PARTE 2: LO QUE NO PODÍA COMPRAR

—Supervisaba a veintitrés personas —continuó Marisol—. Organizaba turnos, compras y mantenimiento. Cuando la empresa perdió dos contratos, cerraron nuestra oficina.

Señaló una carpeta junto al refrigerador.

—Desde entonces, parece que ocho años de experiencia sirven menos que una recomendación.

No abrí la carpeta sin pedir permiso.

—¿Puedo verla?

Marisol dudó y después me la entregó.

Había certificados, evaluaciones y cartas de clientes.

Yo conocía uno de aquellos edificios.

Mi empresa lo había comprado el año anterior.

Recordaba también las quejas que habíamos recibido después de cambiar de proveedor.

Le devolví los documentos.

—Estamos buscando una supervisora de instalaciones.

Su expresión se volvió cautelosa.

—¿Porque mi hija encontró su billetera?

—Porque necesito a alguien con esa experiencia. Puedo conseguirle una entrevista. La decisión tendrá que tomarla el equipo que contrata.

Marisol sostuvo mi mirada.

—Una entrevista. No un puesto regalado.

—De acuerdo.

Renata apareció en el pasillo con un pijama de conejos y una toalla sobre el cabello.

—Mamá, ¿ya te dieron trabajo?

Marisol abrió los brazos.

—Todavía no, cariño.

La niña se acomodó junto a ella.

Yo saqué una tarjeta y la dejé sobre la mesa.

Antes de marcharme, le hice la pregunta que había seguido rondándome.

—Renata, ¿por qué no quisiste aceptar la recompensa?

Ella frunció el ceño, como si no entendiera qué tenía de difícil.

—Porque la foto era importante.

Miré a Marisol.

Ella tampoco sabía de qué hablaba.

—La señora de la playa —añadió Renata—. La guardaba muy adentro. Pensé que, si perdía la billetera, también iba a perderla a ella.

Sentí una presión dolorosa detrás de los ojos.

Había pasado tres años llamando a Julia sin preguntarme si aún sabía hablarle de algo que no fueran mis negocios, mis consejos o mis exigencias.

Una niña había visto aquella fotografía y entendido lo que yo llevaba tanto tiempo evitando.

—Es mi hija —dije.

Renata sonrió.

—Entonces puede volver a tomarse una foto con ella.

No supe responder.

Aquella noche, al llegar a casa, no llamé a Julia otra vez.

Escribí.

«Hoy una niña me devolvió la billetera. Encontró tu fotografía y me recordó cuánto te extraño.

»También pensé en las veces que intentaste hablar conmigo y yo te respondí como si estuviera dirigiendo una reunión.

»No tienes que contestar. Quería pedirte perdón sin pedirte nada después».

Leí el mensaje antes de enviarlo.

No añadí explicaciones.

Al día siguiente, mi responsable de recursos humanos contactó con Marisol. Le pidió el currículum y programó una entrevista con el equipo de operaciones.

Yo no participé.

Dos semanas después recibió una oferta.

Había presentado una propuesta para reducir incidencias y reorganizar los turnos. Uno de los entrevistadores me dijo que era la primera candidata que había preguntado cuánto tiempo llevaban los empleados trabajando sin equipos adecuados.

Marisol me llamó cuando aceptó.

—Gracias por abrir la puerta.

—Usted hizo el resto.

Su primer sueldo no resolvió todo. Hubo deudas que negociar y meses de trabajo para recuperar estabilidad.

Pero consiguió un horario compatible con el colegio de Renata.

Y el aviso del refrigerador desapareció.

Julia respondió a mi mensaje once días después.

«No sé qué decirte todavía».

Me quedé mirando la pantalla.

Después escribí:

«Está bien. Puedo esperar».

Esperar sin presionar fue más difícil de lo que habría imaginado.

Un mes después aceptó tomar un café.

Llegué temprano y guardé el teléfono antes de que entrara.

Julia se sentó frente a mí.

—No quiero que intentes arreglar mi vida.

Asentí.

—Quiero conocerla, si me dejas.

Habló de su trabajo, de una mudanza y de una amistad que había terminado.

Hubo silencios.

No intenté llenarlos con consejos.

Cuando nos despedimos, no me abrazó.

Pero dijo:

—Podemos repetirlo.

Salí de la cafetería con una alegría que no se parecía a cerrar un contrato.

Meses después coincidí con Marisol y Renata en una actividad familiar de la empresa.

La niña llevaba el mismo abrigo verde, ahora con las mangas ajustadas.

Me saludó corriendo.

—¿Todavía tienes la foto?

Saqué la billetera.

Dentro estaba Julia, a los diecisiete años, en aquella playa.

Y junto a ella, una fotografía nueva de las dos tazas de café que habíamos compartido la semana anterior.

Renata la observó.

—No sales tú.

Sonreí.

—Todavía no.

Guardé la billetera.

Esta vez sabía que no necesitaba apresurar la siguiente imagen.

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