PARTE 2: Tres días después, ya no estaba

La mañana de mi partida, nadie se levantó para despedirme.

No porque estuvieran enfadados.

Simplemente no sabían que me iba.

A las cinco y media bajé mi maleta.

Mamá dormía.

Papá también.

Mia había salido la noche anterior.

Ryan ni siquiera vivía allí, pero me había enviado un mensaje a medianoche:

“Este fin de semana acompáñame a mirar anillos.”

No respondí.

Dejé mis llaves sobre la mesa y pedí un taxi.

Cuando el coche arrancó, miré aquella casa por última vez.

Esperaba sentir tristeza.

Sentí alivio.


Seis horas después aterricé en mi nueva ciudad.

Mi empresa había preparado un apartamento temporal y un coche.

El lunes asumiría como directora del nuevo equipo.

Doble salario.

Treinta y dos personas bajo mi responsabilidad.

Por primera vez, mi futuro no estaba organizado alrededor de lo que necesitaban los demás.

A las cuatro de la tarde sonó mi teléfono.

Mamá.

—¿Dónde estás?

—En otra ciudad.

Silencio.

—¿Qué?

—Acepté el traslado.

—¿Qué traslado?

Aquello casi me hizo reír.

Se lo había contado tres veces durante el último mes.

Simplemente nunca me había escuchado.

—El del trabajo.

—¿Y cuándo vuelves?

—No vuelvo. El contrato es por tres años.

Escuché cómo llamaba a papá.

Después su voz cambió.

—¿Te has vuelto loca? ¿Y Ryan?

—Ryan puede decidir qué hacer con su vida.

—¡Pero vais a comprometeros!

—No.

Otro silencio.

Esta vez más largo.

—¿Qué significa “no”?

—Significa que no voy a casarme con él.

Colgué.

Ryan llamó treinta segundos después.

No contesté.

Luego Mia.

Papá.

Mamá otra vez.

Diecisiete llamadas.

Finalmente llegó un mensaje de Ryan:

“Esto ya dejó de ser gracioso.”

Respondí:

“Para mí dejó de serlo hace mucho.”

Lo bloqueé.

Pensé que aquello sería el final.

No lo fue.

Dos semanas después, mi jefe entró en mi despacho.

—Hay una mujer preguntando por ti en recepción.

Mi estómago se tensó.

Era Mia.

Llevaba mi abrigo beige.

Y todavía tenía mi broche de perlas.

—¿Cómo encontraste mi oficina?

—Mamá tenía el nombre de la empresa.

Se sentó sin permiso.

—Ryan está fatal.

—Ese no es mi problema.

—Dice que lo abandonaste sin explicación.

La miré.

—Estaba sentado delante de mí cuando me cortaste el cabello por dinero.

Mia apartó la mirada.

—Era una broma.

—Lo sé. Todo era una broma.

Me levanté.

—Mi graduación. Mis gafas. Mi pelo. Mis cosas. Mis sentimientos.

Señalé el broche.

—Hasta robarme eso era una broma.

Mia se lo quitó lentamente.

Lo dejó sobre mi escritorio.

—Mamá dice que estás destruyendo la familia.

—No. Solo dejé de mantenerla unida a costa mía.

Entonces Mia dijo algo inesperado.

—Ryan y yo no estamos juntos.

Me quedé inmóvil.

—Nunca he dicho que lo estéis.

Su rostro cambió.

Había hablado demasiado.

—¿Por qué aclaras algo que no pregunté?

—Porque sé lo que estás pensando.

—No estaba pensando nada.

Mia se levantó rápidamente.

Su teléfono cayó del bolsillo.

La pantalla se iluminó.

Un mensaje acababa de llegar.

Ryan: “¿Ya hablaste con ella? No le digas todavía lo del apartamento.”

Levanté lentamente la mirada.

—¿Qué apartamento?

—No es lo que parece.

Cogí su teléfono antes de que pudiera reaccionar.

Había fotografías.

Mia y Ryan visitando apartamentos.

El mismo día del festival de faroles.

Mientras yo estaba en la peluquería arreglando el cabello que ellos habían convertido en una apuesta.

Pero una fotografía llamó especialmente mi atención.

Era un contrato de reserva.

Comprador:

Ryan Chen.

Segunda titular:

Mia Chen.

La fecha era de dos meses antes.

Mucho antes de que Mia cortara mi cabello.

Mucho antes de que yo decidiera marcharme.

Le devolví el teléfono.

—Ahora entiendo.

Mia palideció.

—¿Qué?

—La apuesta nunca fue la razón por la que Ryan se reía de mí.

Mi hermana no respondió.

Y entonces comprendí que aquellos tres días no habían sido el comienzo de mi huida.

Habían sido el final de una traición que llevaba meses ocurriendo delante de mí.

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