Matteo la miró durante varios segundos.
Luego, por primera vez en más de un año, hizo algo que Vincent no había vuelto a ver.
Intentó mover la pierna.
Fue apenas un pequeño movimiento, casi imperceptible.
Pero Clara lo vio.
—Eso es —susurró—. Otra vez.
Matteo apretó los dientes.
La pierna tembló.
Vincent se quedó inmóvil frente al monitor.
No estaba viendo a un niño roto.
Estaba viendo a su hijo luchar.
Aquella noche, Clara terminó su turno y salió de la habitación.
Matteo permaneció despierto.
Vincent observó cómo el niño miraba hacia la puerta.
—Papá —susurró.
Vincent dejó caer el vaso que sostenía.
Era la primera palabra que Matteo pronunciaba en meses.
Corrió hacia la habitación.
Pero cuando abrió la puerta, Matteo ya estaba dormido.
Clara estaba en el pasillo.
—¿Lo escuchaste?
Vincent la miró.
—Sí.
Ella asintió.
—Entonces deja de mirarlo como si fuera a morir.
Aquella frase lo golpeó más que cualquier amenaza.
Durante los días siguientes, Matteo comenzó a hablar poco a poco.
Una palabra.
Luego dos.
Después frases cortas.
Vincent empezó a pasar más tiempo con su hijo.
Pero algo seguía inquietándolo.
Clara nunca preguntaba por la madre de Matteo.
Nunca hablaba de la explosión.
Nunca mostraba curiosidad por la familia Rossi.
Hasta que una noche Vincent revisó las cámaras después de que todos se habían retirado.
Eran las 23:17.
Clara había terminado su turno hacía cuatro horas.
Pero seguía dentro de la casa.
Vincent frunció el ceño.
La encontró entrando silenciosamente en la habitación de Matteo.
Cerró la puerta.
Se arrodilló junto a la cama.
Y entonces hizo algo inesperado.
Sacó de su bolso una fotografía.
La colocó sobre la almohada.
Matteo abrió los ojos.
Clara le habló en voz baja.
—Tu madre me pidió que te encontrara.
Vincent se quedó helado.
La imagen mostraba a Elena, su esposa fallecida, sosteniendo a Matteo cuando era bebé.
Clara acarició la fotografía.
—Ella sabía que algún día alguien intentaría hacerte daño.
Vincent acercó el rostro al monitor.
Su corazón comenzó a golpearle el pecho.
Clara continuó.
—No puedo decirte todo todavía.
Matteo la miró.
—¿Mi mamá sabía?
Clara asintió.
—Sabía que la explosión no estaba destinada a tu padre.
Vincent dejó de respirar.
La explosión había sido investigada durante meses.
Todos habían asumido que él era el objetivo.
Pero Clara acababa de decir lo contrario.
El monitor mostró cómo Matteo tomaba la mano de la joven.
—¿Quién lo hizo?
Clara miró hacia la puerta.
—Alguien que todavía está dentro de esta casa.
Vincent se levantó lentamente.
Durante años había vigilado a todos.
Había instalado cámaras para descubrir traidores.
Había interrogado empleados.
Había despedido guardaespaldas.
Había buscado enemigos fuera de sus muros.
Y nunca había pensado que el peligro pudiera estar sentado en su propia mesa.
Entonces Clara levantó la mirada directamente hacia la cámara oculta.
Vincent se quedó paralizado.
Ella no podía verla.
O eso había creído.
Clara sonrió apenas.
Después dijo:
—Si estás viendo esto, Vincent, deja de esconderte detrás de las cámaras.
La sala de control quedó en silencio.
Vincent sintió algo que no había sentido en años.
Miedo.
No por él.
Por Matteo.
Porque Clara acababa de demostrar que sabía mucho más de lo que había contado.
Y antes de que Vincent pudiera reaccionar, la joven sacó un segundo documento de su bolso.
Lo colocó sobre la cama.
En la parte superior aparecía un nombre que Vincent conocía demasiado bien.
El suyo.
Debajo había una fecha.
La fecha exacta de la explosión.
Y una firma.
La firma de Elena.
Vincent acercó una mano al monitor.
Su esposa llevaba catorce meses muerta.
Pero aparentemente había dejado una advertencia.
Una que Clara había esperado todo este tiempo para entregarle.
Y ahora Vincent estaba a punto de descubrir por qué Elena había confiado en una desconocida en lugar de confiar en él.