PARTE 2: El secreto que el alcalde escondía bajo aquellos sacos

Miré las manos de Clara.

Habían vuelto a temblar.

—No te los pongas.

Ella levantó los ojos hacia mí.

—Lucas…

—He dicho que no.

Me acerqué al vestido rojo y aparté la tela.

—Ya no estás en la casa de tu padre.

Clara soltó una risa amarga.

—Tú no conoces a mi padre.

—Entonces será mejor que empiece a conocerlo.

Cinco minutos después, el alcalde golpeó nuevamente la puerta.

Esta vez entró.

Su mirada fue directamente hacia Clara.

Llevaba el vestido holgado.

Sin arena.

Sin plomo.

Sin mentiras.

Mendoza palideció.

—¿Qué has hecho?

Clara bajó instintivamente la cabeza.

Me puse delante de ella.

—Lo que debió hacer hace años.

El alcalde me miró.

—Muchacho, te pagué las deudas.

—Y yo me casé con su hija.

—Entonces controla a tu esposa.

Aquella frase me encendió la sangre.

—No compró un dueño nuevo para Clara.

Su rostro se endureció.

—No sabes en qué te estás metiendo.

—Sé que obligó a su hija a cargar setenta y cinco kilos.

Por primera vez vi miedo en sus ojos.

No ira.

Miedo.

Y eso me hizo comprender que había algo más.

—¿Por qué lo hizo realmente?

—Ya te lo explicó.

—No.

Miré a Clara.

—Le dijo que era por vergüenza. Pero nadie mantiene semejante mentira durante años únicamente por vergüenza.

Mendoza dio un paso hacia mí.

—Coge el dinero que te prometí y aprende cuándo cerrar la boca.

Clara se levantó.

—Papá.

Él se giró.

—Vístete correctamente.

Ella respiró hondo.

—No.

Una sola palabra.

Pero pareció golpearlo.

—¿Qué has dicho?

—No volveré a ponerme los pesos.

Mendoza levantó la mano.

Me interpuse inmediatamente.

—Inténtelo.

Nos miramos.

Finalmente bajó el brazo.

—Os arrepentiréis.

Salió y cerró la puerta con tanta fuerza que vibraron las ventanas.

Clara empezó a llorar.

No intenté detenerla.

Aquellas lágrimas llevaban demasiados años esperando.

Esa misma mañana llevé a mi madre al médico.

Con el dinero entregado antes de la boda habíamos pagado las deudas más urgentes y reservado su tratamiento.

Pero cuando regresé, encontré a Clara arrodillada frente al cobertizo.

Había abierto uno de los sacos.

—Lucas.

Su voz era extraña.

—Mira esto.

Entre la arena había pequeños fragmentos metálicos.

Pensé que eran simples pesos.

Hasta que Clara sacó una pequeña caja envuelta en tela encerada.

—¿Sabías que estaba ahí?

Negó.

Abrimos la caja.

Dentro había documentos.

Fotografías.

Y una libreta.

En la primera página aparecía el nombre de la madre de Clara.

Elena Mendoza.

—Mi madre murió cuando yo tenía nueve años —susurró.

Pasó varias páginas.

Eran cuentas.

Parcelas.

Nombres.

Cantidades de dinero.

Pagos realizados durante casi veinte años.

Entonces apareció el nombre de mi padre.

Me quedé inmóvil.

Rafael Rivera.

Mi padre había muerto doce años antes en un supuesto accidente en una cantera.

—¿Por qué está aquí?

Clara siguió leyendo.

Había una fecha.

Dos días antes de su muerte.

Junto al nombre aparecían cuatro palabras:

“Se negó a vender.”

Sentí un vacío en el estómago.

Seguimos revisando.

Mi padre poseía antiguamente una pequeña parcela junto al río.

Después de su muerte, mi madre la perdió por una deuda que nunca conseguimos entender.

El comprador había sido una empresa.

Mendoza Desarrollo Rural.

Propiedad del alcalde.

—Lucas…

No podía responder.

Entonces encontramos una fotografía.

Mi padre estaba junto a Elena.

La madre de Clara.

Detrás de ellos aparecía una cantera.

En el reverso alguien había escrito:

“Tenemos las pruebas. Si algo nos ocurre, que Clara las conserve.”

Clara dejó caer la fotografía.

—Mi madre no murió enferma.

La miré.

—¿Qué?

—Eso decía mi padre. Que tenía una enfermedad del corazón.

Buscó desesperadamente entre los documentos.

Encontramos un recorte de periódico.

“MUJER MUERE TRAS ACCIDENTE EN CARRETERA.”

La víctima era Elena.

—Me mintió —susurró Clara.

Entonces comprendí algo.

—Los sacos.

Ella me miró.

—¿Qué?

—Quizá no eran únicamente un castigo.

Volví a examinar la caja.

Alguien la había cosido dentro del saco.

—Tu madre escondió esto.

Clara se quedó paralizada.

—¿Dentro de los pesos?

—Tal vez sabía que tu padre jamás los abriría mientras tú siguieras llevándolos.

Su rostro perdió el color.

Aquella crueldad adquiría ahora otra dimensión.

Quizá Mendoza había obligado a su hija a cargar durante años precisamente aquello que podía destruirlo sin saberlo.

O quizá sí lo sabía.

Un ruido llegó desde el patio.

Salí.

Dos hombres estaban junto al cobertizo.

Uno llevaba una lata de queroseno.

El otro cerraba la puerta.

—¡Eh!

Corrieron.

Logré alcanzar a uno.

Lo derribé contra el barro.

—¿Quién os envió?

No respondió.

Entonces Clara apareció detrás de mí.

El hombre la vio.

Y su expresión cambió.

—Señorita Elena…

Clara quedó inmóvil.

—Me llamo Clara.

El hombre palideció.

—Dios mío.

Me soltó del brazo y retrocedió.

—Eres igual que ella.

—¿Conociste a mi madre?

Miró hacia la carretera, aterrorizado.

—Yo conducía el coche aquella noche.

Clara dejó de respirar.

—¿Qué noche?

El hombre comenzó a temblar.

—La noche en que murió Elena.

Lo agarré por la camisa.

—Habla.

—No fue un accidente.

Clara soltó un sonido ahogado.

—¿Mi padre la mató?

El hombre negó frenéticamente.

—No.

Entonces miró directamente hacia mí.

—Mendoza estaba intentando salvarla.

Todo mi cuerpo se tensó.

—¿De quién?

El hombre observó la fotografía que Clara todavía sostenía.

Su dedo tembloroso señaló al hombre que estaba junto a Elena.

A mi padre.

—De Rafael Rivera.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—Mi padre murió años después.

—Lo sé.

El hombre tragó saliva.

—Porque Mendoza tardó doce años en encontrarlo.

Clara me miró.

Yo apenas podía respirar.

Entonces el desconocido dijo la frase que convirtió nuestro matrimonio arreglado en algo completamente distinto.

—Lucas, el alcalde no te eligió por pobre.

Hizo una pausa.

—Te eligió porque llevaba doce años esperando que el hijo de Rafael Rivera regresara a su familia.

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