Lucía cerró el cajón justo cuando la puerta terminó de abrirse.
Álvaro entró.
Sus ojos recorrieron la habitación.
—¿Qué haces en el escritorio de mi tío?
—Buscaba una libreta para apuntar la hora de la medicación.
Álvaro sonrió.
Pero no había amabilidad en aquella sonrisa.
—Para eso está el doctor Serra.
Se acercó a Alejandro.
—Tú solo tienes que mantenerlo cómodo.
Lucía apretó a Mateo contra su pecho.
—Eso intento.
Cuando Álvaro salió, esperó varios minutos.
Después cerró la puerta.
Alejandro abrió los ojos.
—Ahora.
Lucía regresó al escritorio.
Encontró una pequeña llave pegada bajo el segundo cajón.
Dentro había un sobre sellado.
En la portada aparecía una fecha.
Era de hacía seis meses.
—¿Qué es? —preguntó Lucía.
—Mi verdadero testamento.
Sintió un escalofrío.
—Entonces ¿qué va a firmar el notario el jueves?
Alejandro cerró los ojos.
—Eso quiero saber.
Lucía abrió el sobre siguiendo sus instrucciones.
Leyó rápidamente.
La mayor parte de la fortuna de Alejandro no iba a Álvaro.
Tampoco a Beatriz.
Una enorme cantidad estaba destinada a una fundación infantil.
Varias propiedades irían a empleados que habían trabajado con él durante décadas.
Álvaro recibiría una cantidad relativamente pequeña.
—Por eso quieren cambiarlo —susurró Lucía.
Alejandro negó débilmente.
—Hay algo peor.
Le indicó la última página.
Había una cláusula específica.
Si Alejandro moría antes de que determinados activos empresariales fueran transferidos, una investigación independiente debía revisar todas las operaciones realizadas por Álvaro durante los últimos cinco años.
Lucía comprendió.
—No solo quiere heredar.
—Quiere impedir que revisen sus cuentas.
En ese momento Mateo comenzó a inquietarse.
Alejandro levantó lentamente una mano.
El bebé agarró uno de sus dedos.
Por primera vez, el anciano sonrió.
—Tienes un buen chico.
Lucía tragó saliva.
—Y usted necesita seguir vivo.
Sacó el teléfono.
Ya tenía las fotografías de la medicación.
Ahora fotografió cada página del testamento.
Después hizo la llamada que llevaba horas temiendo hacer.
Guardia Civil.
No acusó a nadie de asesinato.
Explicó exactamente lo que había observado.
La diferencia entre las pautas médicas.
Las conversaciones sobre la herencia.
El documento.
Y, sobre todo, que Alejandro estaba consciente y afirmaba que aquella sustancia no pertenecía a su tratamiento.
Cuando terminó, Alejandro la miró.
—Ahora debes marcharte con tu hijo.
—No.
—Lucía.
—Si me voy, vuelven a dejarlo solo con ellos.
Alejandro guardó silencio.
Entonces escucharon un automóvil en el exterior.
Lucía miró por la ventana.
No era la Guardia Civil.
Era el doctor Serra.
Y había llegado dos horas antes de lo habitual.
Entró en la habitación con un maletín negro.
—Qué sorpresa verla despierta todavía.
Lucía observó sus manos.
El médico sacó una nueva ampolla.
—Es hora de administrar la medicación del señor Valdés.
—¿Qué contiene?
Serra se quedó quieto.
—¿Perdón?
—Quiero saber qué le está administrando.
Su expresión cambió.
—Usted es cuidadora, no médica.
—Entonces no debería resultarle difícil enseñarme la prescripción.
Serra dejó lentamente la ampolla sobre la bandeja.
La puerta volvió a abrirse.
Álvaro y Beatriz entraron.
Ya no sonreían.
Álvaro llevaba mi teléfono secundario en la mano.
—¿Buscabas esto?
Lucía sintió que se le helaba la sangre.
Habían revisado su habitación.
—Sabíamos que estabas haciendo fotografías —dijo Beatriz.
Álvaro se acercó.
—Dame el otro teléfono.
Lucía retrocedió con Mateo.
Entonces Alejandro habló.
Esta vez su voz salió más fuerte.
—No la toques.
Los tres se quedaron inmóviles.
Álvaro palideció.
—Tío…
Alejandro abrió completamente los ojos.
—Parece que vuestro médico calculó mal mi fin de semana.
Serra dejó caer la ampolla.
Álvaro miró a Lucía.
Y comprendió inmediatamente quién había ayudado a Alejandro.
Pero antes de que pudiera acercarse, unas luces azules atravesaron las ventanas de la villa.
Lucía soltó el aire.
Álvaro, en cambio, sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿De verdad pensaste que llamar a la Guardia Civil solucionaría esto?
Alejandro frunció el ceño.
Álvaro sacó un documento doblado del bolsillo.
—El testamento del escritorio ya no tiene ningún valor.
Lo dejó sobre la cama.
—Porque hace cuatro días firmaste otro.
Alejandro lo miró.
—Yo no firmé eso.
—Legalmente, sí.
Lucía tomó el documento.
La firma parecía perfecta.
También había dos testigos.
Y uno de sus nombres hizo que Alejandro se incorporara pese al dolor.
Doctor Serra.
El segundo nombre hizo que Lucía dejara de respirar.

Porque ella también lo conocía.
Era el abogado que la había contratado para trabajar en aquella villa.
Y de repente comprendió algo mucho más aterrador.
Ella nunca había llegado a aquella casa por casualidad.