El médico movió lentamente el transductor sobre mi vientre.
Ethan sostenía mi mano.
Victoria estaba sentada al otro lado de la consulta, vigilando a su hijo como si pudiera dejarme embarazada otra vez con solo mirarme.
—Doctor —pregunté—, ¿está todo bien?
Él no respondió inmediatamente.
Eso bastó para que Ethan se tensara.
—¿Hay algún problema?
—No exactamente.
El médico amplió la imagen.
Entonces sonrió.
—Señora Harrison, creo que su familia debería prepararse.
Victoria se levantó.
—¿Para qué?
El médico señaló la pantalla.
—Aquí tenemos uno.
Movió el cursor.
—Dos.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—No.
—Tres.
Ethan abrió la boca.
—Doctor…
El hombre siguió contando.
—Cuatro.
Victoria se agarró a la silla.
Yo cerré los ojos.
—Otra vez no.
El médico permaneció extrañamente callado.
Lo miré.
—¿Por qué tiene esa cara?
Se aclaró la garganta.
—Porque hay un quinto.
Nadie respiró.
—¿Cinco? —susurró Ethan.
—Quintillizos.
Victoria comenzó a llorar.
Pero no eran lágrimas de felicidad.
—No puede ser —murmuró.
La miré.
Había algo extraño en su expresión.
Miedo.
—Victoria, ¿qué ocurre?
Ella negó con la cabeza.
El médico continuó.
—Todavía es pronto, pero cuatro parecen varones.
Ethan soltó una risa nerviosa.
—Por supuesto.
—Y el quinto…
El médico sonrió.
—Es una niña.
Victoria se cubrió la boca.
Y entonces pronunció la frase que la hizo derrumbarse:
—Después de nueve generaciones, los Harrison vuelven a tener una hija.
Mi suegra comenzó a sollozar.
No entendía nada.
—Victoria, ¿por qué estás llorando?
Ella se levantó.
—Tenemos que irnos.
—¿Qué?
—Ahora.
Ethan la sujetó del brazo.
—Mamá, ¿qué sabes?
—Nada.
—Acabas de escuchar que Claire espera cinco bebés y pareces haber visto un fantasma.
Victoria me miró.
—Porque esto nunca debió ocurrir.
El silencio cayó sobre la consulta.
—Explícate —dijo Ethan.
Victoria negó con la cabeza.
—Pregúntale a tu padre.
Aquella noche regresamos a la mansión.
Richard Harrison nos esperaba en la biblioteca.
Cuando Ethan le contó lo de la niña, su padre dejó caer el vaso que sostenía.
Cristal y whisky se extendieron sobre el suelo.
—¿Una niña?
—Sí.
Richard miró a Victoria.
—Dijiste que aquello había terminado.
—Yo también lo creía.
Golpeé la mesa.
—¿Puede alguien explicarme qué demonios está pasando?
Richard cerró las puertas.
Después abrió la caja fuerte.
Sacó un libro encuadernado en cuero.
Era el registro genealógico de los Harrison.
Nacimientos.
Matrimonios.
Defunciones.
Nueve generaciones perfectamente documentadas.
Un hijo varón.
Otro hijo varón.
Otro.
Hasta Ethan.
—¿Ves algo extraño? —preguntó Richard.
—Además de vuestra obsesión por producir exactamente un niño cada generación, no.
Richard pasó varias páginas.
—Porque esta historia es falsa.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Los Harrison tuvieron hijas.
Sentí frío.
—¿Cuántas?
—Al menos once.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Dónde están?
Richard bajó la mirada.
—Borradas de los registros familiares.
Victoria comenzó a llorar otra vez.
—Durante generaciones, la herencia se diseñó para pasar únicamente por la línea masculina. Las hijas eran apartadas legalmente del patrimonio y criadas lejos de la familia.
—¿Apartadas? —pregunté—. ¿Abandonaban a sus propias hijas?
—Eso ocurrió hace mucho tiempo —dijo Richard.
—¿Y tú cómo lo sabes?
No respondió.
Victoria sí.
—Porque conocimos a una.
Todos la miramos.
