PARTE 2: ESTA VEZ, NO LO ESPERÉ

Nathan llamó seis veces antes de que yo contestara.

Estaba en casa de mi hermana, sentada junto a la cama donde Emma dormía sin fiebre por primera vez en días.

—¿Dónde estás? —preguntó—. ¿Por qué hay un anillo en nuestra habitación?

Miré la pequeña mano de mi hija sobre la almohada.

—Porque ya no voy a usarlo.

Hubo un silencio breve.

—No entiendo qué estás haciendo.

—Te mandé diecisiete mensajes. Emma estuvo en urgencias. Tú estabas cenando con Olivia.

—Era una reunión de trabajo.

—Entonces podrías haber contestado desde la mesa.

Oí su respiración al otro lado. Esperé una pregunta sobre Emma, sobre el hospital, sobre aquella noche.

—¿Quién te enseñó esa foto? —dijo.

Cerré los ojos.

Hasta entonces había conservado una esperanza pequeña, vergonzosa: que al enterarse se asustara, que preguntara si nuestra hija estaba bien, que reconociera lo que había hecho sin obligarme a demostrarlo.

—Está recuperándose —respondí—. Por si querías saberlo.

—Claro que quería saberlo.

—Llevamos nueve días fuera, Nathan.

Esta vez no tuvo una respuesta inmediata.

Le expliqué que, después del alta, mi hermana había viajado a Miami para ayudarnos. Que habíamos pasado dos noches más cerca del hospital antes de que la doctora autorizara el viaje. Que, al regresar, fui a casa mientras él seguía fuera y recogí nuestros documentos, ropa y el conejo de peluche de Emma.

Dejé el anillo sobre su cómoda.

El personal me vio salir con las maletas. Les dije que Emma y yo estaríamos en un lugar seguro y que cualquier pregunta tendría que hacérmela él.

Tardó nueve días en hacerlo.

—Voy a buscarlas —dijo.

—Hoy no. Emma necesita descansar. Mañana podemos hablar.

Llegó a casa de mi hermana antes del mediodía.

Traía flores y un oso enorme con una etiqueta todavía colgando de la oreja.

Emma corrió hacia él.

—¡Papá!

Nathan se arrodilló y la abrazó con fuerza. Yo sentí un dolor inesperado al verlos. Mi hija podía quererlo sin saber nada de lo ocurrido. No tenía por qué cargar con lo que yo acababa de descubrir.

Mi hermana la llevó al jardín cuando terminamos de saludarnos.

Nathan dejó las flores sobre la mesa.

—Olivia y yo… —Se pasó una mano por la cara—. Empezó hace meses.

La confesión me dejó inmóvil.

Había imaginado aquella respuesta tantas veces que creí estar preparada. Pero escucharla era distinto.

—¿También esa noche?

Asintió.

Miré el ramo. Había elegido las mismas flores que me regaló cuando nació Emma.

—Mientras nuestra hija estaba en el hospital.

—No sabía que era tan grave.

—No quisiste saberlo.

Bajó la cabeza.

Durante un momento solo escuchamos a Emma reír afuera.

—Puedo terminarlo —dijo—. Podemos ir a terapia. Haré lo que me pidas.

Saqué de mi bolso la carpeta que había preparado con mi abogada y la puse entre nosotros.

—Ya pedí el divorcio.

Nathan no la tocó.

—¿Después de cinco años vas a decidirlo todo en nueve días?

Me tembló la voz al responder.

—Llevo años pidiéndote que estés presente. En nueve días dejé de esperar.

No hubo una frase que lo hiciera comprender de golpe. Discutió, pidió otra oportunidad y después lloró. Yo también lloré cuando se fue.

Separarme no hizo desaparecer el amor de inmediato. Tampoco convirtió la vida en algo fácil.

Hubo reuniones, cuentas que revisar y noches en que estuve a punto de llamarlo solo por costumbre.

Pero seguimos adelante.

Meses después, Emma y yo nos mudamos a un apartamento pequeño, cerca de mi hermana. Volví a trabajar. Nathan empezó a recoger a nuestra hija los sábados y, poco a poco, aprendió a llevar sus medicinas, recordar sus horarios y escucharla sin mirar el teléfono.

El día que se firmó el divorcio, me esperó afuera.

—Todavía pienso en el aeropuerto —dijo.

Yo también pensaba en él. En la maleta, en el calor y en el peso de Emma contra mi pecho.

—Ojalá lo recuerdes cuando ella te necesite —contesté.

Aquella noche, Emma me ayudó a poner la mesa en nuestro apartamento.

Colocó dos platos y luego me miró.

—¿Hoy cenamos aquí, mamá?

—Sí.

Sonrió, satisfecha, y subió a su silla.

Me senté frente a ella antes de que se enfriara la comida.

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