Camila retiró la mano del cajón.
Entre sus dedos había una memoria USB.
—Solo quería guardar sus cosas —dijo.
Gabriel extendió la mano.
—Déjala sobre la mesa.
Ella me miró, esperando que yo dijera algo. Conocía aquella expresión: la advertencia escondida detrás de una sonrisa.
—Hazlo —murmuré.
Su sonrisa desapareció.
Cuando salió, Gabriel llamó a la médica. Yo seguía mirando la memoria.
—Lo último que recuerdo es que tengo diecisiete años —le dije—. Iba a entregarle una carta a Adrián.
Gabriel se quedó quieto.
Después apartó la silla de mi cama para dejar entrar a la doctora.
Me hicieron preguntas, revisaron mis estudios y explicaron que el golpe podía haber afectado mis recuerdos. Nadie podía prometer cuándo volverían.
Gabriel escuchó sin interrumpir.
Solo cuando estuvimos solos preguntó:
—¿No recuerdas nada de nosotros?
Negué con la cabeza.
Se quitó el anillo y lo dejó junto al mío, sobre la sábana.
Por dentro tenía una fecha grabada.
Y tres palabras.
«Esta vez, sí».
—Tú elegiste la inscripción —dijo.
Sentí miedo de aquella mujer que había sido yo. Tenía dinero, una empresa, un marido. Había construido una vida entera y yo ni siquiera sabía si me gustaba el café.
—¿Por qué te casaste conmigo?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque me lo pediste.
Casi me reí.
—Eso no suena a mí.
Por primera vez, sonrió apenas.
—Sí suena.
Mi abogada llegó esa tarde. Se llamaba Inés y, antes de explicarme nada, pidió que Gabriel saliera.
Él obedeció.
Aquello me tranquilizó más que cualquier declaración de amor.
Inés abrió una carpeta.
Durante años había diseñado joyas mientras estudiaba administración. La primera colección llevaba el nombre de mi madre. Después llegaron contratos, tiendas y una empresa.
También había llegado Camila.
Yo le había dado un puesto. Ella utilizó ese acceso para desviar pagos a una sociedad que compartía con su madre.
—Lo descubriste hace dos semanas —explicó Inés—. Ayer ibas a entregarme los documentos originales.
Miré la memoria USB.
—¿Están ahí?
—Hay copias. Tu asistente conserva otras.
Respiré por primera vez sin sentir que todo dependía de lo que yo pudiera recordar.
—Entonces no pudo borrarlo todo.
—No.
Mi accidente había ocurrido camino a su despacho. Otro vehículo cruzó un semáforo en rojo. La investigación seguía abierta.
Inés no intentó llenar los espacios con sospechas.
Yo tampoco.
Cuando Gabriel regresó, le pregunté por qué había acompañado a Camila al hospital.
—Me llamó desde la oficina. Dijo que se había caído por las escaleras. La dejé en urgencias y fui a buscar unos documentos. Cuando vi tus llamadas, ya te habían ingresado.
—¿Y la fotografía?
Le mostré la imagen en mi teléfono.
Reconoció el lugar.
—Fue en una inauguración. Había veinte personas alrededor. Ella pidió la foto.
—Yo creía que estabas enamorado de ella desde el colegio.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Por qué?
—La cinta. La recogiste y te la guardaste.
Tardó unos segundos en comprender.
Luego abrió su cartera.
Dentro había una cinta azul, gastada por los años.
—Se cayó de tu mochila cuando Camila la vació en el patio.
La reconocí.
Mi madre me la había comprado para una presentación escolar.
Camila me dijo que la había perdido.
Yo había visto solo el final de la escena.
Gabriel dejó la cinta sobre mi mano.
—Intenté devolvértela. No quisiste hablar conmigo.
Recordé haber cambiado de pasillo cuando él se acercaba.
Me ardieron las mejillas.
—Pensaba que venías a defenderla.
—Lo sé. Me lo contaste años después.
No recuperé diez años de golpe.
Volvieron fragmentos: una mesa cubierta de bocetos, Gabriel dormido en un sofá, mi propia risa en una cocina desconocida.
Otros recuerdos seguían fuera de mi alcance.
Camila negó los desvíos hasta que Inés presentó los documentos. Mi padre llamó para pedirme que pensara en la familia.
—También soy tu familia —le respondí.
No retiré la denuncia.
Meses después, una tarde de lluvia, encontré una caja de cartas en nuestro dormitorio.
Arriba estaba aquella confesión escolar.
El sobre llevaba el nombre de Adrián.
Dentro, al pie de mi letra adolescente, había una anotación escrita por mí años después:
«Nunca la entregué. Menos mal».
Gabriel apareció en la puerta.
—La encontraste.
—¿Qué pasó con Adrián?
—Te reencontraste con él en la universidad. Salieron dos veces. Dijiste que hablaba demasiado de sí mismo.
Me eché a reír.
Gabriel también.
Lo miré y sentí una familiaridad cálida, todavía incompleta, pero mía.
—No puedo prometer que recuerde todo —dije.
—No tienes que hacerlo.
Saqué una hoja del cajón.
Esta vez no necesitaba esconderla dentro del uniforme ni esperar a reunir valor durante meses.
Escribí su nombre.
Gabriel se sentó a mi lado mientras yo terminaba.
Y, por fin, entregué la carta al hombre correcto.