PARTE 2: La hipoteca que convirtió el brindis en una investigación

Alejandro tardó menos de una hora en encontrar la primera grieta.

—La cesión fue certificada ante notario —dijo—. Pero hay un problema.

Giró la pantalla hacia mí.

—Según este documento, firmaste personalmente en Ciudad de México hace once días.

Lo miré.

Hace once días yo estaba en una instalación naval a cientos de kilómetros, participando en ejercicios programados.

Había registros de entrada, alojamiento y servicio.

—Entonces pueden demostrar que no estaba allí.

—Sí.

Alejandro sonrió sin humor.

—Y quien preparó esto probablemente no sabía que una comandante deja más rastros administrativos que una persona de vacaciones.

No llamé a Arturo.

Tampoco a Verónica.

Presentamos formalmente la impugnación y solicitamos preservar toda la documentación relacionada con la transferencia y la garantía hipotecaria.

Mientras tanto, Tomás revisó únicamente los sistemas de seguridad que yo tenía derecho a administrar.

Me llamó esa noche.

—Hay algo raro.

—¿Qué?

—Tu padre recibió tres visitas después de que te fuiste.

Me envió las horas.

Una pertenecía a un valuador.

Otra, a un hombre relacionado con la entidad que había concedido el financiamiento.

La tercera visita duró nueve minutos.

Era Teresa.

Mi madre.

A la mañana siguiente recibí su llamada.

—Daniela, ¿qué estás haciendo?

—Protegiendo mi propiedad.

Silencio.

—Tu padre dice que estás intentando dejar a tu hermana en la calle.

—Mi padre falsificó una cesión.

—No sabes toda la historia.

Aquella frase me hizo detenerme.

—Entonces cuéntamela.

Teresa colgó.

Dos días después apareció en el despacho de Alejandro.

Traía una carpeta vieja.

—Arturo no pidió 7,8 millones para él —dijo.

—Eso no mejora nada.

—Lo sé.

Abrió la carpeta.

Iván, el esposo de Verónica, llevaba casi un año intentando salvar una empresa inmobiliaria prácticamente insolvente.

Había préstamos vencidos.

Proveedores reclamando pagos.

Y garantías personales.

Mi villa había sido convertida en respaldo para obtener liquidez.

Verónica lo sabía.

—¿Mi hermana participó?

Mi madre bajó la mirada.

Eso bastó.

Recordé su copa levantándose mientras yo abandonaba mi propia casa.

No era ignorancia.

Era celebración.

Pero Alejandro encontró algo que ninguno esperábamos.

De los 7,8 millones, apenas 2,1 habían llegado a la empresa de Iván.

El resto había terminado en una sociedad llamada Aurelia Patrimonial S.A.

—¿De quién es? —pregunté.

Alejandro colocó el registro frente a mí.

La administradora era Verónica.

Pero la sociedad había sido constituida diecisiete años atrás.

Cuando mi hermana todavía era menor.

—Eso no tiene sentido.

—Espera.

El accionista fundador era Andrés Salgado.

Mi difunto esposo.

Sentí que el despacho desaparecía alrededor de mí.

—Andrés no conocía a Verónica hace diecisiete años.

Alejandro permaneció serio.

—Eso creías.

Sacó otro documento.

Aurelia Patrimonial había sido creada originalmente para adquirir terrenos alrededor de Valle de Bravo.

Entre ellos estaba precisamente el terreno sobre el que años después se construiría mi villa.

Mi casa no había sido elegida al azar.

Andrés conocía aquella propiedad mucho antes de que yo la comprara.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Teresa empezó a llorar.

—Porque tu padre se lo pidió.

La miré.

—¿Qué acabas de decir?

Mi madre sacó una fotografía.

Arturo aparecía mucho más joven.

A su lado estaba Andrés.

Entre ambos había un tercer hombre que no reconocí.

En el reverso, Andrés había escrito:

“Si Daniela compra algún día esta propiedad, Arturo no debe tener capacidad para disponer de ella.”

Me quedé inmóvil.

—Andrés sabía que mi padre podía intentar esto.

Alejandro siguió revisando la carpeta.

Entonces encontró un sobre cerrado con mi nombre.

Dentro había una copia de un convenio firmado antes de mi matrimonio.

Andrés había comprado discretamente una participación en Aurelia Patrimonial.

Tras su fallecimiento, esas acciones debían pasar a su cónyuge.

A mí.

—Entonces Verónica no controla realmente esa sociedad.

—Eso parece.

Alejandro hizo un cálculo rápido.

Después levantó los ojos.

—Y hay algo más. Si esta documentación es válida, el dinero que desviaron hacia Aurelia no quedó bajo el control de Verónica.

—¿De quién quedó?

Giró el documento.

Mi nombre aparecía como beneficiaria final.

Los mismos 5,7 millones que habían intentado sacar utilizando mi villa podían haber terminado jurídicamente dentro de una estructura que Andrés dejó protegida para mí.

Pero no sentí satisfacción.

Había una pregunta mucho más importante.

—¿Quién es el tercer hombre de la fotografía?

Teresa se puso pálida.

—Daniela…

—Mamá.

Ella cerró los ojos.

—Se llama Esteban Mena.

Miré automáticamente a Alejandro.

Mi abogado dejó de respirar durante un segundo.

—¿Mena?

Teresa asintió.

—Era el padre de Alejandro.

El silencio cayó sobre el despacho.

Alejandro miró otra vez la fotografía de su padre junto a Arturo y Andrés.

Después encontró una frase escrita debajo de la primera.

La letra era de Andrés.

“Si Arturo intenta quedarse con la villa, Daniela debe buscar a Alejandro. Pero antes de confiar en él, tendrá que saber por qué su padre desapareció.”

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