PARTE 2: El vuelo que borró dieciocho años de espera

Mi padre respondió casi inmediatamente.

“Confirmado. Pasado mañana, 8:20 a. m. Lleva el pasaporte. Del resto me encargo yo.”

Guardé el teléfono.

Por primera vez, no sentí miedo ante la idea de marcharme.

Sentí alivio.

Cuando llegué a la Universidad A, Daniel y Camila estaban en el edificio de registro.

Los vi antes de que ellos me vieran.

Camila llevaba una bebida en cada mano.

Le entregó una a Daniel.

—Sabía que querrías esta.

Daniel sonrió.

Era extraño.

Durante años yo había memorizado sus gustos, esperado sus horarios y cambiado mis planes para encajar con ellos.

Ahora los observaba desde lejos y comprendía algo sencillo:

ellos también sabían cuidar a alguien.

Simplemente no habían elegido cuidarme a mí.

Entré en administración.

—Quiero retirar mi matrícula.

La empleada levantó la cabeza.

—¿Está segura?

—Completamente.

Firmé los documentos.

Cuando salí, Camila finalmente me vio.

—¡Estrella!

Corrió hacia mí.

—¿Por qué no respondiste?

Daniel llegó detrás.

—¿Sigues molesta por lo del tren?

—No.

Mi respuesta pareció desconcertarlo.

Camila intentó tomarme del brazo.

Retrocedí suavemente.

—Tengo cosas que hacer.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué cosas?

Antes siempre se las habría explicado.

Esta vez no.

—Mías.

Me marché.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas cerré mi habitación, empaqué mis cuadernos de dibujo y recuperé una carpeta que llevaba años escondida en el fondo del armario.

Dentro estaba mi antigua carta de admisión.

La universidad de arte que había rechazado.

Mi padre la encontró entre mis manos.

—Nunca entendí por qué renunciaste.

Bajé la mirada.

—Pensé que algunas personas eran más importantes.

Papá permaneció callado unos segundos.

Después colocó sobre la mesa un sobre.

—Entonces quizá sea hora de que sepas esto.

Dentro había una carta de una academia internacional de diseño.

Mi padre había enviado mi portafolio meses atrás, con mi autorización para “explorar opciones”, aunque yo nunca pensé que llegaría a nada.

Habían aceptado mi solicitud.

Con beca parcial.

Me quedé inmóvil.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace tres semanas. Quería que tú decidieras.

Por primera vez, mi partida dejó de sentirse como una huida.

Era el regreso a algo que había abandonado por voluntad propia.

Aquella noche Daniel llamó siete veces.

Camila envió más de veinte mensajes.

“¿Por qué desapareciste?”

“Daniel está preocupado.”

“Mañana hacemos juntos el registro del dormitorio.”

No respondí.

A la mañana siguiente abandoné el grupo “Trío invencible”.

Sin discurso.

Sin reproches.

Sin despedida.

Cuando mi avión despegó, puse el teléfono en modo avión y contemplé las nubes.

Horas después, al aterrizar, tenía decenas de notificaciones.

La primera era de Daniel:

“¿Dónde estás?”

La segunda:

“Fui a buscarte. Dicen que retiraste la matrícula.”

Luego:

“Estrella, contesta.”

Finalmente:

“Tu padre dijo que saliste del país. ¿Es una broma?”

No contesté.

Pero entonces vi un mensaje de Camila.

“¿Te fuiste por nuestra culpa?”

Lo leí dos veces.

Después bloqueé la pantalla.

Durante los meses siguientes mi vida cambió.

Clases de ilustración.

Museos.

Nuevos compañeros.

Profesores que discutían mis dibujos en lugar de preguntarme dónde estaban Daniel y Camila.

Por primera vez, nadie me conocía como la tercera integrante de nada.

Yo era simplemente Estrella.

Entonces, una tarde, mi padre me llamó.

—Hay algo que necesito contarte.

Su tono me hizo sentarme.

—Daniel vino a casa.

—¿Para qué?

—Encontró una caja que su madre guardaba desde hace años.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

Mi padre guardó silencio.

—Mucho.

Minutos después recibí una fotografía.

Era un documento antiguo.

Tres nombres aparecían en la primera página.

El mío.

El de Daniel.

Y el de Camila.

Pero no era un recuerdo escolar.

Era un acuerdo firmado por nuestros padres cuando nosotros teníamos siete años.

Reconocí inmediatamente la fecha.

Era exactamente la misma semana en que se tomó la fotografía utilizada durante años como imagen de “Trío invencible”.

La fotografía donde yo aparecía casi fuera del encuadre.

Debajo de nuestros nombres había una anotación escrita a mano:

“Estrella no debe abandonar el programa antes de cumplir dieciocho años.”

Sentí un escalofrío.

—Papá, ¿qué programa?

Él respiró profundamente.

—Por eso nunca me gustó que cambiaras tu universidad por ellos.

—No entiendo.

—Porque Daniel y Camila no fueron las personas que te eligieron primero.

Miré nuevamente el documento.

En la última página aparecía la firma de la madre de Daniel.

Y debajo, una frase:

“Mientras Estrella crea que esta amistad fue casual, permanecerá cerca.”

Me quedé completamente inmóvil.

Durante años había pensado que yo era la persona sobrante de aquella amistad.

Ahora acababa de descubrir algo mucho más inquietante.

Tal vez aquella amistad de dieciocho años nunca había comenzado como una amistad.

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