A las siete de la mañana del viernes, Nico seguía buscándome.
Lo supe porque Arthur llamó al único número que todavía conservaba desde antes de conocer a Nico: el de mi hermana, Elena. Ella me pasó el teléfono después de preguntarme si quería contestar.
—Nico vio las imágenes —dijo Arthur—. Sabe a qué hora saliste.
—Entonces también sabe lo que dijo diez minutos antes.
Arthur no intentó defenderlo.
—Ordenó que revisaran hoteles y estaciones. Le dije que detuviera la búsqueda.
Miré la habitación estrecha donde había pasado la noche. La bolsa de lona estaba abierta sobre una silla; mis botas seguían junto a la puerta, listas para salir.
—Dile que no quiero que me encuentren.
—Se lo dije. No escuchó.
—Entonces escúchame tú, Arthur. Si alguien de su gente me sigue, acudiré a la policía.
Arthur guardó silencio.
—Entendido —respondió al fin.
Colgué y me fui del hotel. No porque Nico tuviera derecho a perseguirme, sino porque necesitaba descansar sin imaginar a sus hombres en el pasillo. Elena me ofreció su sofá. Llevábamos meses sin vernos: cada vez que le proponía una visita, terminaba cancelándola porque Nico me pedía que me quedara.
Mi hermana abrió la puerta, vio mi bolsa y no hizo preguntas hasta que me senté.
—Se acabó —dije.
Elena me puso una taza de café delante.
—Entonces puedes quedarte el tiempo que necesites.
Tres días después, Nico llamó al teléfono de mi hermana. Ella me entregó el aparato y se quedó cerca mientras contestaba.
—Vuelve a casa —dijo él.
Reconocí el tono con el que daba órdenes en su estudio. Antes lo había confundido con seguridad.
—Ya no vivo allí.
—Lo que le dije a Arthur fue una estupidez. Estaba enfadado.
—No estabas enfadado conmigo. Creías que no podía oírte.
Respiró hondo.
—Llevo días sin dormir.
Pensé en todas las noches que yo había pasado despierta esperando el ascensor. Quise decírselo, pero sabía que usaría mi dolor para mantener abierta la conversación.
—Tienes que dejar de buscarme, Nico.
—¿Qué quieres que haga con tus cosas?
—La ropa y los documentos que dejé. Elena coordinará cuándo recogerlos. Los regalos son tuyos.
—No los quiero.
—Yo tampoco.
Al otro lado de la línea se oyó el ruido lejano de una puerta.
—¿Hay alguien más contigo? —preguntó.
—Sí. Mi hermana.
—Siempre decía que yo te mantenía alejada de tu familia.
—Tenía razón.
Nico no respondió. Terminé la llamada.
Arthur ayudó a organizar la recogida de mis pertenencias sin decirle dónde vivía Elena. Fui acompañada por ella y por un empleado de mudanzas. Nico no estaba en el ático. En el vestidor encontré cartas de mi madre, fotografías de mi infancia y una libreta donde había anotado ideas para el pequeño negocio de reparación de ropa que soñaba abrir antes de mudarme con él.
Me quedé mirando sus páginas manchadas de café. Durante tres años había recordado cada detalle de las cenas de Nico y había olvidado que yo también tenía planes.
En la cocina seguía la bandeja de plata. La fruta se había echado a perder. La llevé al fregadero y la vacié. Elena, que esperaba junto a la puerta, no me apuró.
Pasaron los meses. Encontré trabajo en un taller de arreglos y empecé a ahorrar para comprar mis propias máquinas. Nico envió flores una vez; le pedí a Arthur que le dijera que no volviera a hacerlo. Después dejó de contactarme. No supe si cambió las cerraduras aquella mañana. Supe que la llave que yo tenía ya no abría ninguna parte de mi vida.
El primer viernes que cerré el taller sola, encontré a Elena esperándome afuera con dos porciones de pizza. Comimos sentadas en un banco, viendo a la gente volver a casa.
—¿Todavía piensas en él? —me preguntó.
—A veces.
—¿Y qué piensas?
Miré mis manos. Tenía una pequeña marca de tiza azul en un dedo y un pinchazo reciente de aguja.
—Que me creyó incapaz de irme —dije—. Y que yo también lo creí durante demasiado tiempo.
Elena me pasó una servilleta para limpiar la tiza. Luego me pidió que le enseñara el local que había encontrado para mi negocio. Saqué las fotos del teléfono y empezamos a discutir dónde cabrían las máquinas de coser.