PARTE 2: LAS TRES PALABRAS QUE MATTHEW LLEVABA UN AÑO SIN DECIR

—Mamá tenía miedo.

Las palabras salieron débiles.

Pero salieron.

Clara dejó de moverle la pierna.

Yo olvidé respirar.

Matthew volvió a cerrar la boca.

—¿Miedo de qué? —preguntó Clara.

El niño miró hacia la puerta.

—De papá.

Sentí como si alguien me hubiera golpeado.

Clara permaneció en silencio.

—¿Tu padre te hizo daño?

Matthew negó inmediatamente.

—No.

—Entonces explícame.

Mi mano estaba sobre el intercomunicador.

No lo activé.

—Mamá tenía miedo de que papá descubriera algo.

Clara se sentó junto a él.

—¿Qué cosa?

Matthew bajó la mirada.

—No sé.

Después señaló hacia su silla.

—Está ahí.

Clara frunció el ceño.

—¿Dónde?

—Debajo.

La vi arrodillarse.

Examinó la silla.

Pasaron casi treinta segundos antes de que sus dedos encontraran una pequeña costura detrás del acolchado lumbar.

Sacó un sobre de plástico.

Dentro había una llave diminuta.

Y una tarjeta de memoria.

Me puse de pie.

Aquella silla había sido recuperada del hospital después del atentado.

Yo mismo había autorizado cada reparación.

¿Cómo podía llevar aquello catorce meses escondido?

Clara miró la tarjeta.

Después levantó los ojos directamente hacia la cámara oculta.

—Señor Ross.

Me quedé helado.

—Sé que está mirando.

Dominic giró hacia mí.

—¿Cómo demonios sabe lo de las cámaras?

Clara sostuvo la tarjeta entre dos dedos.

—Si quiere saber qué dejó su esposa, venga usted mismo.

Subí.

Cuando entré, Matthew no me miró.

Clara me entregó la tarjeta.

—No la abra en un ordenador conectado a su red.

—¿Por qué?

—Porque su esposa la escondió.

—Eso no responde.

—Precisamente.

Dominic trajo un portátil aislado.

Introdujimos la tarjeta.

Solo contenía tres archivos.

El primero era un vídeo.

Mi esposa, Rebecca, apareció en pantalla.

Estaba sentada dentro de su coche.

Fecha:

seis días antes de morir.

—Vincent, si estás viendo esto, significa que no conseguí decírtelo personalmente.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Matthew reconoció su voz.

—Mamá.

Me arrodillé junto a él.

Rebecca continuó.

—Alguien dentro de tu organización está entregando información.

Dominic dejó de respirar.

—Descubrí pagos, rutas y registros de seguridad.

La imagen tembló.

—No sé hasta dónde llega.

Después Rebecca pronunció un nombre.

—Dominic.

Giré lentamente.

Mi jefe de seguridad estaba blanco.

—Vincent, espera.

Levanté una mano.

El vídeo continuó.

—No estoy diciendo que Dominic sea el traidor.

Él soltó el aire.

—Estoy diciendo que alguien está utilizando sus credenciales.

Abrimos el segundo archivo.

Eran registros de acceso.

Durante siete meses, el usuario de Dominic había consultado mis desplazamientos.

Los horarios de Rebecca.

Las rutas del colegio de Matthew.

Y finalmente la ruta exacta que utilizamos el día del atentado.

—Yo no hice esto —dijo Dominic.

—¿Quién conoce tus claves?

—Nadie.

Clara habló desde atrás.

—Alguien no necesitaba conocerlas.

La miré.

—¿Qué significa?

—Que quizá tenía acceso físico.

—¿Cómo sabes eso?

Su expresión cambió.

Por primera vez desde que había entrado en mi casa, Clara parecía asustada.

—Porque he visto algo parecido antes.

—¿Dónde?

No respondió.

Abrí el tercer archivo.

Era una fotografía.

Rebecca aparecía frente a un edificio gris.

Junto a ella había una mujer más joven.

Clara.

El silencio fue absoluto.

Miré la pantalla.

Después a ella.

—¿Conocías a mi esposa?

Clara cerró los ojos.

—Sí.

Dominic dio un paso adelante.

—¿Quién demonios eres?

—La razón por la que dejé de trabajar durante dos años.

Se quitó lentamente una cadena del cuello.

Colgaba una vieja identificación.

Clara Hayes.

