Lorena fue la primera en reaccionar.
—Señor Salgado, aquella noche solo estábamos bromeando.
Adrián la miró con calma.
—Lo recuerdo perfectamente.
Mónica bajó los ojos.
La directora parecía confundida.
—¿Ustedes ya se conocían?
—Coincidimos hace cuatro noches —respondió Adrián—. La maestra Valeria esperaba transporte público después de comprar materiales para sus alumnos con su propio dinero.
Varias maestras miraron la caja entre mis brazos.
Sentí calor en las mejillas.
—Adrián, no tienes que…
—Sí tengo.
Se volvió hacia la directora.
—Antes de invertir un solo peso quiero revisar las condiciones reales de los maestros y alumnos.
La sonrisa de la directora desapareció.
Durante las siguientes dos horas, Adrián recorrió cada salón.
Encontró goteras.
Juguetes rotos.
Material insuficiente.
Y recibos que demostraban que varios maestros pagábamos cosas de nuestro bolsillo.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
El contador de la Fundación Salgado pidió revisar las cuentas del preescolar.
Media hora después salió de la oficina con expresión seria.
—Señor Salgado, tenemos un problema.
Colocó varios documentos sobre la mesa.
Durante dos años, la escuela había recibido donaciones destinadas específicamente a materiales educativos.
Más de tres millones de pesos.
Me quedé helada.
—Eso es imposible.
Yo había comprado pinturas esa misma mañana porque nos dijeron que no había presupuesto.
Adrián miró a la directora.
—¿Dónde está el dinero?
Ella palideció.
—Debe tratarse de un error administrativo.
No lo era.
Las transferencias terminaban en una empresa llamada LM Servicios Educativos.
Las iniciales coincidían demasiado bien.
Lorena Martínez.
Todas las miradas fueron hacia ella.
—¡Yo no sé nada de eso!
Adrián no respondió.
Su abogado colocó el acta constitutiva sobre la mesa.
La empresa estaba registrada a nombre del hermano de Lorena.
Mónica comenzó a llorar.
—Yo solo firmaba facturas.
Lorena se volvió hacia ella.
—¡Cállate!
Aquella palabra terminó de destruir cualquier apariencia.
Pero Adrián parecía menos sorprendido que todos nosotros.
—¿Ya sabías esto? —pregunté.
Me miró.
—Sospechaba algo.
Entonces entendí.
—Por eso estabas aquella noche en el centro comercial.
Adrián asintió.
La Fundación Salgado llevaba semanas investigando irregularidades antes de aprobar la ampliación.
Él había ido personalmente a observar la zona sin anunciar quién era.
Encontrarme había sido casualidad.
Escuchar a Lorena, no.
Sin embargo, el contador apareció con otra carpeta.
—Hay algo más.
Eran expedientes de becas.
Reconocí inmediatamente un nombre.
MATEO MENDOZA.
Mi sobrino.
—¿Qué hace Mateo aquí?
La directora se sentó lentamente.
Según aquellos documentos, Mateo llevaba tres años recibiendo una beca privada que cubría colegiatura, alimentación, transporte y atención médica.
Casi doscientos mil pesos anuales.
Yo jamás había recibido un centavo.
—¿Quién solicitó esa beca?
El contador giró la última página.
La solicitud había sido presentada por Elena Mendoza.
Mi hermana.
Dos meses antes de morir.
Sentí que me faltaba el aire.
Había incluso una carta escrita por ella.
“Si yo falto, este fondo deberá garantizar que Valeria nunca tenga que sacrificar su futuro para criar a mi hijo.”
Las lágrimas me nublaron la vista.
Durante tres años yo había contado monedas mientras alguien cobraba el dinero que Elena dejó para Mateo.
Adrián se quedó a mi lado.
—Vamos a averiguar quién lo hizo.
Pero el contador no había terminado.
—Señor Salgado, la beca no salió originalmente de la escuela.
—¿Entonces?
—Proviene de un fideicomiso administrado por su familia.
Adrián frunció el ceño.
—¿Mi familia conocía a Elena?
El hombre deslizó un documento hacia nosotros.
La persona que había creado el fideicomiso ocho años atrás era Ricardo Salgado.
El padre de Adrián.
En el apartado correspondiente al beneficiario aparecía Mateo.
Y debajo había una condición que hizo que Adrián dejara de respirar.
“En caso de fallecimiento de Elena Mendoza, contactar personalmente con Valeria Mendoza y revelar la identidad del padre biológico del menor.”
Miré a Adrián.
Él ya no observaba el documento.
Me observaba a mí.
—Valeria…
—¿Qué?
Su rostro había perdido todo color.
Giró lentamente una fotografía encontrada dentro del expediente.
Mi hermana Elena aparecía abrazada a un hombre.
Era mucho más joven.
Pero lo reconocí.
Ricardo Salgado.

El padre de Adrián.
Y detrás de la fotografía, escrito con la letra de Elena, había un mensaje:
“Cuando Mateo cumpla ocho años, la familia Salgado deberá saber que él también es uno de ellos.”