El silencio duró hasta que llegué a mi apartamento.
Entonces llamó Vivian.
—Caleb quiere adelantar la boda.
Dejé las llaves sobre la mesa.
—¿Cuánto?
—Dos semanas. Mi padre aceptó sin preguntarme.
Miré mi reflejo en la ventana. La mejilla seguía hinchada.
Nuestros apellidos nos habían dado habitaciones enormes, escuelas caras y conductores.
También hombres que creían que podían decidir a quién pertenecíamos.
—Mañana revisamos la carpeta con una abogada —respondí—. No vamos a enviar nada hasta comprobarlo.
Vivian guardó silencio.
—Pensé que querías hacer un escándalo.
Recordé el letrero de cristal golpeando a Nathaniel.
—He hecho suficiente daño actuando por rabia. Ahora quiero salir de esto.
A la mañana siguiente, dos profesionales independientes revisaron los documentos sobre Caleb Frost.
Había reclamaciones de antiguas socias, movimientos financieros difíciles de justificar y comunicaciones que contradecían las garantías presentadas ante la familia Ward.
Algunas sospechas no pudieron confirmarse.
Otras sí.
Vivian escuchó hasta el final.
Después cerró la carpeta.
—No voy a casarme con él.
La abogada asintió.
—Entonces trabajaremos sobre esa decisión. No necesitas demostrar que él es un delincuente para negarte.
Vi cómo mi futura cuñada aflojaba los hombros.
Tal vez nadie se lo había dicho antes.
Yo también contraté representación.
Revisamos mi participación en los proyectos conjuntos de Hale y Ward, mis diseños y los acuerdos que mi padre utilizaba para asegurar que el compromiso no podía romperse.
Había obligaciones comerciales.
No una obligación de casarme.
Mientras tanto, envié a Nathaniel una disculpa por haberle lanzado el objeto y le indiqué que respondería por las consecuencias de aquella agresión mediante nuestros representantes.
Después añadí:
«El compromiso ha terminado. No vuelvas a sujetarme, seguirme ni presentarte sin acordarlo».
No respondió durante horas.
Al anochecer escribió:
«Estás destruyendo dos familias por una secretaria».
Miré el mensaje sin contestar.
Aún necesitaba reducir todo a Vanessa para evitar verse a sí mismo.
La reunión familiar se celebró una semana después.
Mi padre ocupó la cabecera de la mesa. Los padres de Nathaniel estaban frente a él. Vivian se sentó a mi lado.
Nathaniel entró solo.
Dejó una caja sobre la mesa.
—Despedí a Vanessa.
No la abrí.
—Eso no cambia mi decisión.
Su expresión se endureció.
—¿Qué más quieres que haga?
—Aceptar que no voy a casarme contigo.
Mi padre golpeó el brazo del sillón.
—Esto no depende solo de ustedes.
La abogada que me acompañaba abrió una carpeta.
—Los acuerdos empresariales pueden negociarse. El matrimonio requiere la voluntad de ambas personas.
—Ella no entiende lo que está perdiendo —respondió él.
Vivian se inclinó hacia delante.
—Yo tampoco voy a casarme con Caleb.
Su madre dejó escapar un sonido ahogado.
El padre de Nathaniel miró a su hija como si acabara de descubrir que podía hablar.
—Eso no está en discusión.
—Precisamente —respondió Vivian—. No voy a discutir si puedo negarme. Estoy comunicándoles que me niego.
Hubo amenazas sobre acciones, herencias y reputaciones.
Esta vez llevábamos documentos y personas capaces de distinguir una obligación real de una frase pronunciada para asustarnos.
Las negociaciones continuaron sin bodas de por medio.
Yo recuperé el control sobre los diseños que me pertenecían y acordé la salida de los proyectos que ya no quería compartir.
Vivian buscó una vivienda propia y dejó de pedir permiso para aceptar trabajo fuera del grupo.
No fue sencillo.
Hubo gastos, renuncias y días en que ambas dudamos.
Pero nuestras conversaciones dejaron de girar alrededor de cómo conseguir que ellos estuvieran satisfechos.
Nathaniel me encontró meses después en la presentación de mi nueva colección.
Se quedó junto a la entrada hasta que terminé de hablar con unos clientes.
—Nunca supe cuánto hacías —dijo.
Miré las prendas expuestas.
—Estabas allí cuando las diseñaba.
Bajó la cabeza.
—¿Podemos empezar otra vez?
Sentí tristeza, pero ninguna urgencia.
—No.
Aceptó la respuesta después de un largo silencio.
Cuando se marchó, Vivian apareció con dos vasos de agua.
—¿Estás bien?
Asentí.
—¿Y tú?
Sonrió.
—Hoy compré una mesa.
Me reí.
—¿Una mesa?
—La primera que elijo sin pensar en cuántos invitados quiere sentar mi padre.
Chocamos suavemente los vasos.
Al terminar el evento, recogí mi abrigo y apagué las luces del estudio.
Sobre el escritorio había una caja térmica.
Esta vez contenía mi propia cena.
Me senté, la abrí y comí antes de que se enfriara.