PARTE 2: EL BOTÓN QUE NUNCA FUE PARA ELLA

Miré el sobre en la mano de Nathan.

Sentí una vergüenza antigua, intacta.

—Esa carta es mía.

Él me la tendió inmediatamente.

—Lo sé. Grace la dejó sobre la mesa. Quería devolvértela.

La tomé.

—¿La leíste?

Nathan tardó un segundo en responder.

—Sí. Lo siento. No debí hacerlo.

Grace cruzó los brazos.

—Entonces ya sabes suficiente. Ahora déjala respirar.

Pero él seguía mirándome.

—¿Por qué no terminaste el examen?

Bajé los ojos hacia mi nombre escrito con la letra de una chica de diecisiete años.

Había pasado diez años evitando aquella historia.

Y allí estaban las dos personas a las que más había querido contársela.


—Mi padre se desplomó esa mañana —dije—. Mamá me llamó cuando yo estaba entrando en el instituto.

Grace dejó caer los brazos.

—¿Qué?

—Me fui al hospital.

La luz del restaurante iluminaba la acera mojada.

Recordé otra luz, blanca y demasiado fuerte.

Una sala de espera.

Mi madre buscando monedas para llamar por teléfono.

—Murió esa tarde.

Grace se llevó una mano a la boca.

Nathan permaneció inmóvil.

—Después descubrimos las deudas —continué—. Vendimos lo que pudimos y nos fuimos a vivir con mi tía. Mamá empezó a trabajar. Yo también.

—Podías habérmelo dicho —susurró Grace.

Asentí.

—Sí.

No quise ofrecerle una excusa bonita.

—Al principio no sabía cómo. Después me daba vergüenza haber desaparecido. Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil era escribirte.

Grace empezó a llorar.

—Yo pensé que ya no querías ser mi amiga.

Aquello me dolió de una manera nueva.

Había estado tan ocupada escondiendo mi fracaso que nunca había imaginado la herida que dejaba al otro lado.

—Lo siento.

Ella me abrazó.

Esta vez no intenté escaparme.


Nathan esperó hasta que nos separamos.

—Te busqué en la universidad —dijo.

Lo miré.

—¿En cuál?

Nombró la que yo había querido elegir.

—Grace me dijo que seguramente habías cambiado de planes. Fui a tu antigua casa. Ya vivía otra familia.

Respiré hondo.

—Tú tenías tus propios planes. Con Vivian.

Su expresión cambió.

—¿Con Vivian?

Solté una risa breve.

—La vi con tu botón. No tienes que explicarlo.

Nathan miró hacia la puerta del restaurante.

Después volvió a mirarme.

—Lena, ella lo cogió mientras estábamos preparando las fotos.

—Te preguntó si estabas bien con dárselo.

—Y yo le dije que no.

El ruido de un coche pasó entre nosotros.

Durante unos segundos no pude hablar.

—Yo me fui antes de que respondieras.

Nathan asintió despacio.

—Entonces nunca viste que me lo devolvió.


Vivian salió poco después.

Había dejado el vaso dentro.

Ya no sonreía.

—Nathan, todos están preguntando…

Se detuvo al vernos.

Grace se limpió las mejillas.

Nathan habló antes de que nadie más lo hiciera.

—Voy a quedarme aquí un momento.

Vivian miró mi carta.

Después a mí.

—Supongo que ahora ya lo sabes.

No entendí.

—¿Qué cosa?

Ella apretó los labios.

—Que no aceptó mi confesión.

Nathan dejó escapar el aire.

—Vivian.

—Está bien —dijo, aunque era evidente que no lo estaba—. Solo habría preferido que no fuera delante de todos.

La miré.

Diez años atrás había convertido su belleza en una respuesta para todo.

Ahora estaba viendo a una mujer herida, tratando de mantener la dignidad después de un rechazo.

—No escuché lo que pasó dentro —dije.

Vivian bajó la mirada.

—Pues mejor para ti.

Volvió al restaurante.

Nadie la siguió inmediatamente.


—¿Por qué me pediste su contacto ayer? —pregunté.

Nathan metió las manos en los bolsillos.

