PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DE LOS GEMELOS

Arthur dejó de respirar por un instante.

Aquello ya era suficientemente terrible.

Pero entonces oyó la voz de Ivy.

—Mamá, conseguí la leche.

La niña corrió hacia una puerta entreabierta al fondo.

Arthur la siguió.

Una mujer joven yacía sobre un colchón colocado directamente en el suelo.

Estaba pálida.

Demasiado pálida.

Sus labios estaban secos y tenía una venda improvisada alrededor del abdomen.

Ivy se arrodilló junto a ella.

—Mamá.

La mujer abrió lentamente los ojos.

—¿Los bebés?

—Voy a darles de comer.

Arthur sacó inmediatamente su teléfono.

—Voy a pedir una ambulancia.

La reacción de la mujer fue instantánea.

—¡No!

Intentó incorporarse y gritó de dolor.

—Por favor… ningún hospital.

Arthur frunció el ceño.

—Necesita atención médica.

Entonces ella lo miró realmente por primera vez.

Y toda expresión desapareció de su rostro.

—Arthur Pendelton.

Él bajó lentamente el teléfono.

—¿Nos conocemos?

La mujer comenzó a temblar.

—No.

Pero había respondido demasiado rápido.

Arthur observó la habitación.

Sobre una mesa había medicamentos, vendas ensangrentadas y varios documentos.

Entonces vio una fotografía.

La tomó.

Era Ivy.

Mucho más pequeña.

Estaba en brazos de aquella mujer.

Pero junto a ellas aparecía otro hombre.

Arthur sintió que el estómago se le cerraba.

—¿De dónde sacó esto?

La mujer cerró los ojos.

—Déjela.

Arthur no podía.

Porque conocía perfectamente al hombre de la fotografía.

Era su hermano mayor, William.

Muerto hacía siete años.

—Ivy —preguntó Arthur lentamente—, ¿cómo se llama tu madre?

—Elena Sterling.

Arthur miró a la mujer.

Sterling.

El apellido le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

—¿Quién es el padre de Ivy?

Elena permaneció en silencio.

Los gemelos comenzaron a llorar nuevamente.

Ivy corrió hacia ellos.

Arthur observó cómo aquella niña de ocho años preparaba un biberón con manos temblorosas.

Algo dentro de él se quebró.

—Voy a conseguir ayuda, quiera usted o no.

Elena comenzó a llorar.

—Si llama a alguien, nos encontrarán.

—¿Quiénes?

Ella miró hacia la ventana.

—La familia Pendelton.

Arthur se quedó inmóvil.

—Yo soy un Pendelton.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras cambiaron todo.

Arthur cerró la puerta.

—Explíquese.

Elena señaló débilmente un cajón.

Dentro había un sobre viejo.

Arthur lo abrió.

Encontró certificados.

Cartas.

Y un documento firmado por William.

En la primera línea aparecía el nombre de Ivy Sterling.

En la segunda, el de William Pendelton.

Arthur levantó los ojos.

—¿Ivy es hija de mi hermano?

Elena asintió.

—William y yo íbamos a casarnos.

Arthur apenas podía procesarlo.

Su hermano había muerto supuestamente soltero.

Sin hijos.

—¿Por qué nunca supimos de ella?

Elena soltó una risa amarga.

—Porque vuestra madre se aseguró de ello.

Arthur sintió frío.

—Mi madre murió hace cinco años.

—Sí.

Elena lo miró.

—Pero antes hizo desaparecer cualquier prueba de que Ivy existía.

Arthur volvió a mirar los documentos.

William había dejado una declaración privada.

Si tenía descendencia, una parte considerable de sus acciones familiares debía pasar a sus hijos.

Ivy no era simplemente una niña abandonada.

Era heredera.

—¿Por eso se escondió?

—Al principio.

Elena señaló a los gemelos.

—Después ocurrió algo peor.

Arthur se acercó al sofá.

Uno de los bebés tenía los ojos abiertos.

El otro apenas reaccionaba.

—¿Quién es su padre?

Elena apartó la mirada.

—No puedo decírselo.

—¿Por qué?

—Porque él cree que murieron.

Arthur sintió otro escalofrío.

Antes de poder preguntar más, unos faros iluminaron la ventana.

Elena se incorporó aterrorizada.

—Apague las luces.

Arthur miró afuera.

Un sedán negro acababa de detenerse frente a la casa.

Dos hombres bajaron.

Ivy dejó caer el biberón.

—Mamá…

Su voz cambió completamente.

—Son ellos.

Arthur se colocó delante de los niños.

—¿Quiénes?

Elena abrió el cajón y sacó otro documento.

—La gente que llevaba buscándonos desde que nacieron los gemelos.

Arthur leyó el nombre escrito en la parte superior.

Y sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Era una orden privada de localización emitida por Pendelton Holdings.

Su propia empresa.

Autorizada con su firma digital.

—Yo nunca aprobé esto.

—Lo sé —susurró Elena.

Los pasos se acercaron a la puerta.

Entonces Ivy tiró de la manga de Arthur.

—Señor…

Arthur bajó la mirada.

La niña sostenía otra fotografía.

—Mamá dice que no debo enseñársela a nadie.

Arthur la tomó.

En ella aparecía Elena embarazada de los gemelos.

A su lado estaba un hombre que Arthur conocía mejor que a nadie.

Él mismo.

Pero Arthur jamás había conocido a Elena antes de aquella noche.

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