PARTE 2: EL NIÑO QUE ADRIÁN NUNCA ME DIJO QUE EXISTÍA

Mi mano quedó inmóvil sobre el tirador de la maleta.

No me giré inmediatamente.

—¿Qué acabas de decir?

El niño se escondió detrás de Adrián.

—Leo —murmuró él—. Ve con Sofía.

—Pero papá…

—Ahora.

Sofía apareció y tomó al pequeño de la mano.

Antes de marcharse, me miró con una expresión que ya no parecía hostil.

Parecía culpable.

Esperé hasta escuchar cerrarse una puerta.

Entonces me volví hacia Adrián.

—Habla.

Él respiró profundamente.

—Leo no es hijo mío.

—Te llama papá.

—Porque soy la única figura paterna que conoce.

—¿Y Sofía?

—Tampoco es mi pareja.

Solté una risa seca.

—Vive contigo.

—Vive aquí desde hace dos años.

—Eso mejora muchísimo la explicación.

Adrián cerró los ojos.

—Sofía es la hermana de Daniel.

El nombre me golpeó.

Daniel Reyes.

El mejor amigo de Adrián.

El hombre que había muerto en un accidente tres meses después de que yo abandonara el país.

—¿Leo es hijo de Daniel?

—Sí.

Me quedé callada.

—¿Y su madre?

—Murió al dar a luz.

Ahora las fechas encajaban.

Al menos algunas.

—Entonces Sofía es su tía.

—Sí.

—¿Por qué tú eres “papá”?

Adrián tardó demasiado en contestar.

—Porque Daniel me nombró tutor.

—¿Antes de morir?

—Sí.

Aquello tenía sentido.

Pero no explicaba la pregunta de Leo.

—¿Por qué tiene fotografías mías?

Adrián me miró.

—Porque yo nunca las guardé.

Algo dentro de mí vaciló.

—Eso ya no importa.

—Para mí sí.

—Mañana firmarás.

—Si después de escuchar todo sigues queriendo divorciarte, firmaré.

Saqué el teléfono.

—Tienes diez minutos.

Adrián no necesitó tantos.

Me contó que Daniel había descubierto que estaba enfermo antes del accidente que oficialmente acabó con su vida.

Que había preparado documentos de tutela para Leo.

Que Sofía, recién salida de una situación económica difícil, no podía asumir sola todos los cuidados.

Y que Adrián había terminado convirtiéndose en padre sin haberlo planeado.

—Podrías habérmelo contado.

—Te escribí ciento ochenta y siete veces.

Me quedé inmóvil.

—¿Las contaste?

—Sí.

No respondí.

Había bloqueado su número.

También su correo.

Después cambié de teléfono.

Había querido desaparecer de nuestro matrimonio porque creía que él había elegido su trabajo sobre mí demasiadas veces.

Adrián continuó.

—Pero hay algo que nunca pude escribirte.

—¿Qué?

Fue hasta un armario y sacó una carpeta.

—Daniel murió investigando algo relacionado contigo.

Mi paciencia desapareció.

—No utilices a un muerto para evitar un divorcio.

—Mira primero.

Abrió la carpeta.

Había copias de transferencias bancarias.

Fotografías.

Correos impresos.

Y una imagen mía saliendo del edificio donde había trabajado antes de marcharme a Singapur.

Fecha:

seis semanas antes de nuestra última pelea.

—¿Quién tomó esto?

—No lo sé.

Pasé a la siguiente fotografía.

Yo entrando en un restaurante.

Otra en un aparcamiento.

Otra frente a nuestra casa.

—Me estaban siguiendo.

—Daniel lo descubrió.

—¿Por qué?

—Porque alguien estaba pagando para conseguir información sobre ti.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Adrián señaló una empresa.

Meridian Pacific Consulting.

Reconocí el nombre.

Habían sido clientes de mi compañía en Singapur.

—Eso es imposible.

—Daniel pensaba lo mismo.

Entonces comprendí algo.

—Mi traslado.

Adrián asintió.

—La oferta apareció dos semanas después de que Daniel descubriera las transferencias.

—¿Estás diciendo que alguien organizó mi trabajo en Singapur?

—Estoy diciendo que quizá alguien necesitaba sacarte del país.

Elena, pensé.

