PARTE 2: LOS SEIS MESES QUE NUNCA FUERON POR GRACE

Daniel permaneció junto a mi cama durante varios minutos.

—Emma, ¿por qué no me dijiste que estabas embarazada antes de irme?

Lo miré.

—¿Te habrías quedado?

Abrió la boca.

No respondió.

Sonreí débilmente.

—Eso pensé.

Entonces entró el pediatra con los últimos análisis del bebé.

Su expresión era seria.

—Señora Bennett, necesitamos hablar de un resultado genético.

Daniel se tensó.

—¿Hay algún problema?

—No necesariamente. Encontramos un marcador hereditario poco frecuente. Necesitamos estudiar a ambos padres.

Daniel extendió la mano.

—Hágame las pruebas que necesite.

El médico lo miró.

—Ya tenemos una muestra suya.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—El laboratorio recibió hace meses un estudio genético prenatal solicitado a nombre de la familia Morrison.

Daniel se quedó completamente inmóvil.

—Eso es imposible.

El médico abrió el expediente.

La solicitud tenía fecha de seis meses atrás.

Tres días después de que Daniel volara a Suiza.

Yo nunca había autorizado aquella prueba.

—¿Quién la pidió? —pregunté.

El médico señaló una firma.

Eleanor Morrison.

La madre de Daniel.

Sentí frío.

Daniel llamó inmediatamente a su madre.

—¿Sabías que Emma estaba embarazada?

Silencio.

—Madre.

La respuesta llegó finalmente.

—Sí.

Daniel perdió el color.

—¿Desde cuándo?

—Antes de que viajaras.

Lo miré.

Él parecía tan sorprendido como yo.

—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?

Eleanor respiró profundamente.

—Porque necesitaba saber si ese niño podía nacer.

Se me heló la sangre.

—¿Qué significa eso?

La llamada terminó.

Daniel intentó devolverla.

Su madre había apagado el teléfono.

Dos horas después, su abogado consiguió una copia del estudio original.

No analizaba únicamente al bebé.

Comparaba mi ADN con el de Daniel.

El informe concluía que existía un supuesto parentesco entre nuestras familias que podía representar un riesgo genético.

—Por eso mi madre me envió lejos —murmuró Daniel.

—¿Te envió?

Daniel bajó la mirada.

—Grace no estaba tan enferma como te dije.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.

—Repítelo.

—Mi madre recibió una llamada diciendo que Grace había sufrido una recaída grave. Me pidió que fuera a Suiza inmediatamente.

—¿Y durante seis meses nunca comprobaste la gravedad de esa enfermedad?

Daniel cerró los ojos.

—Cuando descubrí que no era tan grave, Grace comenzó a tener otras complicaciones.

Me reí sin humor.

—Siempre había otra razón.

Pero el médico nos interrumpió.

—Hay algo extraño en aquel estudio.

Había repetido las pruebas con muestras actuales.

El supuesto parentesco entre Daniel y yo no existía.

El informe anterior había sido falsificado.

—Entonces nuestro hijo está bien —susurré.

—Respecto a ese riesgo, sí.

Daniel apenas parecía escucharlo.

Estaba mirando otro resultado.

Su ADN no coincidía con el perfil genético de su padre registrado en el historial familiar Morrison.

—¿Qué significa esto?

El médico dudó.

—Que probablemente el señor que usted considera su padre no es su padre biológico.

Aquella noche Eleanor llegó al hospital.

Daniel la enfrentó en el pasillo.

—¿Quién es mi padre?

Ella permaneció en silencio.

—¿Y qué tiene Grace que ver con todo esto?

Entonces Eleanor me miró.

—Grace no fue enviada a separarlos por celos.

—¿Enviada?

—Yo le pagué.

Daniel retrocedió como si lo hubieran golpeado.

—¿Durante seis meses?

—Necesitaba mantenerte lejos hasta que naciera el niño.

—¿Por qué?

Eleanor observó la incubadora.

—Porque su nacimiento podía demostrar quién eres realmente.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía Eleanor mucho más joven junto a un hombre que reconocí por los retratos familiares.

Victor Morrison.

El hermano mayor del padre de Daniel.

Muerto oficialmente seis meses antes de que Daniel naciera.

—Victor era tu padre —susurró Eleanor.

Daniel quedó blanco.

Pero ella todavía no había terminado.

—Y antes de morir dejó un fideicomiso.

—¿Para mí?

Eleanor negó.

Miró a nuestro hijo.

—Para su primer nieto biológico.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y ocho millones.

Daniel apretó los puños.

—¿Todo esto fue por dinero?

—No.

Eleanor comenzó a llorar.

—Fue porque alguien necesitaba que ese bebé jamás pudiera demostrar que era descendiente de Victor.

Entonces el teléfono de Daniel sonó.

Grace.

Contestó.

No escuchamos un saludo.

Solo su voz desesperada.

—Daniel, tu madre te está mintiendo.

Eleanor palideció.

—Cuelga.

Daniel activó el altavoz.

Grace respiraba agitadamente.

—Victor Morrison no murió antes de que nacieras.

Silencio.

—Está vivo.

Daniel dejó de respirar.

Grace añadió:

—Y fue él quien me pagó para llevarte a Suiza antes de que Emma pudiera contarte que estaba embarazada.

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