PARTE 2: El recuerdo que Alejandro había enterrado

Alejandro permaneció inmóvil mientras Rafael se alejaba con Sofía en brazos.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener una respuesta preparada.

Renata se acercó a él.

—Alejandro, ¿qué pasa?

Él no contestó.

Seguía mirando a la niña.

—Mariana —dijo finalmente—. Necesito hablar contigo.

—No.

—Solo cinco minutos.

—No tenemos nada que hablar.

Alejandro apretó la mandíbula.

—¿Sofía es mi hija?

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Yo no respondí inmediatamente.

No porque dudara.

Sino porque durante cinco años había imaginado ese momento de muchas maneras.

En algunas versiones, Alejandro lloraba.

En otras, se arrodillaba y pedía perdón.

En otras, yo simplemente le decía la verdad y me marchaba.

Pero ninguna incluía la expresión que tenía ahora.

Miedo.

—¿Por qué preguntas eso ahora? —dije.

—Porque nació aproximadamente nueve meses después de nuestra separación.

—No.

—Entonces dime que estoy equivocado.

—No estás equivocado sobre las fechas.

Su respiración se volvió más pesada.

—Entonces es mi hija.

—No.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué significa ese no?

—Significa que biológicamente puedes ser su padre. Pero un padre es otra cosa.

Sus ojos se humedecieron.

—Mariana…

—No apareciste cuando nació.

—No sabía que estabas embarazada.

—Sí lo sabías.

La expresión de Alejandro cambió.

—¿Qué?

Lo miré fijamente.

—Te lo dije.

Silencio.

Y entonces lo recordó.

La tarde en que llegué a su oficina con un sobre blanco.

La ecografía.

La manera en que él ni siquiera quiso abrirla.

Y las palabras que me había dicho.

—No voy a criar un hijo con una mujer de la que ya no estoy enamorado.

Alejandro palideció.

Yo continué.

—Después dijiste que si estaba embarazada, era problema mío.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No recuerdo haber dicho eso.

—Yo sí.

Renata estaba a unos pasos.

Había dejado de sonreír.

—Alejandro…

Él levantó una mano.

—No.

Volvió a mirarme.

—¿Por qué nunca me dijiste que nació?

—Porque tú pediste que desapareciera de tu vida.

—No pedí eso.

—Sí lo hiciste.

Saqué de mi bolso un pequeño sobre.

Lo había guardado durante cinco años.

Se lo entregué.

Alejandro lo tomó con manos temblorosas.

Dentro había una copia del certificado de nacimiento.

Su nombre aparecía en una línea.

Pero debajo había una anotación.

“Padre no presente durante el nacimiento.”

Alejandro cerró los ojos.

—¿Por qué hiciste esto?

—Porque el día que Sofía nació, llamé a tu madre.

Él abrió los ojos.

—¿A mi madre?

—Sí.

—Le dije que estabas en trabajo de parto.

—Le dije que necesitabas saberlo.

—Y ella me respondió que no quería que te molestara.

Alejandro se quedó completamente quieto.

—¿Qué?

—Eso fue lo que dijo.

Renata dio un paso hacia nosotros.

—Alejandro, quizá deberíamos irnos.

Él la miró.

Y por primera vez no parecía verla como la mujer por la que había abandonado su matrimonio.

Parecía verla como una desconocida.

—¿Tú sabías que Mariana estaba embarazada?

Renata palideció.

—Yo…

—¿Lo sabías?

—Me enteré después.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—¿Cuándo?

Renata no respondió.

Yo observé en silencio.

Entonces ella bajó la mirada.

—Tu madre me lo contó.

Alejandro retrocedió.

—¿Mi madre sabía?

—Sí.

—¿Y tú también?

—Sí.

La música de la boda seguía sonando al fondo.

Los invitados reían.

Las copas chocaban.

Pero alrededor de nosotros todo parecía haberse detenido.

Alejandro volvió a mirarme.

—¿Por qué nadie me dijo?

—Eso tendrás que preguntárselo a tu familia.

—¿Y Rafael?

—¿Qué pasa con él?

—¿Él sabía?

Sonreí ligeramente.

—Rafael estuvo conmigo cuando nació Sofía.

Alejandro tragó saliva.

—¿Es su padre?

—No.

—Entonces…

—Es el hombre que estuvo.

Aquella frase lo golpeó más que cualquier insulto.

Rafael apareció nuevamente junto a nosotros.

Sofía llevaba un trozo de pastel en una mano.

—Mamá, mira.

Sonreí.

—Muy bonito, cariño.

Rafael limpió un poco de crema de su mejilla.

Alejandro observó el gesto.

Y entonces preguntó algo que jamás había imaginado escuchar de él.

—¿Ella sabe quién soy?

Miré a Sofía.

—Sabe que existes.

—¿Qué le has dicho?

—La verdad.

—¿Cuál verdad?

—Que su padre biológico tomó una decisión hace cinco años.

Alejandro cerró los ojos.

—¿Y qué decisión fue?

—Elegir no conocerla.

El silencio fue absoluto.

Alejandro bajó la mirada.

Después miró a Rafael.

—¿La has criado tú?

Rafael respondió tranquilamente.

—La he acompañado.

—¿La amas?

Rafael miró a Sofía.

—Como si fuera mi propia hija.

Alejandro apretó los labios.

—Yo también podría haberlo hecho.

Rafael no respondió.

Yo sí.

—Pero no lo hiciste.

Alejandro parecía estar a punto de decir algo cuando su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Era su madre.

Contestó.

—Mamá, necesito preguntarte algo.

Hubo una pausa.

—¿Sabías que Mariana estaba embarazada cuando nos divorciamos?

Su rostro cambió.

Escuchó durante varios segundos.

Después preguntó:

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

Otra pausa.

Alejandro cerró los ojos.

—¿Qué quieres decir con que fue lo mejor para mí?

Colgó.

Su mano temblaba.

Me miró.

—Mi madre dice que tú inventaste el embarazo para impedir mi matrimonio con Renata.

Sentí una mezcla de tristeza y cansancio.

—¿Y le creíste?

—En aquel momento, sí.

—¿Por eso nunca preguntaste?

—Sí.

Rafael dio un paso hacia Sofía.

Alejandro lo miró.

Entonces comprendió.

Durante cinco años había creído que yo había ocultado a su hija por venganza.

Pero la verdad era mucho peor.

Había sido él quien decidió no buscarla.

Y su familia había ayudado a mantenerlo lejos.

Alejandro volvió a mirar a Sofía.

La niña levantó la cabeza y sonrió.

—¿Quién es ese señor?

Yo me arrodillé junto a ella.

—Es alguien que conocí hace mucho tiempo.

Alejandro contuvo la respiración.

Esperaba que dijera algo más.

No lo hice.

Sofía tomó la mano de Rafael.

—Vamos, papá.

Rafael sonrió.

Y los dos se alejaron.

Alejandro permaneció allí.

Solo.

Renata ya no estaba a su lado.

Y entonces recordó algo más.

Algo que había sucedido la noche de nuestro divorcio.

La última frase que me había dicho antes de cerrar la puerta.

“Si algún día descubro que ese hijo es mío, será demasiado tarde.”

Alejandro se llevó una mano al rostro.

Porque acababa de comprender que sus propias palabras se habían convertido en una profecía.

Y esta vez, no había dinero, disculpa ni poder capaz de devolverle los cinco años que había perdido.

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