PARTE 2: EL PADRE QUE NUNCA DIO AQUELLA ORDEN

Leo permaneció ingresado dos días.

Cuando por fin la fiebre bajó, yo llevaba casi cuarenta horas sin dormir.

Entonces apareció un hombre trajeado en la habitación.

—¿Sofía Rivera?

Me puse inmediatamente delante de la cama de mi hijo.

—¿Quién es usted?

—Daniel Hayes. Abogado de Adrian Cole.

Sentí que la sangre me hervía.

—Dígale que no necesitamos su dinero.

Daniel frunció el ceño.

—¿Dinero?

Le conté lo ocurrido en la mansión.

La tarjeta.

Las palabras del secretario.

La orden de no regresar.

Con cada frase, su expresión se volvía más extraña.

—Señora Rivera… Adrian no estaba en esa casa anoche.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Está en Singapur desde hace tres semanas.

—Su secretario dijo…

—Adrian tampoco tiene secretario viviendo en esa propiedad.

El silencio me dejó sin aire.

Daniel sacó el teléfono.

—¿Reconoce al hombre?

Me mostró varias fotografías.

En la tercera estaba él.

—Ese.

Daniel palideció.

—Se llama Marcus Cole.

—¿Cole?

—Es el hermano mayor de Adrian.

Todo empezó a sentirse equivocado.

Daniel llamó inmediatamente a seguridad.

La cámara de la verja había grabado nuestra visita.

Pero faltaban exactamente doce minutos de video.

Los diez minutos que el supuesto abogado me había concedido.

Más dos minutos después de marcharnos.

—Alguien borró las imágenes —dijo Daniel.

—¿Por qué?

No respondió.

En cambio, preguntó:

—¿Todavía tiene el dibujo de Leo?

Miré la mochila.

Estaba allí.

Arrugado y húmedo.

Cuando Daniel lo desplegó, cayó un pequeño papel que yo nunca había visto.

Probablemente Marcus lo había introducido cuando tomó el dibujo durante unos segundos.

Era una copia de una prueba de ADN.

ADRIAN COLE — LEO RIVERA.

Probabilidad de paternidad:

0,00%.

Sentí que el hospital desaparecía.

—Eso es imposible.

Adrian era el único hombre con quien había estado.

Daniel tomó el documento.

—Este laboratorio pertenece a Cole Medical Holdings.

—Entonces Adrian sabía.

—No necesariamente.

Revisó el número del informe.

Después hizo una llamada.

Veinte minutos más tarde llegó la respuesta.

Aquella prueba nunca había sido realizada.

Era falsa.

Pero había otra.

Una auténtica.

Solicitada cuatro años atrás.

Tres días después del nacimiento de Leo.

Adrian sí era su padre.

99,999%.

—Entonces ¿por qué fabricar esto?

Daniel permaneció callado.

Hasta que apareció otro dato.

La prueba original había sido solicitada por Eleanor Cole.

La madre de Adrian.

Sentí un escalofrío.

Aquella misma tarde Adrian regresó anticipadamente de Singapur.

Entró en la habitación y se quedó paralizado al ver a Leo conectado al suero.

—¿Qué le pasó?

Me puse delante de mi hijo.

—No tienes derecho a preguntar.

—Sofía…

—Tu familia nos echó bajo la lluvia.

Adrian miró a Daniel.

—¿De qué está hablando?

Daniel le entregó los documentos.

Vi cómo su expresión cambiaba página tras página.

Entonces Adrian llamó a su madre.

—¿Por qué hiciste una prueba de ADN a mi hijo?

Silencio.

—Madre.

La respuesta fue suficientemente alta para que yo pudiera escucharla.

—Porque necesitaba saber si el niño había heredado algo.

Adrian apretó el teléfono.

—¿Qué cosa?

Eleanor tardó demasiado en responder.

—Pregunta quién era realmente el padre de Sofía.

Mi respiración se detuvo.

Adrian me miró.

—¿Qué significa eso?

Yo tampoco lo sabía.

Mi padre había muerto cuando yo tenía doce años.

Daniel comenzó a revisar los archivos antiguos de la familia Cole.

Una hora después encontró una fotografía.

Mi padre aparecía junto al padre de Adrian.

Y entre ambos estaba Eleanor.

Los tres parecían mucho más jóvenes.

En el reverso había una fecha anterior a mi nacimiento.

Y una frase:

“Si nace una niña, jamás debe saber qué parte de Cole Holdings le pertenece.”

Adrian levantó lentamente la mirada.

Pero Daniel todavía sostenía otro documento.

—Hay algo peor.

Era el testamento del abuelo de Adrian.

Una cláusula establecía que una participación del 31% de Cole Holdings pertenecía a los descendientes de un hombre cuyo nombre reconocí inmediatamente.

Mi padre.

Eso significaba que Leo no era simplemente el hijo que los Cole querían mantener lejos.

Era heredero.

—Por eso Marcus nos echó —susurré.

Daniel negó lentamente.

—No.

Giró la última página.

Había una autorización para localizarme a mí y a Leo.

Firmada cuatro años atrás.

Por Eleanor.

Debajo aparecía una instrucción:

“Impedir cualquier contacto entre Adrian y el niño hasta completar la transferencia.”

Adrian se quedó blanco.

—¿Qué transferencia?

Daniel abrió el documento adjunto.

La participación que legalmente me correspondía había sido transferida utilizando mi firma.

Una firma que yo jamás había puesto.

El beneficiario era Marcus Cole.

Y el único testigo de aquella operación era el mismo hombre que había llevado mi embarazo en secreto desde el principio.

Mi antiguo obstetra.

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