PARTE 2: A MEDIANOCHE, EL OCÉANO RECIBIÓ A OTRA PERSONA

No corrí.

Correr habría sido admitir que había escuchado.

Regresé lentamente a nuestra suite, apoyándome contra las paredes mientras mi cabeza daba vueltas.

Necesitaba parecer drogada.

Asustada no.

Me encerré en el baño y provoqué el vómito hasta expulsar cuanto pude de aquellas pastillas.

Después abrí el grifo para ocultar el sonido.

Mi teléfono marcaba las 20:17.

Menos de cuatro horas.

Lo primero fue advertir a mis padres.

Escribí un mensaje.

“NO VIAJÉIS. POSIBLE SABOTAJE DEL COCHE. LLAMAD A SEGURIDAD Y A LA POLICÍA. NO CONTACTÉIS CON FLYNN.”

Lo envié.

Después compartí mi ubicación y activé la grabación del teléfono.

Necesitaba pruebas.

No una confrontación.

Mi padre me había repetido desde pequeña que, cuando alguien cree tenerte atrapada, lo peor que puedes hacer es demostrarle demasiado pronto que conoces la salida.

A las nueve, Flynn entró.

Guardé el teléfono debajo de la almohada.

—Cariño.

Se sentó junto a mí.

—¿Sigues mareada?

Asentí débilmente.

Me ofreció otras dos pastillas.

—Tómatelas.

Las puse en mi boca.

Bebí agua.

Esperé hasta que se volvió.

Después las escondí bajo la lengua y las escupí discretamente dentro de un pañuelo.

Flynn me besó la frente.

Sentí náuseas.

—Descansa. Más tarde te llevaré fuera para que respires aire fresco.

Exactamente como había dicho.

Cuando salió, revisé el camarote.

Entonces encontré algo que jamás habría buscado tres días antes.

Mi supuesto poder notarial.

Estaba dentro de su maletín.

La firma parecía mía.

Pero había un problema.

Yo nunca había firmado aquel documento.

Fotografié todas las páginas.

A las 22:46 recibí respuesta de mi padre.

“Estamos a salvo. Seguridad avisada. No estás sola.”

Casi lloré.

Pero el siguiente mensaje me sorprendió.

“Busca al capitán Elias Ward. Solo a él.”

Encontré al capitán veinte minutos después.

Le mostré la grabación.

Su expresión cambió.

—Señora Sterling, permanezca aquí.

—No.

—Su marido pretende matarla.

—Precisamente por eso tiene que creer que su plan sigue funcionando.

Ward me observó durante varios segundos.

Después comprendió.

A las 23:52 comenzó la tormenta.

Flynn apareció en mi habitación.

—Ven conmigo.

Fingí apenas poder caminar.

Me sostuvo por la cintura.

—Solo necesitas aire.

Cada paso hacia la cubierta de popa parecía llevarme hacia mi propia ejecución.

La lluvia golpeaba el barco.

Las olas rugían abajo.

Flynn me condujo hasta la barandilla.

—Mira el océano.

Lo hice.

—Es precioso —susurré.

Sentí su mano en mi espalda.

Entonces pregunté:

—¿También era precioso cuando decidiste matarme?

Su cuerpo se congeló.

Me giré.

La máscara desapareció.

—¿Qué dijiste?

—Escuché todo.

Sus ojos se volvieron fríos.

—Entonces me ahorras tener que fingir.

Avanzó.

Yo retrocedí.

—Mi padre ya sabe lo del coche.

Aquello sí lo golpeó.

—Estás mintiendo.

—También sabe de las cuentas suizas.

Flynn me agarró del brazo.

—Dame el teléfono.

—Demasiado tarde.

Intentó arrastrarme hacia la barandilla.

Pero antes de que pudiera hacerlo, varias luces se encendieron simultáneamente.

—¡Apártese de ella!

El capitán Ward apareció acompañado por dos miembros de seguridad.

Flynn me soltó.

Retrocedió.

Su padre salió de la cubierta inferior.

—¿Qué demonios ocurre?

Fiona apareció detrás.

Entonces Flynn hizo algo que nadie esperaba.

Corrió.

No hacia mí.

Hacia el bote auxiliar.

Aidan intentó seguirlo.

La cubierta mojada convirtió el siguiente segundo en caos.

Aidan resbaló y cayó violentamente.

Flynn consiguió llegar hasta la escalera.

Pero seguridad lo interceptó.

A medianoche exacta, nadie cayó al océano.

Y yo seguía viva.

Creí que aquello era el final.

Me equivocaba.

Cuando revisaron el camarote de Flynn, encontraron teléfonos, documentos financieros y varias identificaciones.

Pero no encontraron únicamente planes contra mis padres.

Encontraron fotografías mías.

Cientos.

Tomadas mucho antes de que conociera oficialmente a Flynn.

Universidad.

Graduación.

Primer trabajo.

Incluso fotografías de cuando todavía vivía en casa de mis padres.

—Esto empezó años antes —dijo Ward.

Sentí frío.

Entonces encontró un sobre sellado.

Mi nombre estaba escrito encima.

Dentro había una copia de mi certificado de nacimiento.

Y un informe genético.

—¿Por qué tiene Flynn esto?

Ward siguió leyendo.

Su expresión cambió.

—Creo que debería llamar a su padre.

—¿Por qué?

Me entregó el documento.

Había dos nombres comparados en aquella prueba.

El mío.

Y el de Aidan, mi suegro.

Probabilidad de parentesco biológico: 99,8 %.

Levanté la vista lentamente.

—Esto tiene que estar equivocado.

Entonces escuchamos una risa detrás.

Fiona estaba esposada junto a la puerta.

—No está equivocado.

Aidan palideció.

Flynn dejó de forcejear.

Yo miré de uno a otro.

—¿Qué significa?

Fiona sonrió.

—Significa que esos trescientos millones nunca fueron la verdadera razón por la que Flynn se casó contigo.

Miré nuevamente el informe.

Y entonces comprendí la única posibilidad que mi mente se negaba a aceptar.

Si aquel análisis era auténtico, el hombre al que durante toda mi luna de miel había llamado suegro podía ser en realidad mi padre biológico.

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