PARTE 2: La heredera que debía cumplir treinta años

A las ocho de la mañana, Mariana Lozano ya estaba en el hospital.

No permitió que Lucía regresara a casa de Mateo.

Tampoco permitió que nadie de los Morales entrara en su habitación sin autorización.

—Primero protegemos a Lucía —dijo—. Después averiguamos qué significa este fideicomiso.

Yo asentí.

No quería soldados.

No quería favores.

Quería documentos.

Y documentos fue exactamente lo que encontramos.


El Fideicomiso Arriaga había sido creado décadas atrás por Esteban Arriaga, fundador de un grupo industrial que posteriormente se dividió entre varias ramas familiares.

Una de sus hijas era Regina Arriaga.

Después de casarse, había adoptado el apellido Morales.

—Regina Morales —murmuró Lucía.

Mariana colocó una fotografía antigua sobre la mesa.

Lucía se quedó pálida.

—La conozco.

—¿De dónde?

—Había una fotografía suya en casa de Beatriz.

La imagen siempre había estado guardada dentro de un cajón del despacho.

Cuando Lucía preguntó quién era aquella mujer, Beatriz respondió:

“Una pariente lejana.”

No lo era.

Regina había sido la bisabuela biológica de Lucía.

Y su participación nunca había desaparecido.

Había permanecido protegida durante generaciones.

La cláusula más importante era sencilla: una descendiente determinada adquiriría control directo sobre aquellos derechos al cumplir treinta años.

Lucía.

—¿Por qué nadie me dijo nada?

Mariana pasó otra página.

—Porque hasta los treinta, existe un administrador temporal.

—¿Quién?

Mariana no respondió inmediatamente.

Giró el documento.

Beatriz Morales.

Lucía dejó escapar el aire lentamente.

Su propia suegra administraba desde hacía años bienes que algún día pasarían a ella.

—Entonces Mateo sabía quién era yo antes de conocerme.

—Todavía no podemos afirmarlo —dijo Mariana—. Pero vamos a averiguarlo.


La respuesta llegó esa misma tarde.

El primer encuentro entre Mateo y Lucía supuestamente había ocurrido siete años atrás, durante una exposición universitaria.

Pero Mariana encontró una carta fechada nueve meses antes.

Estaba dirigida a Beatriz.

“La beneficiaria Lucía Ibarra ha sido localizada.”

Debajo aparecía una fotografía de Lucía saliendo de la universidad.

Sentí que se me helaban las manos.

Lucía no lloró.

Solo preguntó:

—¿Quién tomó esa fotografía?

Mariana pasó a la página siguiente.

La empresa encargada de localizarla pertenecía a Gonzalo Morales.

El mismo hombre que había participado en el intento de obligarla a firmar.

—Me investigaron antes de que Mateo me conociera.

Esta vez Mariana no la corrigió.

Los documentos sí permitían decir eso.


Mateo apareció en el hospital esa noche acompañado de un abogado.

—Lucía, necesito hablar contigo.

Ella permaneció detrás de Mariana.

—Habla.

—Yo no sabía nada del fideicomiso cuando empezamos a salir.

Beatriz apareció detrás de él.

—No le creas.

Mateo se volvió.

—Mamá, basta.

Por primera vez vi miedo en el rostro de Beatriz.

—Todo lo que hicimos fue proteger esta familia.

Mariana levantó la cita notarial.

—¿Incluyendo intentar conseguir un mandato especial antes de que Lucía cumpla treinta?

Beatriz guardó silencio.

El documento que querían que Lucía firmara habría otorgado amplias facultades para representarla en determinadas decisiones patrimoniales.

Precisamente antes de que obtuviera control directo sobre su participación.

Lucía miró a Mateo.

—¿Tú sabías para qué servía?

—Sabía que mamá quería tu firma.

—No pregunté eso.

Mateo bajó la mirada.

Y aquella respuesta sin palabras terminó de romper algo.


Pero faltaba explicar una cifra.

El supuesto treinta y ocho por ciento.

Mariana solicitó una revisión independiente.

Dos días después me llamó.

—Valeria, tenemos otro problema.

—¿Qué encontraron?

—Parte de los activos del fideicomiso ya fue movida.

Durante casi seis años se habían producido transferencias hacia varias sociedades.

Una pertenecía a Gonzalo.

Otra estaba vinculada a Beatriz.

La tercera tenía un nombre desconocido:

RM Heritage Partners.

—¿De quién es?

—Eso es lo extraño. Oficialmente, de Regina Morales.

Lucía me miró.

—Pero mi bisabuela murió hace décadas.

Exactamente.

Alguien seguía utilizando su identidad.

Mariana continuó revisando.

Entonces encontró una autorización reciente.

Había sido presentada solo cuatro meses antes.

Llevaba la firma de Lucía.

—Eso es falso —dijo mi hija inmediatamente.

La firma era parecida.

Demasiado parecida.

Y junto a ella aparecía un testigo.

Mateo Morales.

Mateo insistió en que tampoco había firmado.

Esta vez Mariana decidió comprobarlo antes de acusarlo.

La copia notarial contenía un registro de identificación.

La persona que se presentó como Mateo había entregado una identificación aparentemente válida.

También existía una imagen de seguridad.

Mariana consiguió que la conservaran para la investigación.

Cuando finalmente vimos la fotografía, Lucía se acercó a la pantalla.

El hombre no era Mateo.

Era mayor.

Cabello gris.

Mismo mentón.

Mismos ojos.

Mateo vio la imagen y retrocedió.

—No puede ser.

Beatriz, en cambio, dejó caer el bolso.

Yo la miré.

—¿Quién es?

Nadie respondió.

Hasta que Lucía señaló una vieja fotografía familiar que Mariana había encontrado durante la revisión.

El hombre de la cámara aparecía allí, treinta años más joven.

Debajo estaba escrito:

Alejandro Morales.

El padre de Mateo.

Según la familia, Alejandro había muerto dieciséis años atrás.

Mateo miró a su madre.

—Tú me llevaste a su funeral.

Beatriz cerró los ojos.

Y entonces entendí por qué llevaba años intentando mantener a Lucía bajo control.

El fideicomiso no escondía únicamente una herencia.

También escondía a un hombre que oficialmente llevaba dieciséis años muerto.

Y cuatro meses atrás, ese hombre había entrado en una notaría utilizando la identidad de su propio hijo para intentar quedarse con los derechos de mi hija.

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