo.
—Esas fotos no prueban nada.
Seguí leyendo.
Mi yo adulta había descubierto transferencias a una sociedad vinculada con aquel hombre. Camila llevaba meses aprobando facturas por servicios que nunca se habían prestado.
Pero la carta hablaba también de Gabriel.
«Intenté explicártelo anoche. Camila te llamó antes de que pudiera terminar. Hoy necesito que me escuches sin interrupciones».
Él leyó por encima de mi hombro y se apartó.
—Valeria…
—Primero llama a mi abogada.
Camila empezó a llorar.
Era un sonido familiar. A los diecisiete años habría buscado enseguida la forma de demostrar que yo no había hecho nada malo.
Aquella vez mantuve el sobre contra mi pecho.
—Quiero que salgas.
—Soy tu hermana.
—Entonces deja mis cosas donde están.
Gabriel llamó a la enfermera. Camila salió protestando, con la muleta golpeando el suelo.
Cuando la puerta se cerró, le conté lo único que sabía: que recordaba el colegio, que iba a declararme a Adrián y que diez años parecían haber desaparecido.
Su expresión cambió.
La médica vino después. Habló conmigo, revisó los estudios y pidió nuevas evaluaciones. Explicó que mis recuerdos podían regresar poco a poco, pero que no debía forzarlos.
Gabriel permaneció junto a la ventana.
Parecía tener muchas preguntas y miedo de hacerlas.
—¿Estamos bien? —le pregunté cuando nos quedamos solos.
Tardó en responder.
—Antes del accidente, me dijiste que estabas cansada de tener que demostrar que Camila mentía.
Bajé la mirada hacia la carta.
—Eso sí lo recuerdo. Aunque haya pasado hace diez años.
Él acercó una silla.
—Debí escucharte.
No intentó tocarme. Agradecí que entendiera que para mí seguía siendo casi un desconocido.
Mi abogada llegó esa tarde acompañada por mi asistente. Traían documentos, copias de los movimientos y mensajes enviados desde mi cuenta antes del accidente.
Yo ya había preparado una auditoría.
La mujer que no recordaba ser había aprendido a protegerse.
Las semanas siguientes me enseñaron quién era.
Había estudiado con una beca, trabajado de noche y creado una empresa de diseño de interiores. Había comprado mi primer apartamento mucho antes de casarme.
Gabriel y yo nos reencontramos durante la remodelación de uno de sus hoteles.
—Me corregiste delante de seis arquitectos —me contó mi asistente, riéndose—. Después él pidió otra reunión contigo.
—Para discutir el proyecto —aclaró Gabriel.
Ella levantó una ceja.
Yo sonreí por primera vez sin esfuerzo.
Sin embargo, quedaba una pregunta.
Una noche, después del alta, la hice mientras él dejaba una taza junto a mi cama.
—¿Por qué guardaste la cinta de Camila?
Gabriel frunció el ceño.
Le expliqué lo que había visto en el patio del colegio.
Se quedó pensativo y después salió de la habitación.
Regresó con una caja pequeña.
Dentro había una cinta azul y una carta arrugada.
Mi carta para Adrián.
Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Por qué tienes eso?
—Camila me la entregó. Dijo que la habías escrito para mí.
Abrí la hoja.
El nombre de Adrián estaba cubierto por una mancha de tinta. Lo demás seguía intacto: mis frases torpes, mi confesión, la promesa de esperarlo detrás de la biblioteca.
—Fui —dijo Gabriel—. Tú nunca llegaste.
Recordé aquella tarde. Camila me había dicho que Adrián estaba besando a otra chica junto a las canchas. Me encerré en el baño hasta que terminó la jornada.
—Ella quería que te burlaras de mí —murmuré.
Gabriel asintió.
—Años después me lo admitió durante una discusión.
Miré la carta.
—Pero la guardaste.
—Pensé que alguien tenía que cuidar lo que habías escrito.
Me eché a llorar.
Él permaneció sentado hasta que fui yo quien buscó su mano.
La auditoría confirmó los desvíos. Camila perdió su puesto y tuvo que responder por el dinero. Mi padre pidió que lo resolviéramos en familia.
Le envié los documentos y dejé que mi abogada continuara.
Con Gabriel las cosas fueron más lentas.
No bastaba descubrir que me había querido desde el colegio. También debía aprender a escuchar a la mujer con la que se había casado.
Empezamos terapia. Salimos a cenar. Hubo días buenos y conversaciones difíciles.
Algunos recuerdos volvieron; otros siguieron siendo fotografías que alguien tenía que explicarme.
Una tarde encontré un video de nuestra boda.
En la pantalla, yo me reía antes de besar a Gabriel.
Lo miré, sentado a mi lado.
—Parece que te quería mucho.
Él me apretó suavemente la mano.
—Sí.
Apagué el teléfono.
—Entonces tendrás que dejar que vuelva a conocerte.
Sonrió con los ojos húmedos.
—Todo el tiempo que necesites.
Por primera vez desde el hospital, dejé de contar los años que me faltaban.
Teníamos una tarde por delante.
Y quise pasarla con él.