Ethan regresó cuarenta minutos después.
La película casi había terminado.
Entró en la sala oscura, se sentó a mi lado y susurró:
—Camila tuvo otra crisis. Ya está tranquila.
Asentí.
—Me alegro.
Esperó algo más.
Una pregunta.
Una acusación.
Quizá lágrimas.
No recibió nada.
Cuando aparecieron los créditos, tomé mis muletas y me puse de pie.
Ethan quiso ayudarme.
—Puedo sola.
—Olivia, deja de hacer eso.
Lo miré.
—¿Hacer qué?
—Actuar como si ya no me necesitaras.
Aquella frase casi me hizo sonreír.
Salimos del cine.
En el estacionamiento, Ethan abrió la puerta del coche.
Yo no entré.
—Cinco años son suficientes.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Lo entiendo, Ethan.
Repetí las palabras que había preparado.
—Pero ya actuamos suficiente. Esta obra termina aquí.
Su rostro se quedó inmóvil.
—¿Estás terminando conmigo?
—Sí.
Soltó una risa breve.
—¿Por Camila otra vez?
—No.
—Entonces ¿por qué?
Lo miré durante unos segundos.
—Porque me rompí una pierna y cuando te pedí ayuda estabas demasiado ocupado celebrando con otra persona.
Su mandíbula se tensó.
—No sabía que estabas herida.
—Porque no preguntaste.
Silencio.
—Esta noche prometiste que no volvería a ir sola a ninguna parte.
Señalé el cine detrás de nosotros.
—Cuarenta minutos después volviste a dejarme.
—Camila dijo que podía hacerse daño.
Mi expresión cambió.
—Entonces una situación así necesita apoyo profesional y personas responsables cerca de ella. No convertirte a ti en su única respuesta cada vez.
Ethan abrió la boca.
No encontró qué decir.
—Espero que reciba la ayuda que necesita —continué—. Pero yo ya no voy a construir mi vida alrededor de tus decisiones sobre ella.
Un coche se detuvo frente a nosotros.
Mi hermano Daniel bajó.
Ethan lo conocía.
Su expresión cambió cuando vio mi maleta en el asiento trasero.
—¿Ya habías preparado esto?
—Antes de que volvieras de la fiesta.
Entonces comprendió.
El cine no había sido una reconciliación.
Había sido una despedida.
Tres días después regresé al apartamento acompañada por Daniel para recoger lo último.
Ethan estaba allí.
Parecía no haber dormido.
—Podemos arreglarlo.
—No quiero arreglarlo.
—Cinco años no desaparecen en una noche.
—Precisamente. Fueron cinco años.
Dejé mis llaves sobre la mesa.
Entonces llamaron a la puerta.
Era Camila.
Cuando me vio, pareció sorprendida.
—Olivia…
—Puedes pasar.
Ethan frunció el ceño.
—Camila, ¿por qué viniste?
Ella levantó una bolsa.
—Te traje desayuno.
Aquella familiaridad habría destrozado a la Olivia de una semana atrás.
A mí ya no.
Tomé mi última caja.
Pero cuando pasé junto a Camila, algo cayó de su bolso.
Una carpeta médica.
No habría mirado si mi propio nombre no hubiera aparecido escrito en una hoja.
OLIVIA SONG.
Me detuve.
Camila recogió la carpeta demasiado rápido.
—¿Por qué tienes un documento con mi nombre?
Palideció.
Ethan se acercó.
—¿Qué documento?
—Nada.
Por primera vez, él la miró con verdadera sospecha.
—Camila.
Ella apretó la carpeta contra el pecho.
—Son papeles viejos.
Daniel dio un paso adelante.
—Entonces no tendrás problema en explicar de dónde salieron.
Camila retrocedió.
Y Ethan le quitó la primera hoja que sobresalía.
Su expresión cambió mientras leía.
Era una factura.
La fecha correspondía a ocho meses atrás.
El concepto decía:
Consulta psicológica privada — evaluación de riesgo.
Pero la paciente registrada no era Camila.
Era yo.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó Ethan.
Sentí frío.
Nunca había acudido a aquella clínica.
Camila comenzó a llorar.
—Puedo explicarlo.
Ethan pasó a la siguiente hoja.
Había capturas de mis mensajes privados.
Fotografías de mis redes.
Notas sobre mis horarios.
Y un informe que describía una supuesta “conducta obsesiva y celosa” hacia Camila.
Todo bajo mi nombre.
—Yo nunca dije nada de esto.
Ethan levantó lentamente la vista.
—¿Quién preparó este expediente?
Camila no respondió.
Entonces Daniel señaló una firma al final.
—Olivia, mira esto.
La reconocí.
El documento había sido autorizado por el director médico de la clínica.
Dr. Samuel Lu.
El padre de Ethan.
Ethan palideció.
—Mi padre no conoce a Camila.
Camila cerró los ojos.
—Sí la conoce.
El silencio llenó el apartamento.
—¿Desde cuándo? —preguntó Ethan.
Ella tardó varios segundos en responder.

—Desde antes de que tú conocieras a Olivia.
Y entonces entendí que Camila quizá nunca había aparecido simplemente como la amiga de infancia que Ethan no podía abandonar.
Alguien llevaba años construyendo una historia sobre mí.
Una historia destinada a demostrar que yo era el problema.
Y el padre de Ethan había empezado a escribirla mucho antes de que nuestra relación comenzara a romperse.