A la mañana siguiente no fui a la clínica.
Cancelé la intervención.
No por Adrian.
Por mí.
Después entré en la sede del Grupo Shaw con los documentos que acreditaban mi treinta y ocho por ciento de participación.
Cuando las puertas del consejo se abrieron, Adrian ya estaba sentado en la cabecera.
Evelyn estaba a su lado.
Al verme, frunció el ceño.
—Olivia, ¿qué haces aquí?
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Trabajar.
El abogado corporativo se levantó.
—Señora Shaw… perdón, señorita Olivia. Desde esta mañana figura oficialmente como nuestra mayor accionista individual.
Adrian se quedó inmóvil.
Evelyn palideció.
Tomé asiento frente a él.
—Tenemos que hablar de tu permanencia como presidente.
—¿Me estás amenazando?
—No. Estoy convocando una votación.
Entonces abrí otra carpeta.
—Pero antes quiero enseñarte algo.
Deslicé una transferencia bancaria hacia él.
Evelyn retrocedió.
Adrian vio su nombre como beneficiaria.
Luego vio quién había enviado el dinero.
Su rostro cambió.
—Esto es imposible.
—Evelyn recibió cinco millones para regresar y conseguir nuestro divorcio.
Adrian se volvió lentamente hacia ella.
—¿Quién te pagó?
Evelyn comenzó a llorar.
—Adrian, puedo explicarlo.
—¿Quién?
Ella señaló el documento con dedos temblorosos.
El apellido del remitente era Shaw.
Pero antes de que Adrian pudiera leer el nombre completo, las puertas se abrieron.
Un anciano entró apoyándose en un bastón.

Adrian se puso de pie de golpe.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en sus ojos.
Porque el hombre que acababa de entrar era alguien que Adrian creía que llevaba años muerto.
Su medio hermano.