Cuatro años.

Una carrera construida al otro lado del mundo.

Todo empezó con aquella oferta.

—¿Por qué no me detuviste?

Adrián soltó una risa amarga.

—Lo intenté.

Recordé nuestra última pelea.

Él diciéndome que no aceptara el traslado todavía.

Yo acusándolo de querer controlar mi carrera.

Él gritando que había cosas que no podía explicarme.

Yo haciendo la maleta.

Por primera vez, aquel recuerdo adquirió otra forma.

—¿Qué encontró Daniel?

Adrián abrió el último sobre.

—Esto.

Era una copia de mi partida de nacimiento.

—¿Y?

—Mira el número de registro.

Lo hice.

Después colocó otra partida junto a ella.

Sofía Reyes.

Misma fecha.

Mismo hospital.

Números consecutivos.

—Eso no significa nada.

—Sigue leyendo.

El nombre del médico era idéntico.

Doctor Samuel Mercer.

Levanté la mirada.

—Mercer.

—Mi padre.

Sentí que se me secaba la boca.

—Tu padre era obstetra.

—Lo sé.

—Nunca me dijiste que había atendido mi nacimiento.

—Porque yo tampoco lo sabía.

La puerta se abrió.

Sofía entró sola.

Llevaba algo en la mano.

Una fotografía.

—Creo que ya debería verla.

Me la entregó.

Mi madre aparecía sosteniendo a un bebé.

Junto a ella estaba Samuel Mercer.

Y detrás, una mujer que reconocí inmediatamente.

Mi suegra.

Mucho más joven.

En sus brazos sostenía otro recién nacido.

Adrián miró la fotografía.

—¿De dónde sacaste esto?

—Daniel me la dejó.

Le di la vuelta.

Había una frase escrita detrás.

“Los dos niños sobrevivieron. Las familias nunca deben saber lo que Samuel hizo.”

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué niños?

Sofía abrió otro sobre.

—Daniel pensaba que uno eras tú.

—¿Y el otro?

Miró a Adrián.

Mi estómago se cerró.

—No.

Adrián negó con la cabeza.

—Elena, esto todavía no demuestra nada.

—Entonces ¿por qué Daniel investigaba mi nacimiento?

Sofía respiró profundamente.

—Porque no investigaba solamente el tuyo.

Sacó una tercera partida.

Nombre:

Adrián Mercer.

Mismo hospital.

Mismo médico.

Pero una fecha diferente.

Había una anotación manuscrita:

“Registro sustituido por orden del padre.”

Me aparté inmediatamente de Adrián.

—Necesitamos una prueba genética.

—Ya la hice —dijo él.

Lo miré.

—¿Qué?

—Después de encontrar estos documentos.

Sentí náuseas.

—¿Y?

—No somos hermanos.

El aire volvió lentamente a mis pulmones.

—Entonces ¿qué escondía tu padre?

Adrián abrió una caja fuerte.

Sacó un sobre sellado.

—Esto llegó hace tres semanas.

Mi nombre estaba escrito en el frente.

ELENA VALDÉS.

—¿Quién lo envió?

—Mi padre.

—Tu padre murió hace siete años.

—Eso creíamos.

Dentro había una fotografía reciente.

Samuel Mercer.

Más viejo.

Cabello completamente blanco.

Pero vivo.

Estaba sentado frente a un edificio que reconocí.

La sede de Meridian Pacific Consulting en Singapur.

Debajo había una fecha.

Dos meses atrás.

Y una nota.

“Cuando Elena regrese para divorciarse, no permitas que firme nada hasta que sepa quién pagó realmente por esos cuatro años.”

Me quedé mirando aquellas palabras.

Entonces Sofía añadió en voz baja:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Daniel no murió en un accidente.

Adrián cerró los ojos.

Sofía me entregó la última página.

Era el informe que Daniel había enviado pocas horas antes de morir.

Solo había una frase subrayada.

“Si Elena descubre por qué Samuel Mercer eligió a Adrián como su marido, todo el plan se derrumba.”

Miré a Adrián.

Él estaba tan pálido como yo.

Y comprendí que había regresado después de cuatro años pensando que mi matrimonio había terminado.

Pero quizá lo verdaderamente aterrador era que todavía no sabía por qué había comenzado.

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