Analista de sistemas.

Argent Security Group.

Conocía aquel nombre.

Argent había diseñado parte de la primera red de seguridad de mi finca.

—Trabajabas aquí.

—No exactamente. Trabajaba para el contratista.

—¿Y Rebecca?

—Me contactó.

Matthew nos observaba.

Bajé la voz.

—¿Por qué?

—Porque sospechaba que alguien había creado una puerta trasera en su sistema.

Sentí un frío terrible.

—¿La encontraste?

—Sí.

—¿Quién?

Clara miró a Dominic.

—No él.

Luego me miró.

—Usted.

Casi me reí.

—Ten cuidado.

—No dije que usted la instalara.

Abrió un registro técnico.

—La puerta trasera estaba asociada a una autorización maestra creada con su identificación biométrica.

—Imposible.

—Rebecca pensaba lo mismo.

Dominic se acercó.

—¿Cuándo fue creada?

Clara señaló la fecha.

Tres días después del atentado.

Mientras yo estaba inconsciente en cuidados intensivos.

Me quedé inmóvil.

—Entonces alguien utilizó mis datos mientras estaba hospitalizado.

—Eso creemos.

—¿Quién tenía acceso?

Dominic respondió.

—Familia inmediata, médicos autorizados y dos miembros del equipo de seguridad.

—Nombres.

No tuvo tiempo.

Una alarma apareció en su teléfono.

—Tenemos una intrusión.

—¿Dónde?

—Servidor interno.

Clara corrió hacia el portátil.

Las cámaras comenzaron a apagarse.

Una.

Otra.

Otra.

Hasta que toda la mansión quedó digitalmente ciega.

Todas excepto la cámara de la habitación de Matthew.

En aquella pantalla apareció una frase:

“DEVUELVAN LA TARJETA.”

Clara palideció.

—Nos están viendo.

Miré hacia la cámara.

—Desde dónde.

Ella tecleó rápidamente.

—No desde fuera.

—¿Qué?

—La orden viene de dentro de la finca.

Dominic llevó la mano a su radio.

—Cierro todas las salidas.

Entonces Matthew habló.

—Papá.

Me giré.

Mi hijo señalaba la fotografía de Rebecca y Clara.

—Hay otra persona.

Amplié la imagen.

Al fondo, reflejado en el cristal del edificio, aparecía un hombre.

Dominic lo reconoció primero.

—No puede ser.

Yo también.

Era el doctor Samuel Ross.

Mi hermano mayor.

El neurocirujano que había supervisado personalmente cada operación de Matthew después de la explosión.

El hombre que había certificado que la lesión medular de mi hijo era completa.

Clara me arrebató el informe médico que estaba sobre la mesa.

—¿Qué ocurre?

Leyó una página.

Luego otra.

—Vincent, ¿algún especialista independiente ha revisado a Matthew desde que salió del hospital?

—Samuel coordinó todo.

Su rostro perdió el color.

—Necesitamos sacar al niño de aquí.

—¿Por qué?

Clara señaló la pierna que había estado movilizando minutos antes.

—Porque hoy Matthew sintió dolor durante la fisioterapia.

—¿Y?

—Con una lesión completa T8 como la descrita aquí, esa respuesta no encaja con lo que afirma este informe.

Miré a mi hijo.

—¿Estás diciendo que puede volver a caminar?

—Estoy diciendo que alguien debe reevaluarlo desde cero.

En ese instante Matthew se aferró a mi manga.

—Papá.

—¿Qué?

Sus ojos estaban clavados en la puerta.

—El tío Samuel vino la noche antes de la explosión.

Sentí que se me detenía el corazón.

—¿Aquí?

Matthew asintió.

—Mamá estaba llorando.

—¿Qué dijeron?

Mi hijo cerró los ojos intentando recordar.

—Ella le dijo que iba a contártelo todo.

—¿Contarme qué?

Matthew abrió los ojos.

—Que tú no eras el hombre al que intentaban matar.

Nadie se movió.

—Entonces ¿quién?

Mi hijo señaló la fotografía de Rebecca.

—Mamá.

Y antes de que pudiera formular otra pregunta, alguien golpeó tres veces la puerta de la habitación.

La voz de mi hermano llegó desde el pasillo.

—Vincent, abre.

Clara me miró aterrorizada.

Samuel continuó:

—Sé que encontraste la tarjeta de Rebecca.

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