PARTE 2: La casa que ya no podían quitarme

La puerta principal se abrió.

Mi madre entró cargando otra caja.

—Naomi, esto es lo último. Derek y los niños llegan mañana.

La miré en silencio.

—Puedes dejarla ahí.

Ella sonrió, satisfecha.

—Sabía que finalmente entenderías.

No respondí.

Mi padre apareció detrás de ella.

—Tu hermano necesita estabilidad.

—Lo sé.

—Entonces no hagas esto más difícil.

Tomé la caja y la dejé junto a la puerta.

—No pienso hacerlo.

Mi madre me miró con sorpresa.

—¿Qué quieres decir?

Saqué las llaves de mi bolsillo.

—Que ya no vivo aquí.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Me mudé.

Mi padre frunció el ceño.

—¿A dónde?

—A mi propio apartamento.

Mi madre soltó una risa nerviosa.

—No puedes estar hablando en serio.

—Lo estoy.

Entonces sacó su teléfono.

—Derek viene mañana. No puedes hacerle esto.

La miré.

—Yo no le estoy haciendo nada a Derek.

—Esta es su casa.

—No.

Saqué una carpeta de mi bolso.

—Esta es la casa de ustedes.

—Pero durante tres años fui yo quien pagó la caldera, los impuestos atrasados, varias reparaciones y parte de las facturas.

Mi padre abrió la boca.

—Eso fue ayuda familiar.

—Exactamente.

Puse los recibos sobre la mesa.

—Ayuda familiar.

Mi madre los apartó.

—No empieces a sacar cuentas ahora.

—No estoy sacando cuentas.

La miré directamente.

—Estoy cerrando cuentas.

Mi padre permaneció callado.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Sophie.

Contesté.

—¿Qué pasó?

Su voz sonaba seria.

—Naomi, encontré algo más.

Me alejé unos pasos.

—¿Qué?

—La escritura de la casa.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué tiene?

—Necesito que vengas a mi oficina.

—¿Ahora?

—Sí.

Colgué.

Mi madre me observaba.

—¿Qué ocurre?

—Nada que tenga que ver contigo.

Tomé mi bolso.

Cuando estaba a punto de salir, mi padre habló.

—Naomi.

Me detuve.

—Tu madre se equivocó al llamarte parásito.

Lo miré.

—Pero tú también estabas allí.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

Salí sin decir nada más.

Una hora después estaba frente al escritorio de Sophie.

Ella colocó un documento delante de mí.

—Esta es la escritura original.

La revisé.

Mi nombre no aparecía como propietaria.

Pero había una anotación que nunca había visto.

—¿Qué significa esto?

Sophie señaló una cláusula.

—Hace tres años se registró un acuerdo de préstamo garantizado.

—¿A nombre de quién?

Me quedé inmóvil.

—A tu nombre.

Sentí que el aire se detenía.

—¿Qué?

Sophie asintió.

—El dinero que pagaste para cubrir los impuestos y la caldera no fue simplemente dinero que entregaste a tus padres.

—Está documentado como préstamo.

Miré la cifra.

Era mucho mayor de lo que había imaginado.

Y entonces entendí por qué mi madre había insistido durante tres años en que nunca guardara los recibos.

Por qué mi padre había evitado hablar de las reparaciones.

Y por qué aquella mañana habían recibido mi salida con tanta tranquilidad.

Ellos creían que yo estaba abandonando la casa.

No sabían que, legalmente, acababa de descubrir una deuda que podía cambiar por completo quién tenía el control sobre ella.

Sophie cerró la carpeta.

—Naomi, todavía no hagas nada.

—¿Por qué?

Me miró fijamente.

—Porque hay otra firma en este documento.

La señaló.

Reconocí el nombre inmediatamente.

Era Derek.

Y la fecha era exactamente dos días antes de que mi madre me llamara parásito.

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