—Dilo —respondí.
Camila miró a Ricardo.
Él dio un paso hacia ella.
—No tienes que explicar nada.
Mi tío Augusto se interpuso.
—Déjala hablar.
Camila abrió la carpeta con manos temblorosas.
—Yo entregué los documentos.
Mi madre soltó un pequeño gemido.
—¿Qué documentos?
—Copias de la escritura. Los impuestos. El pasaporte de Sofia.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Cómo conseguiste mi pasaporte?
Camila empezó a llorar.
—Mamá guardaba copias de tus documentos.
Miré a Helena.
Ella palideció.
—Eran para emergencias.
Camila negó rápidamente.
—Mamá no sabía nada.
Ricardo soltó una carcajada.
—Claro. Ahora resulta que todo fue culpa mía.
Camila se giró hacia él.
—¡Tú dijiste que Sofia había aceptado!
Silencio.
Renata levantó la cabeza.
—¿Aceptado qué?
Camila sacó otro documento.
Era un contrato.
Según aquel papel, yo había autorizado transferir la propiedad a Camila a cambio de una cantidad ridícula.
Mi firma aparecía al final.
—Ricardo me dijo que Sofia quería poner la casa a mi nombre porque llevaba años cuidando de mamá.
—¿Y lo creíste?
Camila bajó la mirada.
—Quise creerlo.
Dolió más de lo que esperaba.
—Entonces sabías que yo nunca te había dicho nada.
No respondió.
Aquello era suficiente.
Renata tomó fotografías de los documentos.
—Nadie toca esta carpeta.
Ricardo retrocedió.
—Esto es un asunto familiar.
—Dejó de serlo cuando apareció una firma presuntamente falsificada —contestó Renata.
Entonces Augusto habló.
—Todavía falta una parte.
Mi madre comenzó a temblar.
—Augusto, no.
—Sofia merece saberlo.
Lo miré.
—¿Saber qué?
Mi tío señaló la casa.
—Tu madre nunca creyó que esta propiedad fuera únicamente suya para vivir.
—Yo la compré para ella.
—Lo sé.
Augusto respiró profundamente.
—Pero hace años, Helena prometió que algún día la compartiría con Camila.
Giré hacia mi madre.
—¿Es verdad?
Las lágrimas llenaron sus ojos.
—Tu hermana estaba pasando dificultades. Yo solo quería tranquilizarla.
—¿Le prometiste mi casa?
—Pensé que tú nunca regresarías a vivir aquí.
Aquella frase me dolió de una forma diferente.
No era maldad.
Pero sí una traición.
Camila aprovechó inmediatamente.
—¿Lo ves? Mamá quería que yo tuviera una parte.
—Mamá no podía regalarte algo que no le pertenecía.
Ricardo sonrió.
—Eso tendrá que decidirlo un tribunal.
El investigador privado que acompañaba a Renata habló por primera vez.
—Quizá quiera pensarlo antes de mencionar tribunales.
Sacó una tableta.
—Revisamos la información de la solicitud de transferencia.
Ricardo dejó de sonreír.
—¿Y?
—La firma digital se cargó desde una dirección IP asociada a esta vivienda.
Camila lo miró.
—Ricardo…
—Eso no demuestra nada.
—No —respondió el investigador—. Pero esto sí resulta interesante.
Mostró una segunda página.
La solicitud había sido preparada desde un ordenador registrado a nombre de una empresa.
RDM Servicios Patrimoniales.
Renata me miró.
—¿Conoces esa empresa?
Negué.
Camila también.
Pero mi madre se sentó de golpe en un escalón.
—Yo sí.
Todos la miramos.
—¿De quién es? —pregunté.
Helena observó a Ricardo.
—De su padre.
Ricardo palideció.
—No sabes de qué estás hablando.
Mi madre empezó a llorar.
—Sí lo sé. Porque él vino a verme hace seis meses.
Sentí que el aire se volvía pesado.
—¿Para qué?
—Me dijo que necesitaba mi firma para proteger la casa.
—¿Firmaste algo?
Helena cerró los ojos.
—Sí.
Camila retrocedió.
—Mamá…
—No sabía lo que era.
Ricardo se volvió hacia la puerta.
El investigador bloqueó su camino.
Entonces escuchamos un golpe dentro de la casa.
Después otro.
Renata miró hacia una ventana lateral.
—¿Quién queda dentro?
Camila se quedó completamente quieta.
—Nadie.
Otro golpe.
Esta vez provenía claramente del despacho.
Ricardo perdió el color.
Corrí hacia la entrada.
—Sofia, espera —gritó Renata.
Pero ya había abierto la puerta.
Atravesé el salón y llegué al despacho.
La ventana estaba abierta.
Un archivador había sido vaciado.
Y sobre el escritorio ardían documentos dentro de una papelera metálica.
El investigador apagó las llamas.
Renata rescató varias hojas parcialmente quemadas.
Una llevaba mi nombre.
Otra, el de Camila.
Pero la tercera hizo que mi madre se agarrara a la pared.
Era una póliza de seguro.
Beneficiaria: Helena Duarte.
Valor: dos millones de dólares.
Asegurada: Sofia Duarte.
—Yo nunca contraté esto —susurré.
Augusto tomó el documento.
Su expresión cambió.

—Sofia…
Levantó lentamente la vista hacia Ricardo.
—La falsificación de la casa quizá nunca fue el verdadero plan.
Y entonces comprendí por qué Ricardo había estado tan desesperado por convertirme legalmente en alguien que ya no tuviera nada que reclamar allí.