PARTE 2: El día que Gabriel empezó a perderme

Gabriel me observó durante varios segundos.

Parecía esperar que sonriera, que dijera que estaba bromeando o que tomara las llaves para correr a la tintorería.

No hice ninguna de esas cosas.

Me serví un vaso de agua y caminé hacia el dormitorio.

—Elena.

Su voz sonó detrás de mí.

Me detuve.

—¿Qué?

—Últimamente estás rara.

Casi me reí.

Después de años juntos, había necesitado apenas dos días sin mis cuidados para notar que algo había cambiado.

—Estoy ocupada con el trabajo.

—Siempre has estado ocupada.

—Entonces quizá antes dedicaba demasiado tiempo a cosas que no me correspondían.

Su expresión se endureció.

—¿Estás enfadada por algo?

Lo miré.

Por un instante sentí el impulso de preguntarle por Sophia.

De decirle que había visto los mensajes.

Que sabía de la sopa.

Que sabía cómo sonaba su voz cuando hablaba con ella.

Pero ya no quería explicaciones.

Cuando una persona necesita enseñarle a otra cómo quererla, la respuesta ya está bastante clara.

—No —respondí—. No estoy enfadada.

Gabriel frunció el ceño.

—Entonces mañana recoge el traje.

—No puedo.

—Elena.

—Puedes hacerlo tú.

Entré al dormitorio y cerré la puerta.

Aquella noche dormimos separados por primera vez sin haber discutido realmente.

Él permaneció en el salón.

Yo abrí el armario y empecé a decidir qué llevaría a Londres.

Dos maletas.

Eso era todo lo que quería conservar de aquella casa.

Durante los días siguientes, mi vida cambió silenciosamente.

Cancelé la renovación del gimnasio compartido.

Transferí mis documentos personales.

Guardé mis joyas.

Entregué proyectos.

Vendí algunas cosas.

Cada pequeño movimiento borraba una parte de la vida que había construido alrededor de Gabriel.

Él apenas lo notó.

Sophia ocupaba demasiado espacio en su atención.

Hasta el viernes.

Aquella tarde, Recursos Humanos me llamó.

—Elena, tu visado ha sido aprobado antes de lo previsto.

—Perfecto.

—Además, Londres ha solicitado que asumas oficialmente como directora regional durante el primer año.

Me quedé inmóvil.

Era un ascenso.

Uno por el que había trabajado durante años.

Y que probablemente habría rechazado si Gabriel hubiese dicho una sola vez:

—No te vayas.

—Acepto.

Al colgar, respiré profundamente.

Entonces apareció un mensaje suyo.

“Esta noche cena con mis padres. No llegues tarde.”

Había olvidado por completo aquella cena.

Cuando llegué al restaurante, Gabriel y sus padres ya estaban allí.

Pero no estaban solos.

Sophia estaba sentada junto a él.

Llevaba un vestido blanco y sonreía mientras la madre de Gabriel le servía comida personalmente.

Al verme, la conversación se detuvo.

—Elena —dijo Sophia con una sonrisa—. Espero que no te moleste que haya venido.

Me senté frente a ellos.

—Como quieras.

La mano de Gabriel se congeló alrededor de su copa.

Fue la primera vez que le devolví aquellas palabras.

Y, curiosamente, no pareció gustarle.

Durante la cena, Sophia habló de recuerdos de infancia que yo no compartía.

La madre de Gabriel reía.

Su padre preguntaba por su trabajo.

Gabriel le retiró discretamente de un plato algo que contenía cilantro.

Yo observé aquel gesto sin sentir ya dolor.

Solo claridad.

Entonces la madre de Gabriel sacó una pequeña caja roja.

—Ya que todos estamos aquí, deberíamos hablar del día quince.

Mi mano se detuvo.

Gabriel levantó la mirada.

Su madre sonrió.

—Por fin vais a registrar el matrimonio.

Sophia palideció.

—¿El día quince?

Gabriel asintió.

—Sí.

Ella dejó lentamente los cubiertos.

—Pero tú me dijiste que ese día me acompañarías al hospital.

La mesa quedó en silencio.

La madre de Gabriel miró a su hijo.

—¿Hospital?

Sophia pareció darse cuenta de que había hablado demasiado.

—No es nada importante.

Gabriel intervino enseguida.

—Podemos cambiar la fecha del registro.

Lo dijo con absoluta naturalidad.

Como si nuestro matrimonio fuera otra cita cualquiera.

Su madre frunció el ceño.

—¿Cambiarla? Ya está todo preparado.

Gabriel me miró.

—Elena, podemos hacerlo otro día, ¿verdad?

Todos los ojos se volvieron hacia mí.

Durante años, esa pregunta habría destrozado mi corazón.

Ahora solo levanté la copa.

—Como quieras.

Gabriel apretó la mandíbula.

—¿Puedes dejar de decir eso?

Lo miré con calma.

—¿Por qué? Tú me enseñaste que es una respuesta perfectamente válida.

Sophia bajó la mirada.

Gabriel no dijo nada durante el resto de la cena.

Al volver a casa, cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Qué te pasa?

Dejé el bolso.

—Nada.

—Llevas días tratándome como si fuera un extraño.

—Quizá simplemente he dejado de tratarte como si fueras mi responsabilidad.

Su rostro cambió.

—¿Esto es por Sophia?

Finalmente.

Pronunció su nombre antes que yo.

Sonreí levemente.

—¿Por qué tendría que serlo?

—Porque desde que volvió estás diferente.

—No, Gabriel.

Lo miré directamente.

—Desde que volvió ella, tú eres exactamente el mismo. La diferencia es que ahora entiendo por qué.

Por primera vez, no tuvo respuesta.

Pasé junto a él.

Entonces me agarró de la muñeca.

—¿Qué significa eso?

Bajé la mirada hacia su mano.

Era curioso.

Habían pasado años hasta que Gabriel intentó detenerme.

Y solo lo hizo cuando yo ya había decidido marcharme.

—Suéltame.

Sus dedos se aflojaron.

Entré al dormitorio.

Sobre la cama estaba mi maleta abierta.

Gabriel apareció en la puerta.

Se quedó completamente quieto.

—¿Qué es esto?

Doblé una camisa y la guardé.

—Equipaje.

—¿Adónde vas?

Mi teléfono vibró sobre la cama.

Antes de que pudiera cogerlo, Gabriel miró la pantalla iluminada.

Era un mensaje de Recursos Humanos.

“Todo confirmado, Elena. Billete a Londres emitido para el día 15. El coche te recogerá a las seis de la mañana.”

El silencio se volvió insoportable.

Gabriel leyó el mensaje una segunda vez.

Luego levantó lentamente la cabeza.

—¿Londres?

No respondí.

Su rostro perdió el color.

—Elena… el día quince es nuestra boda.

Cerré la cremallera de la maleta.

—Ya no.

Entonces sonó su teléfono.

Sophia.

Gabriel no contestó.

Por primera vez desde que ella había vuelto, ni siquiera miró la llamada.

Solo me observó.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró otra vez.

Esta vez apareció un mensaje en la pantalla.

Y aunque estaba a varios pasos, pude leerlo claramente.

“Gabriel, tienes que decírselo antes de que se vaya. Elena todavía no sabe lo que ocurrió realmente entre nosotros aquella noche.”

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