PARTE 2: La renuncia que Sebastian nunca quiso aceptar

Durante las siguientes seis semanas aprendí dos cosas.

La primera: esconder un embarazo en una oficina era más difícil de lo que imaginaba.

La segunda: Sebastian me observaba demasiado para ser un hombre al que supuestamente ya no le importaba.

Dejé el café.

Comía pequeñas porciones cada pocas horas.

Y cada vez que alguien pedía mariscos durante las reuniones, encontraba una excusa para alejarme.

Sebastian no preguntaba.

Solo miraba.

Hasta aquel lunes.

Entré en su despacho y coloqué un sobre sobre la mesa.

—Mi renuncia.

Sebastian dejó de escribir.

—¿Qué?

—Trabajaré hasta final de mes. Recursos Humanos ya tiene una copia.

Tomó el documento.

—¿A dónde te vas?

—Todavía no lo he decidido.

—Entonces no tienes otro empleo.

—No.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y renuncias a uno de los mejores salarios del sector sin tener otro trabajo?

—Sí.

—Olivia, eso no tiene sentido.

Sonreí.

—Mi vida dejó de necesitar tener sentido para ti cuando firmamos el divorcio.

Por primera vez no tuvo respuesta.


Tres días después, Recursos Humanos me llamó.

Pensé que querían hablar de mi salida.

En cambio, la directora cerró la puerta.

—Olivia, tenemos un problema con tu seguro médico.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Qué problema?

—Alguien solicitó acceso administrativo a ciertos registros de beneficios asociados a tu póliza.

—¿Quién?

Dudó.

—La oficina ejecutiva.

Sebastian.

Me levanté inmediatamente.

—Mis datos médicos no son asunto de la empresa.

—No le entregamos ningún diagnóstico —aclaró—. Solo apareció una discrepancia relacionada con tu cobertura anterior.

Eso me hizo detenerme.

—¿Anterior?

La mujer giró la pantalla.

Durante nuestro matrimonio, yo había estado incluida en un plan privado contratado por Sebastian.

Después del divorcio debía haber sido eliminada.

Pero alguien había mantenido activa mi cobertura.

—¿Sebastian?

—La autorización lleva su firma.

Salí directamente hacia su despacho.


—¿Por qué sigo en tu seguro?

Sebastian levantó la vista.

—Cierra la puerta.

—Respóndeme.

Se quedó callado demasiado tiempo.

—Porque tu cobertura terminaba inmediatamente después del divorcio.

—Eso suele ocurrir cuando dos personas dejan de estar casadas.

—Sabía que estabas teniendo problemas de salud.

Lo miré fijamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes del divorcio.

Aquello me enfureció.

—¿Y por eso la noche que tuve fiebre me colgaste?

Su expresión cambió.

—¿Qué noche?

Me reí sin humor.

—Claro.

Me giré para marcharme.

—Olivia.

Me detuve.

—Aquella llamada nunca llegó a mí.

Me volví.

Sebastian había perdido toda arrogancia.

—¿Qué estás diciendo?

—Estaba en una cena con inversionistas. Mi teléfono quedó con mi asistente porque esperaba una llamada internacional. Cuando pregunté si habías llamado, me dijo que no.

—Yo escuché tu voz.

Sebastian frunció el ceño.

—Eso es imposible.

El silencio cayó entre nosotros.

Entonces ambos recordamos a la misma persona.

Mi antigua asistente ejecutiva.

La mujer que estaba con Sebastian aquel día frente al hospital.

Natalie Quinn.

—¿Quién era la mujer que estaba contigo en el hospital? —pregunté.

—Natalie.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Estás saliendo con ella?

Sebastian pareció genuinamente sorprendido.

—¿Qué?

—Olvídalo.

—Natalie es mi prima.

Cerré los ojos un segundo.

Perfecto.

Había construido toda una historia sobre algo que ni siquiera existía.

Pero eso no cambiaba nuestro matrimonio.

Ni los años de distancia.

Ni el bebé.


Aquella tarde Natalie apareció en mi oficina.

—Necesitamos hablar.

—No.

—Es sobre Sebastian.

—Entonces definitivamente no.

Dejó una carpeta sobre mi escritorio.

—No fui yo quien contestó aquella llamada.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Sebastian me preguntó después del divorcio por esa noche. Revisé los registros.

Sacó una impresión.

Mi llamada había sido desviada durante treinta y siete segundos a otro dispositivo corporativo.

—¿De quién?

Natalie señaló el nombre.

Richard Hale.

El padre de Sebastian.

—¿Por qué su padre respondería el teléfono de Sebastian?

—No lo sé.

Pero había algo más.

Richard también había autorizado la continuidad de mi seguro médico después del divorcio.

Y seis meses antes había solicitado información sobre nuestros acuerdos matrimoniales.

Mucho antes de que Sebastian y yo decidiéramos separarnos.


Esa noche recibí una llamada del hospital.

—Señora Grant, necesitamos confirmar una información administrativa relacionada con sus pruebas prenatales.

Me puse rígida.

—¿Qué información?

—Recibimos una solicitud externa de copia de documentación. No la entregamos porque faltaba su autorización.

—¿Quién la pidió?

La respuesta hizo que me sentara.

Hale Family Trust.

Yo jamás había oído ese nombre.

Llamé inmediatamente a mi abogada.

Una hora después me devolvió la llamada.

—Olivia, encontré el fideicomiso.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Contigo, probablemente nada.

Hizo una pausa.

—Pero con tu hijo puede tener mucho que ver.

El fideicomiso había sido creado por el abuelo de Sebastian.

Y contenía una cláusula que ninguno de nosotros conocía.

Si Sebastian tenía un descendiente biológico, una parte importante de las acciones familiares pasaría a una nueva rama fiduciaria protegida para ese hijo.

Eso significaba que mi embarazo podía modificar el control futuro de Hale Industries.

—Sebastian no sabe que estoy embarazada.

—Quizá Sebastian no.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

—Richard solicitó información al hospital cuatro días después de tu primera consulta.

Me quedé completamente inmóvil.

Solo tres personas sabían entonces que estaba embarazada.

Yo.

Mi médica.

Y la clínica.

Entonces llegó un correo de Recursos Humanos.

Adjuntaba el historial completo de accesos a mi expediente de beneficios.

Había una consulta realizada la mañana siguiente a mi visita al hospital.

Usuario autorizado:

R. HALE.

Pero lo verdaderamente extraño era la fecha de creación de aquel permiso.

Richard Hale había solicitado acceso especial a mis registros ocho meses antes.

Tres meses antes de que Sebastian y yo empezáramos a hablar seriamente de divorcio.

Miré mi vientre.

De repente, esconder mi embarazo de mi exmarido dejó de ser el mayor de mis problemas.

Porque alguien de la familia Hale parecía haber estado esperando un posible embarazo mucho antes de que yo supiera que existía.

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