PARTE 2: EL NIÑO HABÍA VISTO DEMASIADO

Mi esposa estaba al otro lado del parque.

Camila.

Impecable como siempre.

Vestido blanco.

Gafas oscuras.

Una botella de agua en la mano.

—Vincent —dijo mientras se acercaba—. Llevo veinte minutos buscándoos.

Volví la mirada hacia el árbol.

El niño había desaparecido.

—¿Quién era ese chico? —preguntó Camila.

Aquella pregunta me hizo observarla con más atención.

—¿Qué chico?

Hubo una pausa mínima.

—El que estaba hablando contigo.

Sonreí.

—Pedía dinero.

Camila relajó los hombros.

Después se agachó frente a Lila.

—Cariño, tienes que tomar tu medicina.

Sacó un pequeño recipiente del bolso.

Hasta aquel momento jamás habría prestado atención.

Esta vez sí.

—Dámela.

Camila levantó la vista.

—¿Para qué?

—Se la doy yo.

Su mano se cerró alrededor del frasco.

—Vincent, sé perfectamente cómo cuidar a Lila.

—Entonces no debería haber ningún problema.

Nos miramos.

Finalmente me entregó el recipiente.

No se lo di a mi hija.

Lo guardé en el bolsillo.

—Hoy no.

Camila palideció.

Esa noche cambié las reglas de la casa.

Nadie prepararía comida para Lila excepto Teresa, nuestra ama de llaves desde hacía quince años.

Nada de suplementos.

Nada de medicación que no saliera directamente de envases verificados.

Y envié discretamente muestras de todo lo que Lila había estado tomando a un laboratorio independiente.

No acusé a Camila.

Todavía no.

Necesitaba hechos.

A la mañana siguiente, Lila entró en mi despacho.

Sin bastón.

—Papá.

Me levanté inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Se quedó mirando hacia las ventanas.

—Hoy hay mucha luz.

Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Puedes verla?

—Un poquito.

Veinticuatro horas sin aquella mezcla.

Y mi hija distinguía la luz otra vez.

Llamé a un especialista que no tenía ninguna relación con los médicos anteriores.

Examinó a Lila durante casi tres horas.

Después cerró la puerta.

—Señor Moretti, necesito saber exactamente qué ha estado tomando esta niña.

Le entregué fotografías de todos los medicamentos.

Frunció el ceño.

—Esto no coincide con lo que estoy viendo.

—¿Qué está viendo?

—No puedo concluir la causa sin análisis toxicológicos completos, pero su deterioro no parece comportarse como la enfermedad progresiva que figura en estos informes.

Me quedé inmóvil.

—¿Podría recuperarse?

El médico miró hacia Lila.

—Existe esa posibilidad.

Tuve que sentarme.

Aquella misma tarde llegó el informe preliminar del laboratorio.

Una de las muestras contenía una sustancia que no figuraba en ninguna prescripción.

No necesitaba saber todavía quién la había añadido.

Solo necesitaba conservar la prueba.

Llamé a mi abogado.

Después a las autoridades.

Y ordené a seguridad que nadie abandonara la propiedad.

Entonces recordé al niño.

Revisamos las cámaras exteriores.

Lo encontramos.

Había dormido varias noches detrás de uno de mis almacenes.

Se llamaba Samuel.

Cuando mis hombres dieron con él, no quise que lo llevaran a la mansión.

Fui yo.

Estaba escondido detrás de una iglesia abandonada.

Cuando me vio, intentó correr.

—No voy a hacerte daño.

—Ella sí.

—¿Qué viste?

Samuel tragó saliva.

—Yo buscaba comida detrás de su casa.

—Continúa.

—Vi a su esposa tirando algo en la basura.

Frascos.

Jeringas.

Envases.

Samuel había recogido uno pensando que podía venderlo.

Después empezó a observar.

—Todas las mañanas ella echaba gotas en el yogur de la niña.

Sentí que la rabia intentaba dominarme.

No se lo permití.

—¿Por qué no fuiste a la policía?

Samuel me miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque el hombre que le daba los frascos era policía.

Aquello no lo esperaba.

—¿Puedes reconocerlo?

Asintió.

Esa noche regresé a casa.

Camila estaba sentada en el salón.

—¿Dónde está Lila?

—Con Teresa.

—Quiero verla.

—Primero quiero preguntarte algo.

Coloqué el informe del laboratorio sobre la mesa.

Camila lo leyó.

Su rostro perdió el color.

—Vincent…

—Todavía no te he acusado de nada.

Me senté frente a ella.

—Así que piensa muy bien qué vas a decir.

Comenzó a llorar.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

—Yo no quería hacerle daño.

Aquellas palabras fueron suficientes para destruir lo poco que quedaba entre nosotros.

—¿Qué le estabas dando?

—Me dijeron que era temporal.

—¿Quién?

Camila se cubrió el rostro.

—No puedo decírtelo.

—Mi hija estaba quedándose ciega.

Golpeó la mesa con ambas manos.

—¡Porque si recuperaba la vista, recordaría lo que vio!

El silencio cayó sobre la habitación.

Sentí un frío profundo.

—¿Qué vio Lila?

Camila comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Retrocedió.

—Vincent…

—¿Qué vio mi hija?

Antes de que respondiera, escuchamos una voz pequeña desde la puerta.

—Yo sé qué vi, papá.

Me giré.

Lila estaba allí.

Sin bastón.

Sus ojos todavía entrecerrados luchaban contra la luz.

En una mano sostenía una fotografía antigua que había sacado de mi despacho.

Se acercó lentamente.

Después señaló al hombre que aparecía a mi lado en la imagen.

Un hombre al que yo había considerado un hermano durante veinte años.

—Fue él.

Dejé de respirar.

Lila levantó la mirada hacia mí.

—Lo vi matar al abuelo.

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