PARTE 2: LA BROMA TENÍA UN PRECIO

Daniel sacó un teléfono.

Solté el aire que había estado conteniendo, aunque la rigidez de sus hombros no me permitió relajarme.

—Puedes irte cuando quieras, Emily —dijo—. Pero antes necesito mostrarte algo.

Dejó el teléfono sobre el mantel.

En la pantalla había una conversación con Olivia.

Es tímida. Trabaja en una librería. Desde que terminó con su novio, le cuesta confiar en alguien. Creo que ustedes podrían llevarse bien.

Leí el mensaje dos veces.

La humillación me ardió detrás de los ojos. Había utilizado mis confidencias para organizar aquello.

—¿Así consiguió que vinieras?

Daniel asintió.

—Su hermana trabaja para una de mis empresas. Olivia pidió que nos presentaran.

Al otro lado del comedor, Olivia ya estaba recogiendo su bolso.

Daniel levantó una mano. Un hombre situado junto a la entrada se acercó.

—Diles que me gustaría hablar con ellas. Si quieren marcharse, déjalas.

Aquella última frase me hizo mirarlo.

—¿No vas a…?

—¿A qué?

No terminé la pregunta.

Daniel bajó la vista al teléfono.

—Tienes suficientes motivos para estar incómoda.

Olivia llegó sola. Sus amigas permanecieron cerca de la barra, evitando mis ojos.

—Emily, por favor. No te lo tomes así.

Reconocí aquel tono. Lo había usado cuando perdió un libro que le presté, cuando olvidó mi cumpleaños, cuando contó delante de Jason algo que yo le había pedido guardar.

Siempre parecía que el problema era mi reacción.

—¿Cómo debería tomármelo? —pregunté.

—Pensamos que podría salir bien.

—Estabas grabándome.

Su mano se cerró sobre el bolso.

Daniel no dijo nada. Por primera vez aquella noche, agradecí el silencio.

—Borra el video —le dije.

—No iba a publicarlo.

—Entonces no te costará borrarlo.

Olivia sacó el teléfono. Sus dedos temblaron mientras abría la galería y eliminaba una grabación. Le pedí que vaciara también la carpeta de archivos borrados.

Lo hizo con la mandíbula apretada.

—Cuatro años de amistad —murmuró—, y vas a tratarnos así por una tontería.

Sentí el impulso de disculparme. Era una costumbre tan antigua que me avergonzó reconocerla.

—Vete, Olivia.

Me sostuvo la mirada, esperando que cediera.

Esta vez no lo hice.

Cuando se alejó, mis manos empezaron a temblar. Las escondí bajo la mesa.

Daniel deslizó el vaso de agua hacia mí.

—No tienes que quedarte a cenar.

—Ahora mismo tampoco quiero salir detrás de ellas.

—Entonces podemos esperar.

Un camarero se acercó. Pedí café porque necesitaba decidir algo pequeño, algo que todavía estuviera bajo mi control.

Daniel pidió lo mismo.

Durante unos minutos hablamos de la librería. Me preguntó qué libro recomendaba cuando alguien no sabía qué buscaba. Le expliqué que primero preguntaba cuál había abandonado.

—Eso suena más útil que preguntar cuál es su favorito —dijo.

Mi sonrisa apareció antes de que pudiera detenerla.

Entonces su teléfono vibró.

Daniel miró la pantalla y la sonrisa se le borró.

—¿Qué pasa?

Me mostró un mensaje de un número desconocido.

La chica no sabe nada. Déjala fuera de esto.

Debajo había una fotografía de nosotros, tomada desde la calle.

Se veía mi perfil. El vestido azul. La mano de Daniel junto a su taza.

La imagen acababa de hacerse.

Me volví hacia los ventanales. Entre los reflejos de las lámparas distinguí a un hombre junto a un coche negro.

Conocía aquel abrigo.

Lo había comprado yo.

—Jason —susurré.

Daniel siguió mi mirada.

Antes de que pudiera decir nada, mi teléfono vibró dentro del bolso.

Un mensaje de Olivia.

Perdóname. Jason dijo que solo necesitaba sentarte frente a Brooks durante diez minutos.

Levanté los ojos.

Al otro lado del cristal, mi exnovio ya no me miraba a mí.

Miraba a Daniel.

Y estaba sonriendo.

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