PARTE 2: EL ERROR EN SU ANÁLISIS

Encendí la presentación.

—HerPulse no pretende sustituir una consulta médica. Nuestro objetivo es ayudar a las usuarias a identificar tendencias y compartir información útil con sus profesionales.

Adrian miró la pantalla.

Durante veinte minutos preguntó por validación, privacidad, costes y plazos.

Preguntas difíciles.

Preguntas pertinentes.

Yo respondí las que podía y reconocí lo que todavía necesitábamos comprobar.

Chloe dejó de patearme debajo de la mesa.

Entonces apareció la diapositiva del prototipo.

El anillo.

Adrian se quedó mirándolo.

—¿Es el dispositivo que llevaba en el hospital?

—Sí.

Bajó los ojos hacia mis manos.

Su bolígrafo dejó de moverse.

Chloe tosió para ocultar una risa.

Uno de los analistas pidió aclaraciones sobre el estudio piloto y la reunión continuó. Adrian no volvió a mirarme hasta el final.

Cuando los demás comenzaron a recoger sus cosas, habló:

—Necesito comunicar un posible conflicto. Sienna y yo tuvimos una relación personal.

El director del roadshow levantó la cabeza.

—Gracias por indicarlo. La evaluación seguirá con el comité y otro responsable de negociación.

Solté el aire.

HerPulse no podía depender de lo que Adrian sintiera al verme.

Ni de lo que yo sintiera al recordar su rostro en un aeropuerto.

La sala quedó vacía, salvo por Chloe, que se entretuvo demasiado guardando un cable.

—Chloe —dije.

—Este cable es muy complicado.

Finalmente salió.

Adrian permaneció al otro lado de la mesa.

—Entonces no estás casada.

—No.

—¿Y Ethan?

—Mi hermano.

Cerró los ojos.

—La niña dijo «tía».

—Intentó decirlo.

Se quedó callado unos segundos.

Después preguntó:

—¿Por qué no me corregiste?

Me crucé de brazos.

—Porque me dijiste que no hacía falta explicar.

Adrian miró el anillo sobre la mesa.

—Entiendo.

—No, creo que necesitas entender otra cosa. Una chaqueta y un coche tampoco te habrían dicho si yo era feliz.

Levantó la cabeza de golpe.

—¿Leíste…?

Saqué el teléfono.

—«La capacidad de recolectar información no está relacionada con sentimientos personales».

Su expresión fue extraordinaria.

Por primera vez desde la universidad, Adrian Black parecía querer esconderse debajo de un mueble.

—Era anónimo.

—Era reconocible.

Se pasó una mano por la cara.

—Voy a borrarlo.

—Buena idea.

Guardé mis cosas.

Antes de que llegara a la puerta, pronunció mi nombre.

—Sienna. ¿Por qué no contestaste aquellas llamadas?

La pregunta dejó de tener nada gracioso.

Apoyé el bolso sobre una silla.

Cuatro años antes habíamos decidido mudarnos juntos después de graduarnos. Yo había conseguido una plaza de investigación. Él estaba preparando entrevistas.

Una semana antes del viaje descubrí que había utilizado mis contactos para rechazar, en mi nombre, una oportunidad en otra ciudad.

«Era lo mejor para nosotros», había dicho.

Me fui sin saber cómo discutir con alguien que confundía quererme con organizar mi futuro.

—Porque necesitaba marcharme sin que intentaras decidir otra vez —respondí.

Adrian bajó la mirada.

—Lo llamé ayudarte durante mucho tiempo.

—Yo no te había pedido que lo hicieras.

Asintió.

No me pidió que olvidara.

Salí de la sala sin acordar una cena.

La ronda siguió durante semanas.

Otro equipo revisó nuestras cifras, entrevistó a investigadores y pidió cambios en las condiciones. Meridian acabó participando junto a otros inversores.

Adrian no intervino en la negociación.

El día que firmamos, Chloe me abrazó en medio de la oficina.

—Seguimos vivas.

Miré las mesas, los prototipos y las personas que habían aceptado trabajar con tanta incertidumbre.

—Ahora tenemos que hacerlo bien.

Adrian escribió aquella tarde.

«Felicidades a todo el equipo».

Después llegó otro mensaje.

«También le debo una disculpa a tu hermano. No tengo ninguna opinión informada sobre su abrigo».

Me reí.

Le respondí:

«Ethan aceptará la disculpa. Lily todavía quiere la pluma».

Nos vimos un mes después, fuera del trabajo.

Esta vez preguntó antes de elegir el restaurante.

Durante la cena hablamos de nuestras vidas sin intentar resumir cuatro años en una explicación perfecta.

Cuando propuso volver a vernos, dejé la copa sobre la mesa.

—Despacio.

—Despacio —repitió.

No sabía si terminaríamos juntos.

Sí sabía que mi empresa no estaba en juego y que mi futuro seguía siendo mío.

Al salir, Adrian señaló el anillo que llevaba en la mano derecha.

—¿Está registrando datos ahora?

—Sí.

—Entonces espero no estar alterando demasiado los resultados.

Sonreí.

—Eso todavía necesita validación.

Y caminamos un rato, sin que ninguno decidiera por dónde debía ir el otro.

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