—¿Quién?
Victoria caminó hasta una cómoda y sacó una fotografía antigua.
En ella aparecía una niña de unos ocho años.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Algo en su rostro me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
—Se llamaba Eleanor Harrison —dijo Victoria—. Era hermana de Richard.
Ethan miró a su padre.
—Siempre dijiste que eras hijo único.
—Oficialmente lo soy.
—¿Qué ocurrió con ella?
Richard tardó demasiado en responder.
—La enviaron lejos.
—¿Adónde?
—A vivir con otra familia.
Sentí náuseas.
Y aquella vez no tenían nada que ver con mi embarazo.
—¿Sigue viva?
Victoria asintió.
—Sí.
Ethan parecía incapaz de procesarlo.
—Entonces tengo una tía.
—Sí.
—¿Por qué nunca la conocí?
Richard cerró el libro.
—Porque Eleanor regresó cuando tú tenías seis meses.
Victoria palideció.
—Richard…
—Ya hemos mentido demasiado.
Me miró.
—Eleanor descubrió algo sobre la familia.
—¿Qué?
—Que la tradición del único heredero varón tampoco era natural.
El silencio se volvió insoportable.
—No entiendo.
Richard señaló el libro.
—Nueve generaciones no produjeron casualmente un solo hijo varón.
Ethan retrocedió.
—¿Estás diciendo que alguien intervenía?
—Desde hace décadas.
Victoria añadió en voz baja:
—Tratamientos de fertilidad. Selección embrionaria en las generaciones más recientes. Antes de eso, métodos mucho más crueles.
Instintivamente puse ambas manos sobre mi vientre.
—¿Hicieron algo conmigo?
—No —dijo Victoria rápidamente—. Por eso estamos asustados.
—¿Por qué?
Richard me miró.
—Porque tus embarazos son los primeros que no controlamos.
Sentí que el suelo desaparecía.
—Los cuatrillizos…
—Naturales.
—¿Y estos cinco?
—También.
Ethan se volvió hacia su madre.
—¿Entonces qué significa?
Victoria observó mi vientre.
—Que quizá nunca hubo nada especial en los hombres Harrison.
Richard abrió otra carpeta.
—Eleanor pasó treinta años investigando.
Sacó varios resultados genéticos.
—Hace tres meses nos envió esto.
Ethan tomó los documentos.
—¿Qué son?
—Pruebas de ADN de descendientes de aquellas mujeres eliminadas del árbol familiar.
—¿Y?
Richard me miró.
—Todas presentan una característica genética extremadamente poco común asociada con hiperovulación familiar.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Pero yo no soy Harrison.
Nadie respondió.
—Claire —susurró Ethan—, ¿qué estás diciendo?
Miré la fotografía de Eleanor.
Aquellos ojos.
Aquella nariz.
La forma de la sonrisa.
La había visto antes.
En las fotografías de mi madre.
Richard deslizó el último documento hacia mí.
Era un árbol genealógico.
Seguí una línea desde Eleanor Harrison.
Después hacia una hija.
Luego otra.
Hasta llegar a un nombre que conocía perfectamente.
Margaret Bennett.
Mi madre.
Levanté lentamente la mirada.
—Esto está mal.
Victoria negó entre lágrimas.
—No, Claire.
Ethan tomó el documento y palideció.
—¿Mi tía Eleanor es…?
Richard terminó la frase.
—La abuela biológica de Claire.
Sentí que dejaba de respirar.
Ethan soltó los papeles como si quemaran.
Pero Richard todavía no había terminado.
—Y esa no es la parte que más nos preocupa.
Sacó un sobre sellado.
—Eleanor exigió una prueba genética completa cuando supo que vosotros dos ibais a casaros.
Miré a Ethan.
—¿Por qué?
Richard rompió el sello.
Sus ojos recorrieron el informe.
Después levantó la mirada hacia nosotros.
—Porque Eleanor nunca reveló públicamente quién fue el padre de su hija.
Victoria empezó a llorar.
—Richard, no.
Pero él continuó.
—Y según este análisis, aquel hombre también pertenecía a la familia Harrison.
