Cuando Elena entró en el auditorio, las conversaciones se apagaron.
No por su traje.
Por su cabello.
Su directora de tesis, la profesora Ana Kovač, se levantó inmediatamente.
—Elena, ¿qué ocurrió?
Elena dejó su mochila sobre la mesa.
—Algo que explicaré después.
Respiró profundamente.
—Ahora quiero defender mi tesis.
Y lo hizo.
Durante cuarenta minutos habló sin titubear.
Explicó ocho años de investigación, respondió cada pregunta y defendió cada conclusión con una precisión que hizo desaparecer las miradas de lástima.
Entonces se abrió la puerta.
Iván entró.
Branka venía detrás.
—¡Detengan esto! —gritó él.
Elena sintió que las manos le temblaban.
Iván levantó una carpeta.
—Mi esposa está atravesando problemas emocionales graves. No está en condiciones de defender nada.
Branka añadió:
—Anoche se cortó el cabello durante una crisis.
Elena quedó helada.
No solo querían impedir su doctorado.
Habían preparado una historia para convertirla a ella en la inestable.
Iván mostró fotografías y un supuesto informe médico.
—Necesita tratamiento, no un título.
Entonces una voz surgió desde la última fila.
—Interesante.
Un hombre alto de cabello gris se puso de pie.
Elena lo reconoció inmediatamente.
—Papá…
Dragan Marković caminó lentamente hacia el frente.
Su padre llevaba años viviendo en Viena y casi nunca hablaba de su antiguo trabajo.
Pero varios miembros del tribunal lo reconocieron.
Dragan había sido profesor, investigador y antiguo miembro del consejo nacional de acreditación universitaria.
Miró el documento de Iván.
—Ese informe es falso.
Iván palideció.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque esta mañana Elena me llamó.
Dragan levantó su teléfono.
—Y siguiendo el consejo de su abogado, fue examinada por un médico independiente y presentó una denuncia.
Branka retrocedió.
Elena la miró.
Por primera vez, su suegra parecía asustada.
Pero su padre todavía no había terminado.
—También me envió fotografías de sus lesiones.
Dos agentes aparecieron en la puerta.
Iván perdió el color.
—Elena, podemos hablar.
—Anoche intenté hablar.
Ella señaló su cabello.
—Esta fue tu respuesta.
Los agentes se acercaron.
Branka comenzó a gritar que todo había sido “por el bien del matrimonio”.
Pero el presidente del tribunal golpeó la mesa.
—La defensa continuará.
Elena terminó las últimas preguntas con lágrimas contenidas.
Veinte minutos después, el tribunal regresó.
—Doctora Elena Marković —anunció el presidente—, felicitaciones.
El auditorio estalló en aplausos.
Pero Dragan permaneció serio.
—Hay algo más.
Sacó una segunda carpeta.
Durante semanas había investigado discretamente una irregularidad que Elena había mencionado meses atrás.
Parte de los datos originales de su tesis había sido copiada.
Alguien había intentado registrar su investigación bajo otro nombre.
Elena abrió el documento.
El solicitante era Iván.
—¿Tú?
Su marido bajó la mirada.
Entonces comprendió todo.
Iván nunca había querido únicamente impedir que defendiera.
Necesitaba que Elena abandonara oficialmente el doctorado para poder presentar parte de su investigación como propia a través de una empresa recién creada.
Pero había otro nombre en los documentos.
Branka Marković.
Su suegra figuraba como beneficiaria.
—Por eso querían detenerme.
Dragan negó lentamente.
—No solamente.
Sacó una última hoja.
—La empresa recibió una inversión de tres millones de euros hace dos meses.
Elena leyó el nombre del inversor.
Y dejó de respirar.
Era la misma fundación que había financiado su investigación durante ocho años.
—Eso es imposible.
Su padre la miró.
—No.
Después señaló la firma al pie del contrato.
—Elena, tu beca nunca fue concedida por casualidad.
Ella reconoció aquella firma.
Pertenecía a su madre.
La mujer que, según Dragan, había muerto cuando Elena tenía seis años.
—Papá…
Dragan cerró los ojos.
—Tu madre está viva.
Elena sintió que el auditorio desaparecía a su alrededor.

—¿Dónde está?
Su padre miró hacia la puerta.
—Eso es precisamente lo que Iván y Branka llevan años intentando impedir que descubras.