PARTE 2: La persona que Mariana temía más que a la muerte

Miré hacia la puerta.

Mi madre seguía allí.

Pero algo había cambiado en su rostro.

El asombro parecía perfecto.

Demasiado perfecto.

—Dios mío… —murmuró—. ¿Quién te ha hecho eso?

Mariana soltó un gemido.

No de dolor.

De miedo.

Y entonces lo comprendí.

No estaba mirando sus heridas.

Estaba mirando a Carmen.

—Mari —susurré—. ¿Quién te hizo esto?

Mi esposa cerró los ojos.

—No puedo.

—Sí puedes.

Intenté acercarme, pero ella gritó.

—¡No me toques!

Retrocedí inmediatamente.

—Está bien. No voy a tocarte.

Saqué el móvil.

—Voy a llamar a una ambulancia.

Mi madre avanzó.

—No hace falta montar un escándalo. Podemos llevarla nosotros.

Mariana comenzó a hiperventilar.

—¡No!

Aquella reacción terminó de despertar algo dentro de mí.

Marqué emergencias.

—Mi esposa está embarazada de siete meses. Tiene quemaduras, hematomas y heridas infectadas en ambas piernas.

Carmen palideció.

—Julián, cuelga.

La miré.

—¿Por qué?

—Porque van a empezar a hacer preguntas.

—Eso espero.

Veinte minutos después, los sanitarios entraban en nuestro dormitorio.

Cuando intentaron descubrir completamente las piernas de Mariana, uno de ellos frunció el ceño.

—Estas lesiones no son recientes.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Algunas parecen tener varias semanas.

Sentí náuseas.

Semanas.

Yo había dormido junto a ella cada noche.

Y no había visto nada.

En el hospital, un médico me pidió que esperara fuera mientras examinaban a Mariana.

Carmen se sentó a mi lado.

—Hijo, tienes que prepararte.

—¿Para qué?

—Quizá Mariana se hizo eso sola.

La miré lentamente.

—¿Por qué dirías algo así?

Mi madre titubeó.

—No lo sé. Depresión prenatal. Mujeres inestables…

Entonces la puerta se abrió.

Una enfermera salió.

—Señor, su esposa quiere hablar con usted.

Entré solo.

Mariana estaba conectada a varios monitores.

—El bebé está estable —dijo.

Me acerqué despacio.

—Eso es lo único que importa ahora.

Ella negó con la cabeza.

—No.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tienes que saberlo.

Me senté.

—Dímelo.

Mariana miró hacia la puerta.

—Tu madre empezó a venir cuando tú estabas trabajando.

Sentí que algo me atravesaba el pecho.

—¿Mi madre?

Mariana comenzó a llorar.

—Al principio eran insultos. Decía que te había atrapado con el embarazo. Que el niño probablemente ni siquiera era tuyo.

Apreté los puños.

—Después empezó a golpearme.

No pude respirar.

—¿Y las quemaduras?

Mariana se cubrió el rostro.

—Una tarde calentó agua.

Tuve que levantarme.

Sentía que iba a vomitar.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque tenía fotografías.

—¿De qué?

Mariana me miró.

—De ti.

Me quedé inmóvil.

—¿Mías?

—Me dijo que podía hacer que te despidieran. Que conocía al dueño de la ferretería. También dijo que si hablaba, conseguiría demostrar que yo era una madre inestable y me quitaría al bebé cuando naciera.

Negué con la cabeza.

—No podía hacer eso.

—Yo tampoco lo creía.

Mariana buscó algo dentro de su bolso.

Sacó un teléfono viejo.

—Hasta que me enseñó esto.

Había mensajes.

Fotografías.

Documentos.

Y una conversación entre Carmen y alguien cuyo nombre no reconocí.

“Cuando nazca, hacemos la prueba.”

“Si coincide, Julián nunca debe enterarse.”

Levanté la vista.

—¿Qué significa esto?

Mariana empezó a temblar.

—Eso es lo que todavía no entiendo.

En ese momento entró el médico.

Su expresión era grave.

—Señor, necesitamos hablar sobre las lesiones de su esposa.

—¿El bebé corre peligro?

—Por ahora está estable.

Miró los informes.

—Pero encontramos algo extraño durante los análisis.

Mariana y yo nos miramos.

—¿Qué cosa?

El médico dudó.

—Su esposa presenta restos de un medicamento que puede provocar somnolencia intensa y pérdida de memoria.

Sentí que el mundo se detenía.

—Yo no tomo nada —susurró Mariana.

El médico frunció el ceño.

—Entonces alguien se lo administró.

Recordé inmediatamente las infusiones que mi madre llevaba cada semana.

“Son buenas para el embarazo.”

Me dirigí hacia la puerta.

Pero Mariana me agarró del brazo.

—Julián.

Me volví.

—Hay algo más.

Sacó una pequeña grabadora del bolso.

—Hace cuatro días fingí beber la infusión y escondí esto debajo de la cama.

Pulsó reproducir.

Primero escuché la voz de Carmen.

“Cuando nazca el niño, todo habrá terminado.”

Después respondió una voz masculina.

Una voz que conocía.

Una voz que llevaba escuchando desde que tenía veinte años.

Mi jefe.

Don Ricardo.

“Más te vale, Carmen. Llevo treinta años esperando saber si ese niño pertenece realmente a mi familia.”

Miré a Mariana.

—¿Qué demonios significa eso?

Pero la grabación continuó.

Carmen respondió con una frase que me dejó sin aire.

“Primero tendremos que decirle a Julián que Ricardo no es solo su jefe.”

La puerta de la habitación se abrió lentamente.

Mi madre estaba allí.

Y esta vez ya no fingía sorpresa.

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