PARTE 2: La clínica donde empezó nuestro divorcio

El tercer mensaje llegó inmediatamente.

«No preguntes a Álvaro todavía. Primero averigua qué ocurrió en esa clínica.»

Guardé la fotografía.

No respondí al número desconocido.

Había aprendido algo durante aquellas dos semanas: dejar de reaccionar también era una forma de recuperar el control.

Esa tarde se la enseñé a mi abogada, Elena Torres.

—¿Reconoces la clínica? —preguntó.

Asentí.

San Gabriel.

Una institución privada especializada, entre otras áreas, en fertilidad y salud reproductiva.

Sentí un nudo en el estómago.

Álvaro y yo habíamos hablado de tener hijos durante nuestro segundo año de matrimonio.

Después él empezó a posponerlo.

“Cuando termine esta expansión.”

“Cuando tenga menos viajes.”

“El próximo año.”

El próximo año nunca llegó.

—No quiero sacar conclusiones —dije.

—Bien —respondió Elena—. Una fotografía demuestra que estuvieron allí. Nada más.

Dos días después ocurrió algo inesperado.

Valeria me llamó.

—Clara, tenemos que hablar.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Sí tenemos.

Su voz temblaba.

—Porque yo no fui a esa clínica por Álvaro.

Me quedé en silencio.

—Entonces ¿por quién?

—Por ti.

Acepté verla en una cafetería pública.

Valeria llegó sin maquillaje, gorra y gafas oscuras.

Parecía agotada.

Colocó un sobre frente a mí.

—Álvaro me pidió que no te contara esto.

Dentro había copias de unos análisis.

Mi nombre aparecía en la primera página.

—¿Por qué tienes información médica mía?

—Yo no la conseguí.

—Entonces ¿quién?

—Álvaro.

Sentí frío.

Valeria respiró profundamente.

—Hace tres meses recibió un correo anónimo diciendo que durante vuestro tratamiento de fertilidad de hace dos años alguien había alterado parte del expediente.

La miré.

—Nosotros nunca hicimos tratamiento.

Valeria perdió el color.

—¿Qué?

—Solo realizamos unas pruebas básicas.

Sacó otra hoja.

El documento hablaba de consultas, autorizaciones y muestras que yo jamás recordaba haber dado.

—Esto no es mío.

Valeria retrocedió.

—Entonces la situación es peor de lo que pensábamos.

Según ella, Álvaro había empezado a investigar en secreto.

La empresa de Valeria colaboraba con una fundación vinculada a San Gabriel, y ella conocía a uno de sus administradores.

Por eso habían ido juntos.

No por una aventura.

Al menos aquella fotografía no demostraba una.

—¿Por qué no me lo contó?

Valeria bajó la mirada.

—Porque encontró algo relacionado con su familia.

Aquella noche esperé a Álvaro en el salón.

Cuando entró, coloqué las copias sobre la mesa.

Se quedó inmóvil.

—¿Quién te dio esto?

—Valeria.

Cerró los ojos.

—Perfecto.

—¿Qué ocultabas?

Se sentó lentamente.

—Dos meses antes de pedirte el divorcio descubrí que alguien había solicitado información sobre tus posibilidades de embarazo utilizando mi autorización.

—¿Quién?

—Mi madre.

Me quedé helada.

Su madre, Victoria Ortega, llevaba años preguntando cuándo le daríamos un nieto.

—Eso no explica el divorcio.

—No.

Álvaro me miró.

—Encontré también transferencias desde una sociedad de mi padre hacia un antiguo administrador de la clínica.

—¿Y decidiste divorciarte de mí?

Su mandíbula se tensó.

—Después recibí fotografías tuyas.

Sacó el teléfono.

Aparecía yo entrando en un edificio con Daniel Martín.

Mi primo.

El hombre que administraba parte del patrimonio de mi difunto padre.

—¿Creíste que tenía una aventura con mi primo?

—El mensaje decía que no era tu primo.

Lo miré incrédula.

—Podías haberme preguntado.

—Sí.

Su voz bajó.

—Y no lo hice.

Por primera vez no intentó culparme.

—Valeria tampoco era tu amante, entonces.

Álvaro tardó demasiado en responder.

—Nunca tuve una relación con ella.

—Pero permitiste que pareciera que sí.

Silencio.

Eso bastaba.

Aunque no hubiera infidelidad, había elegido el secreto, la distancia y la desconfianza.

—El divorcio continúa —dije.

Álvaro levantó la cabeza.

—Clara…

—Descubrir quién manipuló nuestros expedientes no reconstruirá nuestro matrimonio.

Me levanté.

Entonces su teléfono sonó.

Era Valeria.

Álvaro puso el altavoz.

—Encontré el registro original —dijo ella sin saludar—. Pero hay algo imposible.

—¿Qué?

—La primera solicitud sobre Clara no fue hecha por Victoria.

Escuché papeles.

—Fue presentada seis meses antes de que Clara y tú se conocieran.

Álvaro se quedó blanco.

—Eso no puede ser.

—Tengo la copia delante.

Valeria envió una fotografía.

En la parte inferior aparecía el nombre de la persona que había solicitado abrir un expediente confidencial sobre mí.

Daniel Martín.

Mi primo.

Pero debajo había una segunda firma de autorización.

La reconocí inmediatamente.

Mi padre.

El problema era que mi padre llevaba muerto casi un año cuando aquella autorización fue presentada.

Entonces llegó otro mensaje del número desconocido.

Esta vez no había fotografía.

Solo una frase:

«Clara, deja de investigar la supuesta relación entre Álvaro y Valeria. Tu matrimonio nunca fue el objetivo.»

Un segundo mensaje apareció.

«El objetivo eras tú.»

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