PARTE 2: LA REUNIÓN QUE JULIAN NO SABÍA QUE HABÍA PERDIDO

Julian volvió seis días después.

Exactamente 144 horas.

Entró en Vale Meridian sonriendo, bronceado y con Chloe caminando detrás de él.

Maya lo esperaba frente al ascensor.

—Señor Vale…

—Después, Maya.

—No puede esperar.

Julian siguió caminando.

—Tengo una reunión en diez minutos.

—Ya no.

Se detuvo.

—¿Qué?

Maya tenía los ojos rojos.

—La junta se reunió ayer.

La sonrisa desapareció.

—¿Sin mí?

—La señora Vale revocó su poder de voto.

Julian palideció.

—¿Dónde está Evelyn?

Maya tardó unos segundos en responder.

—Su esposa se desangró mientras usted estaba en Napa.

Julian quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

—Perdió al bebé.

Chloe dio un paso atrás.

Julian miró a Maya como si no entendiera las palabras.

—¿Daniel?

—Murió.

El teléfono de Julian cayó al suelo.

—No.

—Ella lo llamó siete veces.

Entonces Maya sacó una carpeta.

—También firmó el divorcio.

Julian no la tomó.

—¿Dónde está?

—Se fue.

Corrió hacia su oficina.

Su tarjeta no abrió la puerta.

Lo intentó otra vez.

Rojo.

—¿Qué demonios pasa?

El jefe de seguridad se acercó.

—Señor Vale, su acceso ejecutivo fue suspendido.

—Soy el CEO.

Maya negó lentamente.

—Era.

La junta había votado aquella mañana.

Con mi 52% de acciones y el apoyo de dos directores independientes, Julian había sido apartado temporalmente mientras se investigaban gastos corporativos.

Incluido Napa.

Incluidas las habitaciones.

Incluidos los regalos que Chloe había recibido mediante cuentas de Vale Meridian.

Julian se volvió hacia ella.

—Me dijiste que esos gastos estaban cubiertos.

Chloe perdió el color.

—Lo estaban.

—¿Por quién?

No respondió.

Maya dejó otra carpeta sobre una mesa.

—Auditoría interna.

Julian la abrió.

Durante ocho meses, alguien había autorizado pagos a una consultora llamada Marr Strategic Advisory.

Casi 1,9 millones de dólares.

Chloe era su propietaria.

—Yo nunca aprobé esto —dijo Julian.

—Su firma aparece en cada transferencia —respondió Maya.

—Son falsas.

Chloe retrocedió.

Julian la miró.

Y por primera vez pareció comprender que la mujer por la que había abandonado a su esposa quizá también lo había estado utilizando.

—Chloe.

—No hagas una escena.

—¿Falsificaste mi firma?

Ella agarró su bolso.

—Habla con tus abogados.

Se marchó.

Julian ni siquiera intentó detenerla.

Esa tarde apareció en la casa.

Pero yo ya no estaba.

La habitación del bebé estaba vacía.

Solo había dejado una cosa sobre la cómoda.

La pequeña manta azul del hospital.

Y debajo, una copia del último mensaje que él me había enviado:

¿Puede esto esperar? Estoy en reuniones.

Julian se sentó en el suelo.

Según Maya, permaneció allí casi una hora.

Pero aquello todavía no era lo peor.

A la mañana siguiente, recibió una llamada del abogado de mi padre.

—Señor Vale, necesitamos hablar sobre el fideicomiso.

—Ya sé que Evelyn controla las acciones.

—No me refiero a esas acciones.

Silencio.

—¿Entonces a qué?

—Al fideicomiso de Daniel.

Julian dejó de respirar.

Mi padre había establecido años atrás que cualquier hijo mío recibiría, desde el momento de su concepción legalmente documentada, una participación adicional en Vale Meridian.

Daniel había existido treinta y una semanas.

Y esa participación ya había sido activada.

—¿Quién la controla ahora? —preguntó Julian.

El abogado respondió:

—Evelyn.

Julian cerró los ojos.

—¿Cuánto?

—Once por ciento adicional.

Eso significaba que yo ya no controlaba solamente el 52%.

Controlaba el 63%.

Pero entonces el abogado añadió:

—Hay algo más que debería saber.

—¿Qué?

—Tres semanas antes del viaje a Napa, alguien solicitó modificar el beneficiario del fideicomiso de Daniel.

Julian se quedó helado.

—Yo jamás hice eso.

—La solicitud lleva su firma.

—Es falsa.

—Eso creemos.

—¿Quién la presentó?

Hubo una pausa.

—Chloe Marr.

Julian apretó el teléfono.

—¿Y a quién intentaba poner como beneficiario?

El abogado respiró lentamente.

—A un niño llamado Oliver Marr.

—¿Quién es?

Esta vez el silencio duró demasiado.

—Según el certificado de nacimiento que Chloe adjuntó a la solicitud —respondió el abogado—, Oliver tiene cuatro años.

Otra pausa.

—Y usted figura como su padre.

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