A las diez de la mañana siguiente, Sofía me mandó una foto.
Una taza de café sobre una cama blanca de hotel.
Debajo escribió:
“Clari, creo que otra vez te ayudé a probar a alguien.”
Miré la pantalla durante varios segundos.
Después sonreí.
En mi vida anterior, aquella fotografía me habría destruido.
Esta vez solo confirmé algo que ya sabía.
Sofía no podía evitarlo.
Necesitaba demostrar que cualquier hombre podía ser suyo.
Pero esta vez había elegido al hombre equivocado.
No respondí.
Guardé la fotografía.
Luego llamé a Jenny.
—Necesito que averigües algo sobre Victor Moore.
—¿Qué cosa?
—Todo.
Dos horas después, Jenny apareció en mi despacho con una carpeta.
—Clara, esto es raro.
La abrí.
Victor no solo estaba casado.
Su esposa era Valeria Moore.
La prima mayor de Sofía.
La misma mujer que había financiado el pequeño negocio que Sofía había abierto dos años antes.
Pero había algo todavía más importante.
Victor llevaba meses desviando dinero de la empresa hacia una sociedad privada.
Y esa sociedad estaba relacionada con Sofía.
Cerré la carpeta.
De repente, entendí que aquella noche en el hotel no había sido una simple aventura.
Sofía no había ido detrás de Victor por atracción.
Había ido porque sabía que podía utilizarlo.
Y yo acababa de darle la oportunidad perfecta para quedar expuesta.
Esa tarde recibí un mensaje suyo.
“Clari, no estés enfadada.”
Otro.
“Victor se acercó a mí.”
Otro.
“Solo quería saber si realmente era un buen hombre.”
Finalmente llegó el último:
“Creo que está enamorado de mí.”
Contesté por primera vez.
“¿De verdad?”
La respuesta llegó inmediatamente.
“Sí.”
Sonreí.
“Entonces demuéstralo.”
No sabía que aquellas tres palabras cambiarían todo.
Esa misma noche, Sofía llevó a Victor a un hotel.
Pero esta vez no estaban solos.
Valeria ya los estaba esperando.
Cuando la puerta se abrió, Sofía dejó de sonreír.
Victor palideció.
Valeria levantó el teléfono.
—Gracias por darme exactamente la prueba que necesitaba.
Sofía retrocedió.
—Valeria, puedo explicarlo.
—No hace falta.
Valeria mostró la pantalla.
Había transferencias bancarias.
Mensajes.
Fotografías.
Y un informe financiero completo.
Victor había creído que estaba jugando con Sofía.
Sofía había creído que estaba jugando conmigo.
Pero ambos habían olvidado algo.
Yo ya conocía el final de aquella historia.
Y esta vez había cambiado las reglas.
Tres días después, la empresa inició una investigación interna.
Victor fue suspendido.
Su matrimonio terminó.
La sociedad de Sofía quedó bajo revisión.
Y los documentos que encontré demostraron que ella había estado utilizando información de Victor para obtener beneficios personales.
Daniel también intentó volver.
Me llamó una noche.
—Clara, cometí un error.
—No.
—Sofía me manipuló.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—Todavía te amo.
Miré por la ventana.
En mi vida anterior habría llorado.
Esta vez solo respondí:
—Yo ya no soy la mujer que conociste.
Colgué.
Sofía desapareció de mi vida unos meses después.
No hubo una gran pelea.
No hubo gritos.
Solo silencio.
La amistad que había durado más de diez años terminó exactamente como debía.
Sin explicaciones.
Sin otra oportunidad.
Un año después, conocí a alguien.
No se lo presenté a nadie.
No publiqué fotografías.
No dije su nombre.
Primero observé.
Esperé.
Y cuando finalmente entendí que podía confiar en él, sonreí.
No porque hubiera ganado contra Sofía.
Sino porque por primera vez había dejado de vivir esperando que alguien intentara quitarme lo que amaba.
Una tarde recibí un mensaje de un número desconocido.
“¿Todavía crees que los hombres pueden ser probados?”
Lo reconocí.
Era Sofía.
Miré el mensaje.
Después lo eliminé.
Porque había aprendido algo mucho más importante que cómo proteger a un novio.
Había aprendido a protegerme a mí misma.
Y esta vez, nadie volvería a decidir cuánto valía mi felicidad.