Miré aquella fotografía hasta que la imagen empezó a temblar ante mis ojos.
Sofía Morales.
Mi mismo apellido.
—¿Era familia mía?
Mendoza cerró la puerta.
—Eso intentamos averiguar.
Doña Margarita, todavía esposada, soltó una carcajada desde el pasillo.
—Pregúntale a Alejandro quién eligió a sus esposas.
Aquellas palabras me helaron.
Mendoza abrió el expediente.
Sofía había desaparecido siete años atrás.
Alejandro declaró que ella lo abandonó después de descubrir una infidelidad.
No hubo divorcio.
No hubo billetes de avión.
No hubo movimientos bancarios posteriores.
Simplemente desapareció.
—Entonces Alejandro se casó conmigo siendo todavía su marido.
—Legalmente, no.
Mendoza colocó otro documento ante mí.
Sofía había sido declarada muerta dieciocho meses antes de mi boda.
La declaración había sido solicitada por Alejandro.
El testigo principal había sido Margarita.
Pero había algo peor.
Sofía también había sufrido un supuesto accidente en aquella terraza.
Exactamente treinta y nueve días antes de desaparecer.
Sentí que el monitor cardíaco aceleraba.
—¿También cayó?
—No.
Mendoza negó lentamente.
—Sobrevivió porque alguien la sujetó antes de caer.
Después comenzó a investigar la casa.
Dos semanas más tarde desapareció.
Los agentes registraron el palacete esa misma noche.
A las tres de la madrugada, Mendoza regresó al hospital.
Traía polvo gris en el abrigo.
—Encontramos el muro.
Durante una reforma realizada seis años atrás, alguien había construido una segunda pared detrás de la biblioteca.
Dentro había una habitación estrecha.
Sin ventanas.
Encontraron ropa de mujer.
Documentos.
Un teléfono antiguo.
Y una caja metálica.
Pero ningún cadáver.
Dentro de la caja aparecieron escrituras correspondientes a doce propiedades valoradas en más de cuarenta millones de euros.
Todas habían pertenecido originalmente a una sociedad llamada Morales Patrimonio Familiar.
Me quedé inmóvil.
—Morales.
Mendoza asintió.
La empresa había pertenecido a mi abuelo.
Tras su muerte, las propiedades desaparecieron mediante una cadena de sociedades.
El beneficiario final era Alejandro.
Entonces entendí el verdadero motivo.
Yo nunca había sido una cazafortunas.
Era la heredera de la fortuna que ellos habían estado robando.
—¿Y Sofía?
Mendoza colocó dos certificados de nacimiento sobre la cama.
El primero era mío.
El segundo, de Sofía.
Misma madre.
Mismo padre.
Fechas separadas por cuatro años.
—Era su hermana.
No pude respirar.
Mis padres siempre me habían dicho que había sido hija única.
Sofía había sido borrada de nuestra familia.
Y Alejandro se había casado primero con ella.
Después conmigo.
No por amor.
Por las propiedades.
En ese momento entró un agente.
—Inspector, encontramos al señor Alejandro.
—¿Dónde?
El hombre vaciló.
—En el aeropuerto.
—¿Intentaba huir?
—No.
Dejó una fotografía sobre mi cama.
Alejandro aparecía empujando una silla de ruedas.
Sentada en ella había una mujer extremadamente delgada.
Pero reconocí aquellos ojos.
Sofía.
Viva.
Mendoza salió inmediatamente.
Yo permanecí mirando la fotografía.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de Alejandro.
“No creas a Mendoza.
Tu hermana nunca estuvo prisionera de nosotros.
Estuvo escondida de tu madre.”
Adjuntó un video.
Sofía aparecía frente a la cámara.
—Clara, si estás viendo esto, significa que Margarita volvió a intentar matarte.
Tragué saliva.
—Alejandro hizo cosas imperdonables —continuó—, pero no fue él quien me encerró detrás de aquel muro.
Sofía levantó una escritura original.
—Encontré esto hace siete años.
Nuestro padre nunca dejó las propiedades únicamente a nosotras.
Había una tercera heredera.
Entonces dijo un nombre.
El nombre de mi madre.
La mujer que había llorado en el hospital durante tres días junto a mi cama.
Sofía acercó otro documento a la cámara.
Era un acuerdo firmado diecinueve años atrás.
Margarita Morales.
Mi madre.
Y Richard de la Vega.
El padre de Alejandro.
Debajo había una cláusula:
“Las hijas Morales deberán contraer matrimonio dentro de la familia de la Vega antes de conocer la titularidad real del patrimonio.”
Se me heló la sangre.
Sofía miró directamente a la cámara.
—Clara, Alejandro no te conoció por casualidad.
Hizo una pausa.
—Pero tampoco fue Margarita quien eligió que te casaras con él.
La imagen cambió.
Apareció una grabación de seguridad de hacía dieciocho meses.
Mi madre entregándole mi fotografía a Alejandro.

Y entonces escuché su voz:
—Ya perdiste a Sofía.
Puso mi fotografía sobre la mesa.
—Esta vez hazlo bien con Clara.