Al salir del Registro Civil, Andrés me pidió que lo esperara en el auto.
—Voy a llamar a mi madre. Por fin podrá descansar.
Lo vi alejarse con el teléfono pegado a la oreja.
Yo abrí mi bolso y comprobé que mi copia del acta seguía allí.
Durante meses había imaginado cómo pedirle el divorcio. Ensayaba las palabras mientras lavaba platos, en el tráfico, acostada junto a él cuando fingía dormir.
Ahora no tenía que decirlas.
Él lo había pedido por mí.
—Mamá quiere que te mudes unos días —anunció al volver—. Si te ve en casa, pensará que la engañamos.
—Está bien.
Andrés sonrió, aliviado.
—Sabía que al final lo entenderías.
Esa tarde guardé mi ropa en dos maletas. También los álbumes de mi infancia, la máquina de coser de mi abuela y una taza desportillada que había llevado conmigo a nuestro primer apartamento.
Dejé los regalos de aniversario en sus cajas.
Andrés apareció en la puerta del dormitorio.
—¿Para qué llevas tantas cosas?
—No sé cuánto tiempo estaré fuera.
Aquella respuesta le bastó.
No me ayudó a bajar las maletas. Tenía que recoger a Verónica para llevarla al hospital.
Me fui antes de que terminara de arreglarse.
El apartamento que había alquilado era pequeño. Desde la ventana se veía una lavandería y un árbol que rozaba los cables de la calle.
Puse la máquina de mi abuela junto a la luz.
Después llamé a mi abogada.
—Ya tengo el acta.
—Bien. Mañana revisamos los documentos pendientes.
El divorcio no había convertido automáticamente todas sus promesas en hechos. Durante las semanas siguientes completamos las transferencias y los cambios de titularidad que Andrés había aceptado.
Él firmaba deprisa.
A veces ni siquiera se sentaba.
—Cuando volvamos a casarnos, arreglamos todo esto —repetía.
Mi abogada le recordó que los documentos tenían efectos reales y que podía consultar a su propio asesor.
Andrés se rio.
—Conozco a Lucía desde hace diez años.
Yo mantuve los ojos sobre la mesa.
Cuando llegó la última confirmación, llevaba veinticuatro días durmiendo sin escuchar su llave en la puerta.
Esa noche me llamó.
—Mamá está mucho mejor. Podemos empezar a organizar lo nuestro.
—Me alegra que esté mejor.
—Pensé que podríamos casarnos el viernes. Algo sencillo, sin invitados.
Apoyé el teléfono contra la taza para liberar las manos. Estaba colocando botones en una chaqueta, mi primer encargo desde que había retomado la costura.
—No voy a casarme contigo, Andrés.
Escuché una risa breve.
—Ya basta. Mi madre no está aquí.
—No estoy actuando.
Su voz cambió.
—Lucía, acordamos que era falso.
—Firmamos un divorcio. Yo acepté divorciarme.
—¿Me tendiste una trampa?
Dejé la aguja sobre la mesa.
—Tu madre no tenía cáncer.
El silencio duró tanto que pensé que había colgado.
—No sabes de qué estás hablando.
—Estuve con ella cuando habló el médico. Me enteré antes de que tú vinieras a pedirme su supuesto último deseo.
—Entonces, ¿por qué no dijiste nada?
Miré las maletas, todavía apoyadas contra la pared.
—Porque quería irme.
Andrés llegó a la mañana siguiente.
Traía nuestra fotografía de boda.
La puso frente a mí como si yo hubiera olvidado lo que habíamos sido.
—Tienes que devolverme mis cosas.
—Si quieres discutir el acuerdo, habla con mi abogada.
—¿Y nosotros?
No respondí enseguida.
En la fotografía yo tenía la cabeza inclinada hacia él. Recordaba perfectamente aquella mañana: el peso del vestido, las manos sudadas, la certeza de haber elegido bien.
Me dolió verla.
Pero no quise volver.
—Yo intenté hablar de nosotros durante años —dije—. Tú siempre tenías algo más urgente.
Se sentó.
Por primera vez no parecía preparado para corregirme.
—Puedo cambiar.
—Espero que lo hagas.
Empujé la fotografía hacia él.
—Pero no voy a quedarme a comprobarlo.
Teresa llamó aquella tarde. Pasó de las lágrimas a los insultos en menos de un minuto.
—¡Siempre supimos que querías su dinero!
La escuché hasta que terminó.
—Usted quería que dejara de ser su nuera —respondí—. Ya lo consiguió.
Colgué con las manos temblorosas.
No sentí una victoria. Sentí cansancio, y después una calma que todavía me resultaba extraña.
Meses más tarde abrí un pequeño taller. Conservé una parte de los bienes y vendí otros para construir una vida que pudiera sostener por mí misma.
Andrés intentó regresar varias veces. Luego dejó de llamar.
Una tarde encontré mi vestido de novia entre las prendas que había traído de la casa. Lo extendí sobre la mesa y pasé la mano por el encaje.
Había sido feliz al ponérmelo. No necesitaba negar eso para aceptar que todo había terminado.
Lo guardé con cuidado.
Después abrí la puerta del taller para atender a una clienta.
—Busco a Lucía —dijo.
Sonreí.
—Soy yo.