PARTE 2: LA MENTIRA QUE DEJÓ DE SER UNA BROMA

Acepté comer con Ethan.

No porque quisiera.

Sino porque rechazarlo habría provocado más preguntas.

Nos sentamos en un pequeño restaurante frente al hospital.

Ethan pidió por los dos, exactamente como hacía en preparatoria.

—Sin picante para Emma.

Lo miré sorprendida.

Él sonrió.

—Todavía recuerdo que tu estómago siempre fue delicado.

Casi me reí ante la ironía.

Mi teléfono vibró.

ONCOLOGÍA.

Lo puse boca abajo.

Ethan lo vio.

—¿Seguro que tu amiga está bien?

—Sí.

Mentí otra vez.

Pero cuando fui al baño, cometí un error.

Dejé la carpeta dentro de mi bolso abierto.

Al regresar, Ethan estaba de pie.

Pálido.

Tenía mi informe entre las manos.

—Dime que esto no es tuyo.

Me detuve.

—Ethan…

—Dice Emma Bennett.

Su voz se quebró.

—Cáncer gástrico avanzado.

Varias personas voltearon.

Le quité el informe.

—Baja la voz.

—¿Desde cuándo?

—Ocho meses.

Se quedó completamente inmóvil.

Después comprendió.

La broma.

El falso informe.

Los 19.873 dólares.

—Por eso me enviaste todo tu dinero.

No respondí.

—Pensaste que yo tenía lo mismo que tú.

—Pensé que necesitabas ayuda.

Ethan se cubrió la cara.

Por primera vez desde que lo conocía, no tenía ninguna broma preparada.

—Emma, yo no sabía.

—Ya lo sé.

—Voy a conseguirte los mejores médicos.

—Ya tengo médicos.

—Entonces pagaré el tratamiento.

—No necesito que me salves porque ahora te sientes culpable.

Me marché.

Esa noche empezó el desastre.

Alguien fotografió a Ethan saliendo del departamento de oncología.

Horas después aparecieron titulares asegurando que estaba enfermo.

Su agencia negó todo.

Pero Ethan hizo algo inesperado.

Publicó una declaración pidiendo que dejaran de investigar hospitales y pacientes.

No mencionó mi nombre.

Aun así, alguien empezó a buscarme.

Dos días después recibí una llamada de mi oncólogo.

—Emma, necesitamos hablar sobre tus pruebas originales.

Fui inmediatamente.

El médico colocó dos expedientes frente a mí.

—Encontramos una inconsistencia.

Mi biopsia confirmaba cáncer.

Eso no había cambiado.

Lo extraño era otra cosa.

El hospital había recibido, seis meses antes de mi diagnóstico oficial, una solicitud privada para revisar mis antecedentes médicos.

—¿Quién la hizo?

El médico giró el documento.

COLE FOUNDATION.

Sentí un escalofrío.

La fundación pertenecía a la familia de Ethan.

—Eso es imposible.

Entonces apareció otra solicitud.

Pruebas genéticas.

Historial gastrointestinal.

Incluso muestras antiguas almacenadas de una cirugía que tuve cuando tenía diecisiete años.

Todo había sido consultado antes de que yo supiera que estaba enferma.

Llamé a Ethan.

Llegó veinte minutos después.

Al enseñarle los documentos perdió el color.

—Yo nunca autoricé esto.

—¿Quién puede hacerlo?

No contestó.

No hacía falta.

Su padre, Richard Cole, presidía la fundación.

Ethan llamó delante de mí.

—Papá, ¿por qué revisaste el historial médico de Emma?

Silencio.

Luego escuché una respuesta demasiado baja.

Ethan se puso rígido.

—¿Qué significa que estabas esperando esto?

Me miró.

Algo parecido al miedo apareció en sus ojos.

—Ponlo en altavoz —dije.

Richard suspiró.

—Emma, tu enfermedad no comenzó hace ocho meses.

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Qué?

—Había marcadores cuando eras adolescente.

—¿Cómo lo sabe?

Otra pausa.

—Porque tu madre también los tenía.

Mi madre había muerto cuando yo tenía nueve años.

Supuestamente por una complicación cardíaca.

Richard continuó:

—Ella participó en un estudio experimental financiado por mi familia.

Ethan se levantó.

—Nunca me contaste eso.

—Porque no era asunto tuyo.

—Emma es asunto mío.

Aquella frase quedó suspendida entre nosotros.

Entonces el médico regresó con un tercer expediente.

Había encontrado una muestra genética antigua vinculada a mi madre.

Y otra perteneciente a la familia Cole.

—Hay una coincidencia familiar significativa —dijo.

Ethan y yo nos miramos.

—¿Qué tipo de coincidencia?

El médico negó inmediatamente.

—No entre ustedes dos.

Respiré otra vez.

—Entonces ¿con quién?

Señaló el nombre.

RICHARD COLE.

Probabilidad de relación biológica padre-hija:

99,98%.

Ethan dejó caer el teléfono.

Yo no pude moverme.

Pero desde el altavoz todavía se escuchaba la respiración de Richard.

—Emma —dijo finalmente—, antes de sacar conclusiones necesitas saber que esa prueba tampoco cuenta toda la verdad.

—¿Qué verdad falta?

Richard tardó demasiado en responder.

—La razón por la que Ethan te tuvo guardada como “2” desde la preparatoria.

Miré a Ethan.

Su expresión había cambiado.

—¿Qué tiene que ver eso?

Richard habló con una calma aterradora.

—Porque antes de que ustedes se conocieran, había dos expedientes con tu nombre.

Sentí que los dedos se me enfriaban.

—¿Dos?

—Dos Emma Bennett.

Entonces Ethan palideció.

Richard terminó:

—Y una de ellas murió hace diez años.

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