El picaporte bajó.
Metí el expediente bajo mi delantal y me escondí detrás de una cortina.
La puerta se abrió.
Entró doña Miranda.
Pero no estaba sola.
—La muchacha sospecha demasiado —dijo una voz masculina.
Reconocí a Sebastián De la Vega, el hermano mayor de Mateo.
Miranda cerró la puerta.
—Entonces despídela.
—No podemos hacerlo todavía. Mateo confía en ella.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
Sebastián dejó algo sobre el escritorio.
—El médico dice que ha recuperado sensibilidad en la pierna derecha.
Miranda quedó en silencio.
—Eso es imposible.
—Lo examinaron hace tres años —continuó Sebastián—. Si vuelve a caminar, tendremos un problema.
Apreté el expediente contra mi pecho.
Entonces entendí algo todavía peor.
Ellos sabían que Mateo podía recuperarse.
Cuando se marcharon, corrí al tercer piso.
Mateo leyó los documentos.
Los cheques utilizados para pagar al mecánico que manipuló los frenos llevaban la firma de Sebastián.
—Mi hermano intentó matarme.
—Hay algo más.
Le conté la conversación.
Mateo palideció.
—¿Por qué les importa tanto que vuelva a caminar?
Buscamos entre sus antiguos documentos hasta encontrar el testamento de su abuelo.
La respuesta estaba allí.
Mateo era el heredero mayoritario del Grupo De la Vega.
Pero había una cláusula.
Si era declarado permanentemente incapacitado para administrar sus bienes, sus derechos de voto pasarían temporalmente a Miranda y Sebastián.
—Por eso me encerraron aquí —susurró.
No querían únicamente ocultar su discapacidad.
Necesitaban conservarla.
Desde aquella noche entrenamos con más intensidad.
Dos semanas después, Mateo logró mantenerse en pie durante treinta segundos.
Un mes después dio tres pasos.
Nadie podía saberlo.
Pero una madrugada encontramos la puerta abierta.
Los aparatos de rehabilitación habían desaparecido.
Sobre la cama había una nota.
“Sabemos lo que están haciendo.”
Mateo me miró.
—Tienes que marcharte.
—No.
—Mariana, intentaron matarme una vez.
Me acerqué.
—Entonces esta vez no enfrentará esto solo.
A la mañana siguiente, Miranda me llamó al salón principal.
Sebastián estaba allí.
También un médico que yo nunca había visto.
—Mariana —dijo Miranda—, recoge tus cosas.
Mi garganta se cerró.
Entonces Mateo apareció en lo alto de la escalera.
No estaba sentado en su silla.
Estaba de pie.
Sujetaba el pasamanos con una mano.
Miranda perdió el color.
Sebastián retrocedió.
Mateo descendió un escalón.
Luego otro.
Toda la servidumbre quedó paralizada.
—¿Sorprendidos? —preguntó.
Miranda apenas pudo hablar.
—Mateo…
—Tres años diciéndome que jamás caminaría.
Su mirada cayó sobre Sebastián.
—Tres años esperando que me rindiera.
Sebastián intentó marcharse.
Dos policías entraron por la puerta principal.
La noche anterior yo había enviado copias del expediente a un abogado cuyo nombre Mateo encontró entre los documentos de su abuelo.
Sebastián fue detenido para ser interrogado.
Pero Miranda no parecía asustada.
Sonreía.
Aquello me inquietó más que cualquier amenaza.
Cuando los agentes se llevaron a Sebastián, se acercó a Mateo.
—Crees que descubriste la verdad.
—Encontré los cheques.
Miranda soltó una risa baja.
—Entonces pregúntate por qué alguien tan cuidadoso como Sebastián dejaría su propia firma.
Mateo quedó inmóvil.
Aquella noche revisamos nuevamente el expediente.
Tenía razón.
La firma parecía perfecta.
Demasiado perfecta.
Entonces encontré una página pegada al reverso del peritaje.
Era una prueba caligráfica.
La autorización original no había sido firmada por Sebastián.
Su firma había sido copiada.
Debajo aparecía el nombre de la persona que solicitó aquella copia meses antes del accidente.
Mateo leyó el nombre.
Sus piernas comenzaron a temblar.
—No puede ser.
Yo también lo reconocí.
Era el hombre que oficialmente había muerto en el mismo accidente que dejó paralítico a Mateo.
Su padre.
Alejandro De la Vega.
Y junto al documento había una fotografía tomada apenas cuatro meses atrás.
Alejandro estaba vivo.
Pero lo verdaderamente aterrador era quién aparecía a su lado.
Mi madre.
La misma mujer que me había enviado a trabajar a aquella mansión.