—Porque el delegado me dijo que estaba ayudando a organizar la reunión. Quería saber si tú vendrías.

Fruncí el ceño.

—Podías preguntármelo a mí.

Me miró con una tristeza que casi parecía humor.

—Sí. Podía.

Grace soltó una pequeña risa.

—Diez años y los dos seguís haciendo preguntas por caminos absurdos.

Nadie pudo discutirle aquello.


Nos sentamos en una cafetería que todavía estaba abierta.

Grace pidió tres bebidas y anunció que se quedaba.

—He perdido una década de información. No pienso irme ahora.

Por primera vez aquella noche, me reí sin esfuerzo.

Nathan escuchó mientras le contaba cómo había llegado al mundo editorial.

Primero había corregido menús y catálogos.

Después conseguí trabajo en una imprenta.

Estudié por las noches cuando pude.

Años más tarde, una editora me dio una oportunidad.

—No fue la vida que escribí en esa carta —dije.

Nathan miró el sobre.

—Pero sigues trabajando con libros.

Asentí.

—Sí. Eso no se me pasó.

Grace sostuvo mi mano sobre la mesa.

—Ni yo.

Tuve que mirar el vaso para no volver a llorar.


Nathan no me pidió una respuesta a mi confesión aquella noche.

Tampoco dijo que diez años no importaban.

Habían importado muchísimo.

Él había tenido otras relaciones.

Yo también había intentado construir una vida con personas que nunca conocieron a aquella adolescente.

Ya no podíamos continuar exactamente donde nos habíamos detenido.

Antes de despedirnos, preguntó:

—¿Puedo invitarte a cenar la semana que viene?

Apreté el sobre contra el bolso.

—No tienes que hacerlo por la carta.

—Quiero hacerlo por la mujer con la que acabo de pasar dos horas hablando.

Lo observé.

Después asentí.

—Puedes.


La primera cena fue incómoda durante quince minutos.

Nathan descubrió que yo hablaba mucho cuando dejaba de sentirme examinada.

Yo descubrí que él seguía contando mal los chistes y que tenía la costumbre de leer el final de los contratos antes de empezar por la primera página.

Discutimos sobre una novela.

Nos reímos de nuestros compañeros.

Cuando llegó la cuenta, ninguno pronunció la palabra destino.

Concertamos otra cena.

Eso fue suficiente.


Una tarde, semanas después, Nathan trajo una caja pequeña.

Mi primer impulso fue asustarme.

Él lo vio.

—No es un anillo.

La abrí.

Dentro había un botón envuelto en un trozo de papel.

Blanco.

Sencillo.

Casi ridículo.

—¿Lo guardaste?

—En una caja con las cosas del instituto.

Lo tomé entre dos dedos.

—¿Por qué?

Nathan se sentó a mi lado.

—Porque pensaba dártelo a ti.

Lo miré.

Sentí la punzada de la vida que no había ocurrido.

La graduación.

La pluma.

Todo lo que no nos habíamos dicho.

Después apoyé el botón sobre la mesa.

—Yo tenía un regalo para ti.

Sonrió.

—¿Todavía lo tienes?

Negué.

—Tuve que venderlo.

Su sonrisa desapareció.

Le tomé la mano antes de que pidiera perdón por algo que no había hecho.

—Era una pluma. No una promesa.

Nathan apretó mis dedos.

Nos quedamos allí un rato.


Meses después, Grace vino a cenar a mi apartamento.

Nathan estaba cortando verduras en la cocina.

Ella me observó guardar la vieja carta en un cajón.

—¿Vas a escribir otra?

Pensé en la chica que había pedido valentía como quien pide un milagro.

—Quizá.

Esa noche, cuando todos se fueron, saqué una hoja.

Escribí:

“Lena de cuarenta años: espero que sigas hablando con Grace. Espero que llames cuando necesites ayuda. Y espero que no vuelvas a marcharte antes de escuchar una respuesta”.

Me detuve.

Desde la cocina, Nathan preguntó si quería más té.

—Sí —respondí.

Dejé la carta sin sellar y fui a buscarlo.

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